Serruché la escalera

Cuando yo era chico hacer estupideces era cosa de todos los días. Cualquiera diría: “Bueno, todos los chicos se mandan macanas”. Pero lo mío eran actos deliberados y desalmados de destrucción de la propiedad privada… de la propiedad privada de mis padres.
Todavía recuerdo la época en la que no me dejaban solo en mi casa. Me acuerdo porque era todo un asunto para mí que no me dieran esa libertad. Y me acuerdo también porque mi hermana, siendo dos años mayor que yo, empezó a quedarse sola mientras a mí todavía me llevaban a todos lados.
Yo creo que los padres no dejan solos a los hijos por dos razones:

1) la seguridad de las criaturitas. En una casa hay muchos elementos que atentan contra la vida de los niños.
2) La integridad física del hogar mismo. En un infante hay muchos elementos que atentan contra la vida de los objetos.

Y yo era un terrorista que cometía obscenos atentados contra el paisaje hogareño que mi madre y mi padre tan cuidadosamente habían diseñado a los largo de los años.
Por lo tanto, en mi caso, dejarme solo en casa no significaba un premio a mi madurez prematura sino un castigo hacia la casa por alguna macana que ella se pudiera mandar. De hecho, cuando el motor del auto de papá se escuchaba ya lejos y solo estábamos yo y las paredes, se las podía sentir temblar ligeramente.
Uno de esos días en los que no había más remedio que dejarme cuidando del hogar puedo recordar una muy particular sensación de aburrimiento. El tedio de la tarde era invencible y sólo podía arrastras los pies por los pisos de la casa sin saber que hacer.
Estar solo para un chico es terrible. Es aburrido jugar solo. A veces lo hacen pero por una necesidad de retraerse y estar consigo mismo. Pero estar solo porque no hay otra alternativa es lo peor que le puede pasar a un pibe.
Y así me sentía yo. Pocas veces me sentí tan aburrido en mi vida.
En la mitad de esta tarde abrumadora yo me encontraba caminando por la planta baja de la casa buscando algo para hacer sin mucho éxito. Yo seguía a mis pies que me iban llevando sin rumbo desde hacía un rato y fui a dar a la base de la escalera por décima vez en el día.
La casa en la que yo viví de chico era de material. La escalera también porque era parte de las paredes. No era una escalera de madera construida dentro de la casa. La escalera era parte de la casa. Pero como terminación estaba cubierta de madera. Unos tablones muy gruesos en cada escalón que hacían un ruido que en mi adolescencia iba a odiar por su carácter delator.
Era una escalera linda. No era increíble pero estaba bastante bien.
Cuando yo me disponía a subir otra vez con la esperanza de encontrar algo para hacer cuando llegara arriba, sentí un leve cansancio y decidí descansar unos segundos apoyado en la baranda.
Mi mirada estaba apuntando hacia abajo. Al lado de la escalera solía haber muchas cosas apiladas, entre ella herramientas. Y una de ellas me llamó particularmente la atención con un pequeño destello.
Mi papá tenía un serrucho universal enorme. Uno de esos con la hoja muy ancha y larga y con un mango simple en la parte de atrás. Me encantaba esa herramienta. Parecía construida para la destrucción. A mí me daba más la impresión de ser un arma medieval que una herramienta de precisión. Y cada vez que tenía la oportunidad la agarraba.
Mi viejo nunca iba a pensar que la iba a usar para impartir el mal en la tierra porque nunca había demostrado tales intenciones en su presencia. Así que no la escondía porque confiaba en mí.
Levanté el serrucho y jugueteé unos segundos. Toqué los dientes y sentí el filo. Y estoy seguro que estaba por dejarlo pero como estaba tan aburrido decidí aplicar mis propias ideas de bricolage a la casa.
Empecé a serruchar los escalones. No completamente. Pero iba dejando marcas de dos centímetros de profundidad en las esquinas. De a pares, en cada escalón.
Cuando había serruchado y mejorado varios me pareció que era buen momento para pasar a la siguiente actividad. Y así siguió mi tarde haciendo nada pero con la satisfacción de haber ayudado.
Mis padres volvieron, como era de esperarse y yo los saludé a la distancia desde arriba, completamente despreocupado.
Recuerdo que no pasaron muchos minutos hasta que escuché que me llamaban. Me acerqué al borde de la escalera y pregunté qué pasaba y mi papá me preguntó si sabía qué le había pasado a la escalera.
Claro que el ya sabía qué le había pasado y también sabía que yo sabía. Pero la pregunta estaba lejos de ser retórica porque se quedó un rato esperando una explicación.
Yo llegué a darme cuenta que mi idea de mejorar el entorno hogareño no era compartida y lo único que pude hacer fue mirar intermitentemente los escalones que habían quedado tan lindos y la cara de mi papá mientras se deformaba de a poco.
Mi viejo tiende a hacer una mueca con la boca cuando se enoja mucho.
El castigo fue ejemplar e innecesario de describir. Alcanza con decir que en el futuro consideré preparar planos cuidadosamente diseñados y mostrárselos a mis viejos antes de tomar una decisión sobre la decoración.
Pero en general me dediqué a hacer remodelaciones sólo en mi cuarto, donde mi opinión era valorada… por mí. Al final yo no creo ser tan estúpido, a veces creo que soy un artista incomprendido.

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