Puesto número 2: Me dormí borracho en la calle

Escribir el título de este relato es algo que me da vergüenza de por sí. Sin embargo esta es una de las anécdotas que más cuento a la gente y debo hacerlo seguido porque mucha de esa gente la encuentra graciosa.
Irónicamente esta fue una de las experiencias más aterradoras que viví. Luego, debe haber una relación directamente proporcional entre el terror y el humor.
Después de un silogismo tan falaz como el de arriba, me gustaría detallar en qué circunstancias pasé una noche pernoctando en una vereda de Buenos Aires. Para eso necesito ir unos meses más atrás del episodio para explicar por qué terminé en tan lamentable situación.
El asunto es que un año, en Semana Santa, me tomé unas vacaciones de 4 días en San Rafael, Mendoza. Fue uno de los peores viajes de mi vida. Vi lugares muy lindos, seguro; e hice un par de cosas divertidas pero en general me aburrí muchísimo. Estaba rodeado de gente 3 o 4 años más grande que yo y que habían ido en grupos. Yo estaba solo y con los engranajes sociales un poco oxidados.
En este viaje conocí a un actual amigo que venía de Alemania a trabajar pero más que nada a pasear. Como hablaba en alemán (lógico) y un poco de inglés, él tampoco se daba mucho con la gente así que estábamos medio aislados los dos y nos hicimos amigos.
Alguno dirá: “bueno, te hiciste un amigo, la podrías haber pasado bien”. Sí, pero hablaba en alemán y en un inglés medio cavernícola. En algún momento me cansaba de que la comunicación tuviera tantos peajes. Así que en el viaje me pegué un embole padre.
Después del viaje no nos veíamos muy seguido pero de vez en cuando salíamos a hacer algo. Bah, ese “de vez en cuando” en realidad se traduce en que una vez fuimos a la cancha y nada más.
Obviamente en algún momento se tenía que volver a Alemania así que cuando la fecha se acercó me llamó para avisarme que iba a salir con mucha gente que había conocido en el país para festejar una última vez antes de partir. Por supuesto que yo me anoté en seguida.
Así fue que fui al departamento de mi amigo germano donde ya había algunas personas haciendo la previa. Habremos estado un par de horas en las que llegaban más y más personas y en las que yo tomaba más y más cerveza… y más y más vino.
Cuando ya todos habíamos alcanzado el nivel etílico adecuado para salir nos fuimos a un boliche de Palermo que no sé si sigue abierto pero que era para esa alta sociedad medio pelo. Un barsucho que pasaba mucha música electrónica y cobraba una entrada cara porque quedaba a cinco cuadras de Plaza Serrano.
Honestamente no me acuerdo mucho lo que hice en el boliche ni con quien hablé ni si pasó algo digno de contar. Lo que sí me acuerdo es que en un momento lo busqué a mi amigo y lo invité a tomar un shot de tequila a modo de brindis entre amigos, como una despedida. Con la misión cumplida volví a hacer cosas de las que no tengo recolec-ción alguna.
A la media hora él me buscó a mí para invitarme con otro shot de tequila. Acá tengo que hacer una reflexión. Cuando uno le regala algo a alguien y ese alguien contesta con el mismo regalo esos regalos se anulan. Es estúpido regalarle a alguien algo que esa persona te regaló. Para eso me compro dos shots de tequila y él se compra dos y punto. Pero supongo que lo importante es el ritual.
Como además del tequila yo había seguido tomando tragos varios dentro del boliche a esta altura ya estaba altamente alcoholizado y la verdad que no veía nada.
Recuerdo (no sé a qué hora) estar caminando por la pista, chocándome con todo lo que se me ponía en frente cuando una idea me golpeó la cabeza: “estoy aburrido, me voy”.
Y así fue. Efectivamente salí por la puerta delantera del boliche sin decirle absolutamente a nadie que me iba. Me cagué en la despedida de mi amigo a quien no volví a contactar hasta unos días después por vía electrónica y me las tomé.
Estaba parado en la vereda y no tenía ni una moneda para tomar un colectivo y la verdad que tampoco tenía ganas de buscar una parada y encima esperar. Tenía un billete de cinco pesos pero nada más. Y la que en esa época era mi reciente ex novia vivía en el centro, por Corrientes y Rodríguez Peña.
Por supuesto que desde donde estaba no llegaba con cinco pesos en un taxi pero en ese momento las cuentas me cerraron perfectamente.
Así que levanté la mano y me subí en el primer taxi que paró y estoy convencido que el taxista se dio cuenta en seguida de mi estado porque más tarde me iba a dar cuenta que me había paseado un rato por las cuatro cuadras que circundaban el boliche.
Le dije la dirección de mi ex y tiré la cabeza para atrás y creo que me quedé dormido.
Cuando levanté la cabeza el taxi era una calesita… o un zamba. Mi estómago me estaba mandando mensajes de alarma a lo loco. Lo único que podía ver era el taxímetro que marcaba cuatro pesos con algo.
Rápidamente le dije al taxista que parara, le tiré el billete de cinco en el asiento del acompañante y me baje corriendo. Me apoyé contra una pared y no creo que haga falta describir lo que pasó ahí. De más está decir que el taxista se fue sin preguntarme si estaba seguro de quedarme ahí.
En general después de vomitar uno se siente ligeramente mejor. Pero yo todavía tenía mucho para decirle a esa pared. Fue como el equivalente de un coloquio para final. Saqué bolilla y empecé a contarle.
Mareado como estaba no podía dar dos pasos seguidos así que me senté un rato a esperar a ver si me sentía mejor. Esperé y no me sentí mejor, de hecho seguí vomitando un rato más. Ahí me di cuenta que era necesario levantarme y llegar a mi casa, pero ahora no tenía plata en serio.
Junté valor y me levanté. Estoy convencido de que el piso estaba a 45 grados, porque yo no podía estar tan borracho. Sentía un peso descomunal sobre mi hombro que me empujaba contra la pared.
Además estaba completamente desorientado porque no tenía idea de donde estaba. Me había bajado del taxi antes de fijarme por donde iba. Intenté dar unos pasos y realmente sentía algo que me pegaba al muro como si estuviera imantado. Me agarré de una reja para colgarme y mantenerme parado pero me caía igual así que tuve que rendirme y volver al lugar original.
A todo esto yo estaba tirado, dando lástima en una puerta. Así que existía la posibilidad de que alguien saliera y me pateara para moverme. Esa era una de las cosas que me pasaba por la cabeza en ese momento. Aunque pensándolo detenidamente, si alguien hubiera llamado a la policía podría haber pasado la noche bajo techo.
El asunto es que en ese momento, tirado en el piso, recobré la lucidez y empecé a pensar todas las cosas malas que me podían pasar y las razones porque las que tenía que irme inmediatamente de ahí.
Por supuesto todas mis cavilaciones se interrumpían cada tanto por las convulsiones de mi estómago que insistía en deshacerse de todo el alcohol que pudiera y algunas otras sustancias imposibles de reconocer.
Cuando el cansancio me ganó me dormí. Y sí, me dormí sobre lo que había salido de adentro de mí. Es asqueroso pero en ese momento la pulcritud no era una de mis prioridades. Me dormí con todas las ganas, con la cabeza pegada a una puerta y el cuerpo cruzado en toda la vereda.
Cada vez que pienso en eso me da pena pensar que yo di un espectáculo tan lamentable. A veces caminando por la calle uno ve gente así y piensa que está ahí porque le pasaron cosas que la llevó hasta ese lugar.
¿Qué me pasó a mí? Nada. Nunca me faltó nada, a veces me sobraron cosas. Siempre me quisieron y me cuidaron, a veces demasiado. Estaba ahí de puro estúpido. Por no mirar lo que estaba haciendo y no prever la más mínima contingencia.
Lo primero que me despertó fue una voz. No era de mujer pero tampoco era exactamente la voz de un hombre, por lo menos no de un hombre que se jacta de serlo. Era una voz característica, como aguda pero forzada, con algo áspero por detrás.
Sentí que esta persona me levantaba la mano y me tironeaba mientras me decía que no me quedara en la calle y que me quería ayudar. Yo estaba convencido de poder arreglármelas solo así que le dije amablemente que no, gracias.
Por supuesto que no podía ni atarme los cordones, menos cuidar de mí mismo, pero prefería estar solo que mal acompañado.
Cuando levanté la cabeza vi una pollera corta y una cabellera bastante larga y ahí le vi la cara y me di cuenta por qué la voz era tan peculiar.
El muchacho insistió en ayudarme y yo le dije que no otra vez. Entonces sentí que la maya del reloj se me desabrochaba y reaccioné levantando el torso del piso y gritándole al “trava” que me dejara tranquilo.
Cuando se dio cuenta que todavía tenía capacidad de reacción se fue. Pero con el sobresalto yo había gastado la poca energía que había recuperado y no pude hacer otra cosa que seguir durmiendo.
Empecé a sentir un dolor en la cabeza y es que estaba usando un mármol de almohada. Abrí los ojos y había muchísima luz. Todavía estaba mareado pero me pude parar.
Miré para todos lados, me restregué los ojos y me toque la cabeza y tenía un mechón de pelo completamente duro y apuntando hacia arriba. La verdad que por cómo me sentía no me importó.
Siempre me pregunté cuanta gente habrá pasado por ese lugar, me habrá visto y seguido de largo.
Caminé unos metros y salí a una conocida calle de la capital donde los chicos que se visten al revés solían ofrecer sus servicios a los hombres solitarios; hombres solitarios que prefieren pagarle a un hombre vestido de mujer que a una mujer en serio. Gustos son gustos dijo un tipo, se puso una pollera y se metió un pene en el culo… o era una vieja y un palo… no sé.
Empecé a caminar por Godoy Cruz y a cruzarme con estos pintorescos individuos que, a pesar de la hora (eran como las 7 u 8), todavía seguían brindando asistencia al necesitado.
Incluso con el aspecto desagradable que tenía algunos me guiñaban el ojo y me ofrecían ir a algún lado pero yo me negaba amablemente y pensaba que debían necesitar mucho la plata para ofrecerse a un estropajo como yo.
Llegué a Santa Fe y encontré una estación de servicio y un teléfono público en la esquina. Afortunadamente en esa época yo tenía una manera de llamar por teléfono sin usar monedas. Lo que me preocupaba en realidad era acordarme toda la serie de números interminable que tenía que marcar antes de llamar a la remisería. Básicamente, era un 0800, un número entero de tarjeta de crédito y después el de la remiseria. 35 dígitos.
Marqué todo sin pifiarle ni una vez. Creo que estuve más de una hora sentado en esa esquina esperando el auto. Todavía me sentía bastante mal pero no me podía tirar a dormir otra vez por lo cual tuve que hacer un esfuerzo muy doloroso para mantenerme despierto.
Dormí todo el viaje de vuelta. Llegué a mi casa y seguí durmiendo. Y a la tarde dormí un poco más. Y por supuesto viví un domingo con una de las peores resacas de mi vida. Ese día volví a sentirme uno de los tipos con más suerte en el mundo.
Cuando estaba tirado en la calle, asustado por no poder controlar el cuerpo y expuesto a que me pasara cualquier cosa, algo me pasó por la mente: “si no me pasa nada, me prometo a mí mismo que nunca más voy a hacer algo como esto”. Y realmente me creí a mí mismo.
Estaba convencido de eso. Aún hoy estoy convencido que fue algo que le pasa a alguien muy estúpido nada más. Y pensar que la pasé tan mal me hizo creer que nunca más me iba a pasar una cosa así. Pero un día hice lo más estúpido en toda mi vida y me di cuenta que no puedo confiar ni en mí mismo.

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