Choqué el auto estacionándolo

Como a todo hombre que se jacta de serlo a mí también me encanta asegurar que soy el mejor al volante, o por lo menos uno de los mejores. Es un defecto genético. Todos los hombres por terribles que seamos, tenemos que decirle al resto que manejamos como si hubiéramos salido del útero en un karting.
Hay dos aspectos en los que los hombres se pueden considerar buenos conductores. El aspecto técnico del dominio del vehículo, la relación de afinidad con el auto y la capacidad de hacer piruetas más o menos impresionantes con la máquina; y el aspecto que se refiere a la conducta vial.
Yo creo fervientemente que el buen conductor no es aquel que puede saltar un puente a 240 Km./h haciendo tres trompos en el aire y estacionando en el aterrizaje. Seguro que ese tipo maneja muy bien. Pero el buen conductor, el que se destaca entre sus pares, es aquel que sigue las normas de tránsito, es respetuoso con los otros conductores y se desenvuelve con serenidad en la calle. Ese es el tipo que conduce bien.
Ergo yo no conduzco bien. Lo tengo que reconocer. Me pasé años mintiéndome a mí mismo y, cuando puedo, al resto. Digo “cuando puedo” porque en seguida que alguien es testigo de mis habilidades al volante mis fallas se hacen evidentes.
Que no se malentienda. Yo creo que manejo bien. Siempre me sentí cómodo en el asiento del piloto y entiendo el funcionamiento del auto más allá de los pedales y el volante. Pero soy un pésimo conductor. Soy imprudente, distraído y muchas veces tengo muy mal criterio para tomar decisiones.
En mi favor tengo que decir que aprendí a serenarme. En mis primeros años de manejo era notable que con mi poca experiencia todos los conductores alrededor mío fueran unos inútiles y todos fueran merecedores de los más efusivos improperios.
Esta anécdota fue producto de la conjugación de dos de mis falencias: mi imprudencia y mi muy dudoso criterio.
Era invierno en Ushuaia con lo cual las calles estaban cubiertas con una fina capa de hielo que suele aumentar la tasa de accidentes de tránsito considerablemente durante los meses de junio, julio y agosto.
Recientemente un amigo había sufrido un accidente de ski y estaba con un yeso que le cubría toda la pierna y tres clavos de 30 centímetros que le mantenían los huesos unidos.
Como es de imaginarse, su movilidad estaba considerablemente reducida y para levantarle al ánimo Sebastián y yo lo íbamos a buscar y los sacábamos a pasear en el auto.
Esta noche en particular nevaba un poco y las calles estaban especialmente resbalosas. Lo fuimos a buscar y salimos a darle la vuelta al perro.
Durante todo el paseo yo había sido muy cuidadoso porque la realidad es que siempre le tuve respeto a la nieve. Pero era evidente para todos que no era una noche para dar vueltas innecesarias en auto. A lo largo de la velada estuvimos cerca de chocar con otros autos unas cuatro o cinco veces. Siempre zafando por esa suerte que me acompaña inmerecidamente.
Después de un par de horas de pasear y arriesgar la integridad del auto de mi viejo, que había pasado por el chapista hacía muy poco, decidimos que era buena idea suspender y volver a la seguridad del hogar.
El camino de regreso fue, de hecho, bastante seguro y parecía que íbamos a terminar la noche sin inconvenientes. Dejamos a nuestro amigo enyesado en su casa y volvimos a la mía para dejar el auto y llamar un remís para seguir haciendo algo esa noche.
Llegamos en perfectas condiciones hasta la calle de mi casa y faltaban metros nada más para dejar el auto en un lugar donde no pudiera pasarle nada. Por supuesto mi suerte tiene un límite y si yo la fuerzo más allá de ese límite se piensa que la estoy tomando por boluda.
A 20 metros de mi casa Sebastián, en forma de chiste, dice: “a que no te animas a entrarlo tirando el freno de mano” a lo que los dos nos reímos porque era lógico que nadie intentaría una idiotez así.
Pero hace falta una aclaración. Hacía poco mis padres habían hecho una ligera remodelación en la casa y habían cerrado el patio del frente con una, a falta de una palabra mejor, muralla de 50 centímetros de grosor con unas columnas de dos metros de alto. Más bien feo digamos.
Por eso la idea era una idiotez. Si hubiera habido un cerquito de madera o nada un error en la maniobra habría significado un accidente menor. Pero chocar contra esa pared no podía significar nada menor.
Terminaron las risas que precedieron al chiste de mi compañero de aventuras y yo le contesté, también en chiste: “a que sí puedo” lo cual fue precedido por más risas.
Pero llegando a la entrada pensé: “vengo muy despacio ¿qué puede pasar?”. Y tiré del freno de mano.
Fue ligero, un tironcito y soltar. El auto empezó a girar como si estuviera fijo en un eje. Íbamos muy despacio pero el hielo en la calle hacía todo el trabajo. La maniobra fue casi perfecta. El auto se alineó con la entrada y empezó a entrar como si lo hubiera hecho siempre así.
Pero yo me asusté un poco por la velocidad y decidí tocar el freno ligeramente para aminorar un poco. Las ruedas de adelante se bloquearon y el auto dejó de avanzar y empezó a moverse de costado.
Mi maniobra perfecta se había arruinado y ahora estábamos yendo derecho a una de las columnas.
Fue un golpe seco. El ruido fue horrible. No tanto por el volumen. Me parece que se acentuó por la humillación. No podía sentirme más estúpido en ese momento.
Rogué porque el golpe hubiera sido ligero y no hubiera pasado nada. Me bajé corriendo del auto para mirarlo. El paragolpes estaba torcido. Parecía que estuviera haciendo una mueca. Además tenía una marca trasversal de arriba abajo que le había hecho el borde la columna. Era obvio que lo había chocado. Había salido del chapista hacía menos de una semana.
Terminé de meter el auto y entré en mi casa para decirle a mi papá lo que había pasado. No pude decirle toda la verdad. Otra vez. Me daba mucha vergüenza y mucho miedo admitir una cosa así. Y tuve que ocultarlo para no desilusionarlo, aunque estoy seguro que él siempre se imaginó lo que pasó. No es ningún tonto.
De más está decir que nunca más en la vida intenté una acrobacia como esa. Intenté muchas otras. Estúpidas a más no poder. Pero nunca la misma. En realidad, si yo aprendo de mis estupideces o no, está por verse.

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