Sabiamente o tal vez sólo previendo de manera inconciente que todo esto algún día serviría para algo, empecé a recolectar episodios estúpidos desde una edad muy tem-prana. En esta ocasión tenía nada más que ocho años y un enorme potencial para llevar a cabo estupideces inimaginables. El hecho de que tuviera tan corta edad iba a empeorar las cosas, como se verá al final.
Cuado yo era chico y vivía en Ushuaia en invierno tenía una amplia variedad de actividades y juegos para pasar el tiempo libre en el barrio: correr carreras de trineos, hacer guerras de nieve, armar muñecos, etc.
Una de las más populares entre mis amigos era tirar bolas de nieve a los autos que pasaban por la calle. Ahora que lo digo suena un poco vandálico pero en esa época era bastante común y nos divertía mucho probar puntería con un blanco móvil, sobre todo si de adentro podía llegar a salir un conductor muy ofuscado.
Pero al fin y al cabo la nieve es inofensiva así que sabíamos que aunque a los automovilistas no les gustara tampoco les estábamos haciendo un daño real.
Ahora, tengo que reconocer que esto de tirar nieve a los autos empezó a desarrollar algunos patrones típicos de una adicción.
En verano, cuando no había nieve, les empezamos a tirar globitos de agua. Y cuando no había ni globitos de agua, cual drogadicto que se mete cualquier cosa cuando se le acaba la sustancia usual, empezábamos a buscar alternativas para tirar que no incurrieran en daños mayores.
Un día se nos ocurrió tirar arena a un auto, después de llegar a la conclusión de que una piedra haría daño pero muchas diminutas no.
Lógicamente la primera víctima fue la última porque nos asustamos mucho cuando el conductor se bajó del auto y nos persiguió hasta el patio trasero de un amigo para explicarnos lo que pensaba sobre tirar cosas a los autos.
En fin, por alguna extrañísima razón que no lograba dilucidar, a los dueños de los autos les molestaba mucho que les tiremos cosas así que de vez en cuando nos comíamos un reto o un castigo.
El día que me atropellaron fue en invierno, en 1989. En esa época nevaba mucho en la ciudad y a mí ya me habían reprimido varias veces por molestar a los intrépidos conductores que se aventuraran a pasar por el frente de mi casa.
Pero se me había ocurrido una variante para mi juego preferido que me podía exonerar de todo crimen del que se me inculpara: le tiraba nieve a los autos pero a las ruedas. Por supuesto que suena estúpido pero al fin y al cabo ¿de qué se trata este libro?
Claro, no les hacía nada, pero tampoco era muy emocionante. Me imagino que los que iban en los autos me debían ver, debían esperar el ruido de la bola contra la chapa pero cuando no lo escuchaban se debían reír de mí. ¿Qué iba a hacer? Tenía ocho años.
Ese día estaba solo. Paradito en la vereda justo frente a mi casa. La calle, ligeramente empinada, solía ser doble mano y bastante transitada así que pasaban autos hacia arriba y hacia abajo.
Hoy en día es de única dirección, hacia abajo. Me gustaría pensar que yo tuve alguna influencia en esa modificación pero la verdad es que tal reestructuración no tiene absolutamente nada que ver conmigo.
Como yo puedo tirar cosas con una sola mano porque con la izquierda no podía usar ni el control remoto (aprendí a usarlo con las dos muchos años después; véase “Rompí una ventana con la mano”) cada vez que venía un auto de abajo tenía que cruzar la calle para poder tirar con más comodidad.
Así que yo iba de un lado al otro de la calle, juntaba un poquito de nieve, hacía un bollito y ¡paf! Esperaba y hacía lo mismo. Me parece que ya está claro en qué dirección que va este relato.
Tengo que recalcar que estaba solo y aburrido. Supongo que de haber habido por lo menos un amigo se nos habría ocurrido algo mínimamente más divertido y mucho más seguro.
Pero por otro lado la libertad de la soledad me daba espacio para experimentar aventuras tal vez demasiado arriesgadas para compartir.
Me acuerdo que estaba oscuro, lo que no quiere decir que fuera tarde. Podían ser las seis como las once. A esa altura del invierno es casi lo mismo. También nevaba bastante fuerte.
Como dije, estaba del lado de la calle de mi casa y mi hermana salió por la puerta del frente, toda abrigada y preparada para jugar, supongo. Nunca supe la razón exacta por la que salió porque tuvo que volver a entrar en menos de diez minutos.
Yo había estado afuera un rato practicando mi nuevo deporte extremo y aparentemente lo encontraba altamente entretenido. Tenía esa sensación de estar perfeccionando una técnica que lo obliga a uno a seguir haciendo algo para ver si puede salir mejor.
Usualmente son actividades que implican un riesgo y el pensamiento recurrente es: “Tengo que dejar de hacer esto. No, una vez más y listo”. Es imposible dejar de hacerlo. Es un axioma del universo.
Estaba parado en el frío, jugando uno de los juegos más estúpidos jamás inventados por el hombre. Nevaba bastante y mi hermana recién salía para unirse a la diversión que no se acababa. Es que nunca había empezado.
Me preguntó que estaba haciendo así que yo procedí a explicarle la mecánica del juego. Me debe haber mirado de alguna manera extraña o yo debo haber supuesto que mi explicación no fue suficiente porque me sentí obligado a hacer una demostración práctica para una mejor ilustración.
Me concentré bastante en la parte de la necesidad de cruzar la calle cada vez que venía un auto por la mano contraria porque evidentemente esa era la parte que yo sentía que no explicaba con precisión.
Primero pasó un auto del lado que estábamos nosotros. Hice la demostración y expliqué: “si pasa uno para el otro lado, tengo que cruzar la calle para tirarle”.
Sucedió que un auto apareció por la esquina de abajo y empezó a subir por la calle. Entonces le señalé a mi hermana que a ese auto le tenía que tirar desde la vereda del frente. Y me explayé en la explicación. En realidad no me explayé, repetí varias veces las mismas cosas de distinta forma por esa maldita sensación de que lo que digo no se entiende.
El punto es que cuando me decidí a cruzar la calle para efectivamente tirar la bola de nieve, el auto ya había subido hasta la altura de mi casa así que yo no iba a tener mucho tiempo para cruzar ni el vehículo para frenar.
Troté tranquilo de una vereda a la otra pensando que me sobraba el tiempo. Cuando iba por la mitad de la calle miré para el costado que venía el auto y vi todo negro y en el medio un cuadrado de luz muy fuerte y nada más.
De acá hasta dentro de un par de horas está todo bloqueado en mi memoria. No me acuerdo casi nada. Lo único que retuve es levantar la cabeza, sentirme un poco desorientado y ver a mi hermana que corría desesperada hacia adentro gritando que me habían atropellado.
Lo primero que me vuelve a la cabeza es estar sentado en un almohadón, al lado de un calefactor, dentro de mi casa. Mi mamá, mi papá y mi pediatra me miraban con una sonrisa como si yo me hubiera mandado una macanita de esas sin importancia.
Todavía me acuerdo que quería arrancarles la cabeza. ¿De qué se reían si me acababa de atropellar un auto?
Milagrosamente no me había pasado nada. Es decir, nada serio. Tenía todos los huesos en el lugar y en una pieza. Pero parece que cuando me caí, decidí utilizar mi cara como colchón porque tenía un raspón que iba desde la frente hasta el cuello, pasando por mi mejilla derecha.
Parecía que me hubieran tirado diarrea a la cara y lo único que tenía para atajarla era un colador. Además el auto me había pegado a la altura del estómago sobre la derecha también. Así que tenía otro igual que me tapaba la mitad del tórax. Freddy Krueger, un poroto.
Este fue uno de los primeros momentos de mi vida en lo que empecé a notar que una inusual suerte me rodeaba en acontecimientos como este.
Por supuesto cuando me vi al espejo me di cuenta que no podía aparecer en público así por lo cual me hice la víctima para ver cuanto tiempo podía faltar a la escuela.
Dos días. Para todos esos lectores de alrededor de ocho años que están pensado una buena excusa para faltar al colegio: no intenten hacerse atropellar por un auto porque dos días no valen la pena.
El último pedazo de cáscara se me cayó a los dos meses. Una de las peores cosas que me pudo pasar en tercer grado fue que Paola (mi amor imposible de la primaria) me dijera que parecía que tenía caca en la cara, en la clase de educación física, frente a todos los demás.
Para todos esos que leyeron otras estupideces en Internet y piensan que sólo las cometo cuando estoy bajo la influencia de alguna sustancia extraña, hoy les traigo la prueba de que no sólo hago estupideces en estado completamente sobrio, sino también de que he sido un estúpido desde muy temprano… me arriesgo a decir que desde que nací.
Cuado yo era chico y vivía en Ushuaia en invierno tenía una amplia variedad de actividades y juegos para pasar el tiempo libre en el barrio: correr carreras de trineos, hacer guerras de nieve, armar muñecos, etc.
Una de las más populares entre mis amigos era tirar bolas de nieve a los autos que pasaban por la calle. Ahora que lo digo suena un poco vandálico pero en esa época era bastante común y nos divertía mucho probar puntería con un blanco móvil, sobre todo si de adentro podía llegar a salir un conductor muy ofuscado.
Pero al fin y al cabo la nieve es inofensiva así que sabíamos que aunque a los automovilistas no les gustara tampoco les estábamos haciendo un daño real.
Ahora, tengo que reconocer que esto de tirar nieve a los autos empezó a desarrollar algunos patrones típicos de una adicción.
En verano, cuando no había nieve, les empezamos a tirar globitos de agua. Y cuando no había ni globitos de agua, cual drogadicto que se mete cualquier cosa cuando se le acaba la sustancia usual, empezábamos a buscar alternativas para tirar que no incurrieran en daños mayores.
Un día se nos ocurrió tirar arena a un auto, después de llegar a la conclusión de que una piedra haría daño pero muchas diminutas no.
Lógicamente la primera víctima fue la última porque nos asustamos mucho cuando el conductor se bajó del auto y nos persiguió hasta el patio trasero de un amigo para explicarnos lo que pensaba sobre tirar cosas a los autos.
En fin, por alguna extrañísima razón que no lograba dilucidar, a los dueños de los autos les molestaba mucho que les tiremos cosas así que de vez en cuando nos comíamos un reto o un castigo.
El día que me atropellaron fue en invierno, en 1989. En esa época nevaba mucho en la ciudad y a mí ya me habían reprimido varias veces por molestar a los intrépidos conductores que se aventuraran a pasar por el frente de mi casa.
Pero se me había ocurrido una variante para mi juego preferido que me podía exonerar de todo crimen del que se me inculpara: le tiraba nieve a los autos pero a las ruedas. Por supuesto que suena estúpido pero al fin y al cabo ¿de qué se trata este libro?
Claro, no les hacía nada, pero tampoco era muy emocionante. Me imagino que los que iban en los autos me debían ver, debían esperar el ruido de la bola contra la chapa pero cuando no lo escuchaban se debían reír de mí. ¿Qué iba a hacer? Tenía ocho años.
Ese día estaba solo. Paradito en la vereda justo frente a mi casa. La calle, ligeramente empinada, solía ser doble mano y bastante transitada así que pasaban autos hacia arriba y hacia abajo.
Hoy en día es de única dirección, hacia abajo. Me gustaría pensar que yo tuve alguna influencia en esa modificación pero la verdad es que tal reestructuración no tiene absolutamente nada que ver conmigo.
Como yo puedo tirar cosas con una sola mano porque con la izquierda no podía usar ni el control remoto (aprendí a usarlo con las dos muchos años después; véase “Rompí una ventana con la mano”) cada vez que venía un auto de abajo tenía que cruzar la calle para poder tirar con más comodidad.
Así que yo iba de un lado al otro de la calle, juntaba un poquito de nieve, hacía un bollito y ¡paf! Esperaba y hacía lo mismo. Me parece que ya está claro en qué dirección que va este relato.
Tengo que recalcar que estaba solo y aburrido. Supongo que de haber habido por lo menos un amigo se nos habría ocurrido algo mínimamente más divertido y mucho más seguro.
Pero por otro lado la libertad de la soledad me daba espacio para experimentar aventuras tal vez demasiado arriesgadas para compartir.
Me acuerdo que estaba oscuro, lo que no quiere decir que fuera tarde. Podían ser las seis como las once. A esa altura del invierno es casi lo mismo. También nevaba bastante fuerte.
Como dije, estaba del lado de la calle de mi casa y mi hermana salió por la puerta del frente, toda abrigada y preparada para jugar, supongo. Nunca supe la razón exacta por la que salió porque tuvo que volver a entrar en menos de diez minutos.
Yo había estado afuera un rato practicando mi nuevo deporte extremo y aparentemente lo encontraba altamente entretenido. Tenía esa sensación de estar perfeccionando una técnica que lo obliga a uno a seguir haciendo algo para ver si puede salir mejor.
Usualmente son actividades que implican un riesgo y el pensamiento recurrente es: “Tengo que dejar de hacer esto. No, una vez más y listo”. Es imposible dejar de hacerlo. Es un axioma del universo.
Estaba parado en el frío, jugando uno de los juegos más estúpidos jamás inventados por el hombre. Nevaba bastante y mi hermana recién salía para unirse a la diversión que no se acababa. Es que nunca había empezado.
Me preguntó que estaba haciendo así que yo procedí a explicarle la mecánica del juego. Me debe haber mirado de alguna manera extraña o yo debo haber supuesto que mi explicación no fue suficiente porque me sentí obligado a hacer una demostración práctica para una mejor ilustración.
Me concentré bastante en la parte de la necesidad de cruzar la calle cada vez que venía un auto por la mano contraria porque evidentemente esa era la parte que yo sentía que no explicaba con precisión.
Primero pasó un auto del lado que estábamos nosotros. Hice la demostración y expliqué: “si pasa uno para el otro lado, tengo que cruzar la calle para tirarle”.
Sucedió que un auto apareció por la esquina de abajo y empezó a subir por la calle. Entonces le señalé a mi hermana que a ese auto le tenía que tirar desde la vereda del frente. Y me explayé en la explicación. En realidad no me explayé, repetí varias veces las mismas cosas de distinta forma por esa maldita sensación de que lo que digo no se entiende.
El punto es que cuando me decidí a cruzar la calle para efectivamente tirar la bola de nieve, el auto ya había subido hasta la altura de mi casa así que yo no iba a tener mucho tiempo para cruzar ni el vehículo para frenar.
Troté tranquilo de una vereda a la otra pensando que me sobraba el tiempo. Cuando iba por la mitad de la calle miré para el costado que venía el auto y vi todo negro y en el medio un cuadrado de luz muy fuerte y nada más.
De acá hasta dentro de un par de horas está todo bloqueado en mi memoria. No me acuerdo casi nada. Lo único que retuve es levantar la cabeza, sentirme un poco desorientado y ver a mi hermana que corría desesperada hacia adentro gritando que me habían atropellado.
Lo primero que me vuelve a la cabeza es estar sentado en un almohadón, al lado de un calefactor, dentro de mi casa. Mi mamá, mi papá y mi pediatra me miraban con una sonrisa como si yo me hubiera mandado una macanita de esas sin importancia.
Todavía me acuerdo que quería arrancarles la cabeza. ¿De qué se reían si me acababa de atropellar un auto?
Milagrosamente no me había pasado nada. Es decir, nada serio. Tenía todos los huesos en el lugar y en una pieza. Pero parece que cuando me caí, decidí utilizar mi cara como colchón porque tenía un raspón que iba desde la frente hasta el cuello, pasando por mi mejilla derecha.
Parecía que me hubieran tirado diarrea a la cara y lo único que tenía para atajarla era un colador. Además el auto me había pegado a la altura del estómago sobre la derecha también. Así que tenía otro igual que me tapaba la mitad del tórax. Freddy Krueger, un poroto.
Este fue uno de los primeros momentos de mi vida en lo que empecé a notar que una inusual suerte me rodeaba en acontecimientos como este.
Por supuesto cuando me vi al espejo me di cuenta que no podía aparecer en público así por lo cual me hice la víctima para ver cuanto tiempo podía faltar a la escuela.
Dos días. Para todos esos lectores de alrededor de ocho años que están pensado una buena excusa para faltar al colegio: no intenten hacerse atropellar por un auto porque dos días no valen la pena.
El último pedazo de cáscara se me cayó a los dos meses. Una de las peores cosas que me pudo pasar en tercer grado fue que Paola (mi amor imposible de la primaria) me dijera que parecía que tenía caca en la cara, en la clase de educación física, frente a todos los demás.
Para todos esos que leyeron otras estupideces en Internet y piensan que sólo las cometo cuando estoy bajo la influencia de alguna sustancia extraña, hoy les traigo la prueba de que no sólo hago estupideces en estado completamente sobrio, sino también de que he sido un estúpido desde muy temprano… me arriesgo a decir que desde que nací.
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