Puesto número 3: Rompí una ventana con la mano

Este episodio es particularmente significativo. En primer lugar porque ocupa el tercer puesto en las cinco cosas más estúpidas de mi vida, que no es poca cosa. Pero además esta anécdota en particular es la que dio origen a ese blog que después iba a convertirse en este libro.
Hacer ese blog para mí también era una estupidez así que me daba esa sensación de ciclo, de algo que se cerraba. Esta es LA anécdota estúpida por antonomasia.
Esto empieza en marzo de 2007. Yo me tomaba unas merecidas vacaciones de mi trabajo horrible en un call center. Había decidido irme a Ushuaia, donde nací, porque hacía unos dos años que no volvía a mi casa y que no veía algunas caras en particular.
Además Sebastián, mi gran compañero gran de aventuras, estaba pasando la temporada allá trabajando. Era perfecto para ir a despejar la mente, ver amigos y tomar el jugo de naranja de mamá todas las mañanas.
Me fui unos diez días y debo decir que la pasé bárbaro, por lo menos durante los primeros cinco. Había disfrutado de la familia, había paseado por lugares hermosos que hacía tiempo no veía y había comido delicias típicas de la zona. Además a la noche me dedicaba a salir con buenas compañías y a disfrutar en serio.
Una de esas noches de jolgorio éramos cuatro: Sebastián, Gastón, Hernán y yo, y la idea que tuvo más quórum fue ir a un cantobar. Y acá tengo que hacer una digresión.
El cantobar es probablemente una de las paradojas sociales más intrigantes. La idea ulterior de ir a este lugar es cantar. Hay un público que no fue exactamente a verlo a uno pero está ahí para hacerlo. En el cantobar uno ve gente cantando que pueden hacerlo muy mal, con lo cual uno se ríe cruelmente; o pueden hacerlo bien (pero nunca lo suficientemente bien) y uno igual se ríe pero más por envidia que por otra cosa.
Pero en algún punto de la noche quien fue público va a pasar a cantar, igual que la mayoría, y se va a convertir en el objeto de la burla. Esto es perfectamente conciente y aun así uno se baja del escenario, se sienta y se sigue riendo de la persona que ahora canta. Es un fenómeno sociológico digno de análisis, pero desafortunadamente no es lo que nos ocupa aquí.
Esta noche había transcurrido sin problemas. Con un par de vinos, buena conversación y también habíamos subido al escenario a pasar un poco de vergüenza y reírnos un poco de nosotros mismo. Tengo que reconocer que uno de nosotros, Hernán, sí canta bien. No es justo meterlo en la misma bolsa con los otros tres que fuimos un asco.
Eran algo así de las cinco de la mañana y Gastón estaba un poco pasado de la hora de volver, como dos o tres horas. La habíamos pasado muy bien y parecía un buen momento para emprender la retirada. No sin antes hacer una última pasada por el baño para disfrutar de un retorno más cómodo.
Así que ahí estaba yo, en un bañito de dos por dos, haciendo lo que me competía cuando percibí que delante de mí había una pequeña ventanita cuadrada de 15 cm. de lado ligeramente por encima de mi línea de visión.
En seguida de haberla visto una sensación rara me recorrió la espalda. Ese pedazo de vidrio tuvo un efecto en mí y es el día de hoy que no sé qué me pasó. Pero quiero hacer uno de esos flashbacks como en las películas que va a ayudar a entender de donde surge esta relación mía con el frágil vidrio.
Vamos a 1986, cuando yo tenía cinco años. Esto es algo que me quedó grabado a fuego en la mente.
En esa época la ciudad era muy diferente de lo que es ahora. El límite oeste estaba prácticamente detrás de mi casa. Y ahí teníamos un patio cubierto de césped vallado por un cerco en muy malas condiciones. Prácticamente la mitad del cerco no estaba. Por esa razón a veces entraba algún caballo y se ponía a pastar en el jardín trasero. No era todos los días pero cada tanto pasaba.
A mí me encantan esos animales pero siempre les tuve un sumo respeto, supongo que por el tamaño.
Una tarde me acerqué a la ventana y vi este caballo marrón enorme parado en el patio, tranquilo como en su casa. Yo estaba adentro así que no tenía nada que temer y me entusiasmó mucho ver al animal. Tanto que le quise llamar la atención.
Ahora, hay que reconocer algo. Los caballos serán inteligentes pero no hay como un perro. Ahí estaba yo paradito, admirando la majestuosidad de la bestia y como no sabía como decirle, le dije lo más lógico: caballo. Para que el bicho me oyera acompañé el llamado con una leve alarma sonora, repiqueteando suavemente sobre la ventana. Como el caballo no escuchó o se hizo el boludo, subí un poco el volumen de mi llamado y golpee ligeramente más fuerte sobre el vidrio.
Mi conducta estaba empezando a hacerse notar así que mi hermana y la señora que nos cuidaba se acercaron para ver qué me había agarrado ahora y supongo para cuidar que no me mandara ningún exabrupto.
Como el caballo seguía sin darme pelota, yo grité un poco más fuerte y golpeé la ventana un poco más fuerte. Ahí me dijeron que tenga cuidado con la ventana y que el caballo no me iba a prestar atención.
Pero yo siempre fui un ferviente creyente de que la perseverancia conduce al triunfo. Así que le pegué un buen grito al pingo ese y le estrellé un buen sopapo a la ventana. El vidrio se quebró en tres partes. El caballo siguió pastando.
Viajamos diez años en el futuro. Tengo unos 15 y estoy jugando a la pelota con mi mejor amigo (Sebastián, claro) en el patio de mi casa. Un jardín que no es realmente grande.
Estamos pasando la pelota como dos troncos y haciéndonos las estrellas. En la excitación del juego, me entusiasmo un poco más de los que debería, cazo una pelota sin pararla, le doy de puntín sin apuntar y vuela en una línea recta perfecta. Parece que va derecho a mi amigo pero le pega de lleno a uno de los paneles de la ventana del frente de mi casa. El vidrio se hizo pedazos.
Pasan dos o tres años y estoy caminando por la ciudad a eso de las cinco o seis de la mañana. Estoy volviendo de un boliche a mi casa y voy solo.
Para cortar camino, cruzo por una plaza en la que jugaba cuando era chico. En el medio de la plaza hay una edificación de madera. Parece un galpón pero está un poco adornado. En realidad es una calesita. Una de esas grandes con caballitos y autitos y todos los chiches.
Pero como en Ushuaia puede llover a cada rato y suele hacer frío esta calesita es cubierta. Alrededor del edificio hay una reja no muy segura, supongo que para evitar a los poco probables vándalos.
Yo vengo con tal rosca encima que irme a mi casa me parecía poco y me daba la impresión de que estaba tirando toda la plata que había gastado en tragos.
Cuando paso frente a la calesita veo las puertas de ingreso detrás de la reja. Doble hoja y dos vidrios enormes completamente indefensos. Fue un poco reflejo. Corrí hacia la calesita, trepé la reja y salté del otro lado. Me quedé mirando a mi víctima unos segundos. Era la primera vez que sentía la urgencia de hacer algo malo, inducido por el alcohol.
Perfectamente conciente de lo que hacía pero influido por la sangre alcoholizada que irrigaba mi cerebro asesté un puñetazo a una de las ventanas que se deshizo y cayó en mil pedazos. Yo huí vilmente.
Nuevamente estamos en 2007, en un baño pequeño de un cantobar del fin del mundo. Algo me esta recorriendo la columna y no puedo identificar qué es. Creo que alguna glándula estaba segregando estupidez en la médula de mi espina.
Termino el asunto que me había llevado a las instalaciones, subo la cremallera y me detengo a pensar un segundo. Miré fijamente la ventana y le pegué.
No sé por qué. No me pregunten. No había una razón para hacerlo. No estaba enojado con nadie. De hecho había tenido una noche muy placentera. Tampoco estaba haciendo una experiencia de laboratorio porque ya había comprobado hacía mucho qué pasa cuando se le pega a un vidrio.
Y tampoco era que quisiera sacar la cabeza por el agujero para mirar para afuera, porque era obvio que mi cabeza, que es bastante grande, no iba a caber.
Enseguida de cometer mi crimen empecé a sentirme culpable y empecé a buscar una explicación para lo que acababa de hacer. Pero mis preocupaciones se vieron opacadas por asuntos de mayor importancia cuando miré hacia abajo y vi que por mi mano corría un hilo espeso de sangre oscura que nacía en el nudillo de mi índice, goteaba en mi pantalón y terminaba en el inodoro.
Lo único que pude pensar fue: “Qué boludo”. Tenía un tajo enorme en la mano. No tanto por la longitud sino por la profundidad. Se veía la piel levantada a los costados y la mano empezaba a doler por la toma de conciencia.
Por alguna razón, limpié el inodoro antes de hacer nada. Después me acerqué al lavatorio y puse la mano debajo de un chorro de agua fría para tratar de para la hemorragia.
Cuando el agua lavó la herida pude ver un poco adentro. Debía tener como dos milímetros de profundidad, que para una mano es bastante, considerando que mide un centímetro y medio de ancho. Se veía algo blanco al fondo, que no sé si era cartílago o hueso pero me daba impresión.
Al cabo de pocos minutos un empleado del bar entró al baño porque lógicamente había escuchado el ruido del vidrio cuando se rompió, otra variable que yo no había considerado cuando decidí volverme vándalo por un segundo.
El tipo me preguntó si estaba bien y yo le respondí en seguida que sí pero no se me ocurría nada para decirle. No tenía una explicación para darle de lo que había pasado. Ni siquiera puedo imaginarme qué pensó que había pasado porque tampoco me preguntó.
Por ahí pensó que si me preguntaba me iba a poner violento pero lo más absurdo es que la violencia no había sido el motor. Así que yo seguí mojándome la mano con mi vergüenza a cuestas.
El tipo se fue y al rato entró una amiga que trabajaba ahí de moza y me empezó a hacer un parche improvisado con algunas gasas y tela adhesiva. A decir verdad, había quedado perfecto, lo cual me dio la pauta de que esta chica debía tener práctica haciendo vendajes.
Eso sumado a la actitud tan pasiva del muchacho que había entrado antes me hizo pensar que tal vez yo no era el primer idiota al que se le ocurría romper esa ventana.
Más o menos parchado como estaba salí del baño para encontrarme con las sonrisas socarronas de mis tres amigos que seguro pensaban lo mismo que yo había pensado cuando vi mi mano rota.
Salimos del bar y era obvio que yo no podía manejar así que mis compinches se fueron turnando, cosa absolutamente innecesaria pero supongo que todos querían conducir, y se fueron quedando en sus casas hasta que el último me acompañó al hospital.
En cuanto entré al hospital, todavía feliz del vino, me acerqué a una ventanilla y le hice pasar vergüenza a mis padres, dos médicos con una carrera de más de 25 años en ese mismo hospital y por ende dos personas conocidas en el nosocomio.
Me hicieron entrar en una sala donde tenía que esperar a un enfermero que me iba a coser la mano. Mientras lo hacía encontré un chirimbolo colgando que parecía un gancho.
Como yo sangraba y es bueno mantener algo que sangra en alto para bajar la irrigación, yo colgué mi mano del ganchito. En cuanto el tipo entró me gritó que soltara el gancho del suero antes de que lo rompiera.
Me miró un poco la mano y me dijo que me iba a hacer un par de puntos a lo que yo no contesté nada porque me parecía bien y no tenía nada para decirle.
El amigo que me había llevado seguía esperando afuera y como se aburrió empezó a escribirme mensajes de texto al celular. Los mensajes eran completamente absurdos y hacían alusión a la hermana del enfermero que mi amigo ni siquiera había conocido.
Y como yo seguía borracho y no tenía filtro le leía los mensajes al enfermero que me miraba como si me fuera a coser los párpados. Además no creo que estuviera muy entusiasmado de coserle la mano a un pánfilo que se las arregla para lastimarse solo.
Me fui con otra venda más grande que la anterior. Mi amigo quedó en su casa y yo manejé las últimas cuadras solo pero muy despacio.
A la mañana siguiente me levante levemente deprimido por la sensación postalcohol, con una contractura por tener el brazo fuera de la cama toda la noche y con una mano cuatro veces más grande que la original. Además sentía un dolor como si alguien se hubiera parado sobre mis dedos durante diez horas.
De más está decir que los últimos días de mis vacaciones fueron un embole. No podía hacer nada como un humano normal. Cuando comía parecía que tuviera limitaciones mentales más que físicas. Manejar era impensado así que tenía que pedir que me llevaran a todos lados y que me fueran a buscar o quedarme en casa. Incluso usar un teclado por más de diez minutos se tornaba demasiado doloroso.
Lo único que podía hacer era alquilar películas, ya que hacía unos años me había fracturado la misma mano y había logrado perfeccionar la técnica de usar el control remoto con la mano izquierda.
Antes de irme volví al cantobar. Traté de hablar con los dueños para explicar lo que había pasado y hacerme responsable de los gastos. Me dijeron que no era importante pero como todavía me sentía culpable e insistía me dijeron que si dejaba una buena propina, alcanzaba. Y así lo hice.
A veces hago cosas sin medir las consecuencias, como con el ex comisario. Y a veces realmente no tengo la capacidad para determinar si estoy haciendo algo mal, como con la camioneta. Pero lo que hice esa noche no tiene ningún tipo de justificación.
Me arruiné la mitad de las vacaciones y todavía hoy me pregunto cual fue la razón para hacer tamaña idiotez. Pero supongo que algunas cosas efectivamente no tienen explicación. Soy un estúpido y no hay vuelta que darle.

1 comentario:

  1. Jajajjajjajajjajaja!! Aun sabiendo como viene toda la historia, todavia me hace reir mucho recordarla... Increible.. Pero la hermana del enfermero estaba buena..

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