Soy un tipo al que le gusta viajar. Me encanta. Recorrería el mundo si tuviera mucho tiempo y mucha plata. Me encantaría trabajar en algo que me obligara a viajar de tanto en tanto.
Y la verdad es que viajé bastante. Tuve la suerte de tener padres que me llevaron a recorrer una cuarta parte del mundo y me ayudaron a realizar algunas travesías por mí mismo.
Pero un viaje en familia es muy diferente de uno organizado por propia cuenta. El viaje solitario o en compañía de un amigo o una pareja es mucho más excitante, mucho más desafiante. Cada situación de conflicto es un reto al temple personal. Cada toma de decisión puede ser crucial. En fin, hacer los primeros viajes solo es una aventura.
Y como es imaginable, habiendo estado en el exterior más de una vez, es lógico que llevara a un plano internacional mi excelente habilidad para hacer estupideces.
Oxford, en Inglaterra, fue testigo de la “meada de los 100 metros”. Deporte nocturno que me fue enseñado por Esteban, un antiguo compañero de aventuras, que consiste en orinar caminando, intentando cubrir la distancia de una cuadra. Para lograr eso es imperativo beber grandes cantidades de cerveza para provocar un efecto diurético y para esta ebrio, por supuesto.
Ámsterdam, Holanda se convirtió en Barcelona cuando se nos ocurrió, a otro compañero de viajes y a mí, salir a caminar después de probar por primera vez y en una cantidad poco recomendable, hongos alucinógenos. El pavor de esta experiencia es sólo comparable a ser perseguido por bestias feroces y hambrientas en una jungla después de que el guía murió de una manera violenta y desagradable.
Pero esta aventura de 1600 Km. no fue inducida por ninguna sustancia extraña. Tampoco fue el producto de la experimentación. Fue simplemente la urgencia de huir.
Poco antes de empezar a escribir estas crónicas hice un viaje a los Estados Unidos junto a Lucía, mi novia y mi más grande compañera de aventuras, con la intención de vivir allí unos cinco meses y trabajar para hacer unos dólares.
La experiencia fue dolorosa. Es la única forma que se me ocurre para describirla. El dinero fue ínfimo. Las condiciones de trabajo duras. La suerte, ese factor que me suele seguir a todos lados, se había desvanecido. Todo lo que nos podía salir mal, salió peor.
Y finalmente volví antes de los previsto porque seguir un mes más viviendo como lo estaba haciendo habría sido orgullo o estupidez. Y hasta yo tengo un límite para la estupidez.
Durante esos cuatro meses lo único que nos contenía de cortarnos las venas era viajar a otras ciudades y pasear como turistas. Descansar.
Pero viajar también costaba bastante dinero así que no podíamos hacerlo muy seguido. En ese tiempo pudimos visitar Los Ángeles y San Francisco y eso fue todo.
Esos momentos lejos del lugar de trabajo y la casa pavorosa en la que vivíamos nos recargaba el espíritu y podíamos aguantar unas semanas más de sufrimiento.
Unas semanas antes de que Lucía se volviera a la patria quisimos hacer un último paseo por el área por la que vivíamos. Nada de viajar lejos ni gastar mucha plata. La idea era ir a hacer compras a Reno durante la noche y pasear alrededor de Lake Tahoe a la mañana siguiente y volver a casa.
Para eso alquilamos un auto durante 24 hs. Nos fuimos a Reno, no compramos nada y estábamos listos para emprender la vuelta a casa.
Durante nuestras conversaciones, a modo de broma siempre surgía el tema de irnos a cualquier lado sin decirle a nadie y no volver al trabajo. Era la única forma de sublimar ese deseo que obviamente no íbamos a concretar.
Eran algo así de las nueve y media de la noche y en forma de broma le dije a mi chica: “¿Y si vamos a Las Vegas?”
Las Vegas era uno de los destinos al que habíamos querido ir pero no habíamos podido por falta de tiempo y dinero. Sabíamos que era relativamente lejos y que la ciudad merecía pasar una noche para ver algún show en algún casino, jugar un poco a la ruleta y nada más.
Siguiéndome la broma ella me contestó: “Y dale”. Y por un segundo nos miramos y la decisión ya estaba tomada. Fuimos a cargar combustible y estábamos listos para escaparnos aunque sea una noche a la ciudad del pecado.
Pero la travesía no pudo empezar inmediatamente porque sonó un teléfono. Ella contestó y era un amigo que también había querido ir a Las Vegas y no había podido, Julián.
Ya que estábamos, le propusimos ir. Pero para buscarlo a él había que conducir como 50 km. en sentido contrario porque él todavía estaba en el pueblo. Aun así lo hicimos y ahora era mucho más tarde y estábamos más lejos.
En conversaciones posteriores de pareja ambos confesamos que cuando llegamos al pueblo a recoger al muchacho este ya estábamos reconsiderando la idea del viaje express. Pero yo creo que la estupidez es contagiosa y le estoy haciendo mal a esta chica.
Obviamente partimos como a las once, creyendo muy ingenuamente que podíamos llegar a destino a eso de las seis de la mañana, como muy tarde. Por ahí la noche estaría perdida en su mayor parte pero algo esperábamos encontrar.
Teníamos un mapita recién comprado en una estación de servicio y el camino más atractivo marcado. El más atractivo, no el más práctico. Además de noche el camino puede ser muy lindo pero no se veía un carajo así que yo hubiera preferido una autopista a una rutita de cuatro metros de ancho con una curva cada diez metros y una loma cada quince.
Fue el viaje más largo de mi vida. Eran unas 500 millas, algo así como 800 kilómetros. Llegamos a Las Vegas a las nueve de la mañana. Lo único que quería hacer era dormir.
Durante la noche estuvimos cerca de quedarnos sin nafta en el medio del desierto. A las siete de la mañana cuando yo no podía más (el día anterior me había levantado a las seis) lo dejé manejar un rato a Julián y de los nervios por el miedo de que pasara algo no había podido descansar nada.
Encontramos un lugar para estacionar y fuimos a caminar por la ciudad. Es una linda ciudad. Nada de mucho glamour. No es Roma o Barcelona pero tenía algo pintoresco.
Pero ese no era el momento de pasear. Era el momento de dormir. Era difícil disfrutar de un lugar con la modorra que teníamos. Toda la idea de relajarnos y olvidarnos de las preocupaciones se había esfumado.
Dimos una vuelta durante dos o tres horas y ya teníamos que volver. Si el viaje nos había tomado diez horas para ir, podíamos esperar una odisea similar para la vuelta.
Así que arrancamos un poco pasado el mediodía. Salir a la ruta ya era frustrante, ahora sabiendo el camino interminable que había por delante. Lo único que me reconfortaba un poco era la idea de que ahora volvíamos por una ruta en serio y por ahí podíamos ahorrar un par de horas. Qué imaginación que tengo y qué iluso que fui.
Para asegurarnos que llegáramos despiertos cuando comíamos me bajaba una o dos latas de alguna bebida energizante, que en USA se venden como caramelos.
Tenía que aguantar porque esta vez estaba convencido de que no iba a dejar que nadie manejara el auto. Nunca voy a saber si fue lo mejor pero seguro que la decisión que tomé tampoco fue la más divertida.
La ruta que cruza el desierto de Nevada es una de esas carreteras de desierto que tienen rectas de cientos de kilómetros y que no las transita mucha gente. Se puede ir rápido y con tranquilidad porque el tráfico es muy liviano. Pero en realidad no se puede ir tan rápido.
El límite de velocidad es 70 millas por horas, unos 100 Km./h. Pero yo quería ahorrar un poco de tiempo, así que iba a 85 millas, lo cual yo creía bastante inofensivo.
Después de ver manejar gente en la Patagonia a 160 Km./h., esto no me parecía nada descabellado. Me pusieron una multa de 215 dólares por ir 15 millas por hora más rápido de lo que correspondía.
Por supuesto el resto del viaje no pasé de las 70. Y la ruta debe haber sido un poco más larga porque igual tardamos como diez horas. Pero ahora yo venía con dos días seguidos sin dormir. La noche estaba cerrada y ahora sí que no había absolutamente nadie en la ruta.
Empecé a sentir que el sueño me vencía como 100 Km. antes de llegar. Me trataba de acomodar y levantar la espalda para estar un poco más despierto. Lo único que me mantenía con los ojos medianamente abiertos era el miedo a quedarme dormido y tener un accidente realmente serio.
Había una tensión horrible en el aire porque yo sentía que Lucía se daba cuenta que me estaba quedando dormido y lo único que podía hacer era hablarme y yo tratar de seguirle la conversación.
Manejamos bastante así hasta que tomamos la decisión unánime de parar y dormir un poco porque ya era peligroso. Así que así lo hicimos pero no queríamos dormir mucho porque a la mañana siguiente yo tenía que estar arriba otra vez a las seis para volver a trabajar. Así que decidimos dormir una horita.
Sonó el teléfono avisando que había que salir otra vez. Automáticamente lo apagué, me senté al volante y arranqué… no tenía idea de donde estaba, para donde iba o qué estaba haciendo.
Tenía las manos en el volante y miraba para afuera y veía que la ruta se movía para los costados y no entendía muy bien qué pasaba. Todavía estaba dormido. Como cuando alguien despierta a otra persona y esa persona responde cosas completamente coherentes y después no tiene recolección de lo que pasó.
Yo estaba funcionando completamente en automático. Pero algo estaba despierto en mí, algo que me decía que tuviera miedo pero no sabía de qué. Estaba seguro que estaba relacionado con lo que estaba haciendo. Nunca tuve esa sensación en mi vida y espero no volver a tenerla.
Maneje diez minutos así cuando tomé la única decisión acertada. Frené en la banquina, me bajé del auto y me quedé parado en el frío hasta estar bien despierto.
Cuando volví al auto, me sentía mejor y por lo menos sabía en qué dirección tenía que ir.
Todos estábamos un poco más tranquilos después de haber descansado un poco pero a mí me hacían falta por lo menos seis horas de sueño para recuperar las energías. No pasó mucho tiempo hasta que empecé a sentir que me dormía otra vez. Pero ahora estábamos mucho más cerca y no quería parar. Quería llegar a casa y dormir en serio.
En un momento prendimos la radio que ahora captaba algo y pusimos un poco de música. Algo para hacer ruido, para mantenernos con la atención fija en algo. Pero surtió el efecto contrario.
El tema que pasaban en la radio era ese de Bryan Adams, el de la película de Robin Hood. En cuanto lo escuché me acordé del film y empecé a pensar en eso. Pero tan profundamente que me quedé dormido y empecé a soñar con eso.
Dos segundos después sentí un codazo fuerte en el brazo y cuando levanté la vista íbamos derecho a una columna en la banquina. Di un volantazo rápido y volvimos al camino.
Los nervios me comían el cerebro y ahora sí me sentía alerta. Por lo menos tenía la certeza de que no me iba a quedar dormido en el corto plazo.
Seguimos manejando y el camino no terminaba más. Los últimos 40 minutos de viaje fueron los peores. Después de todo lo que habíamos pasado y habiendo estado tan cerca de accidentarnos, lo único que queríamos era que terminara.
Finalmente llegamos y pudimos ir a dormir. Y otra vez tuve que agradecer a esa cuota de suerte que nos salvó las papas un par de veces.
Después de eso no vivimos mucho tiempo más allá como para necesitar otro viaje para descomprimir. Lo mejor que pudimos hacer fue volver a casa, a la Argentina, antes de que cometiéramos otra estupidez.
Y la verdad es que viajé bastante. Tuve la suerte de tener padres que me llevaron a recorrer una cuarta parte del mundo y me ayudaron a realizar algunas travesías por mí mismo.
Pero un viaje en familia es muy diferente de uno organizado por propia cuenta. El viaje solitario o en compañía de un amigo o una pareja es mucho más excitante, mucho más desafiante. Cada situación de conflicto es un reto al temple personal. Cada toma de decisión puede ser crucial. En fin, hacer los primeros viajes solo es una aventura.
Y como es imaginable, habiendo estado en el exterior más de una vez, es lógico que llevara a un plano internacional mi excelente habilidad para hacer estupideces.
Oxford, en Inglaterra, fue testigo de la “meada de los 100 metros”. Deporte nocturno que me fue enseñado por Esteban, un antiguo compañero de aventuras, que consiste en orinar caminando, intentando cubrir la distancia de una cuadra. Para lograr eso es imperativo beber grandes cantidades de cerveza para provocar un efecto diurético y para esta ebrio, por supuesto.
Ámsterdam, Holanda se convirtió en Barcelona cuando se nos ocurrió, a otro compañero de viajes y a mí, salir a caminar después de probar por primera vez y en una cantidad poco recomendable, hongos alucinógenos. El pavor de esta experiencia es sólo comparable a ser perseguido por bestias feroces y hambrientas en una jungla después de que el guía murió de una manera violenta y desagradable.
Pero esta aventura de 1600 Km. no fue inducida por ninguna sustancia extraña. Tampoco fue el producto de la experimentación. Fue simplemente la urgencia de huir.
Poco antes de empezar a escribir estas crónicas hice un viaje a los Estados Unidos junto a Lucía, mi novia y mi más grande compañera de aventuras, con la intención de vivir allí unos cinco meses y trabajar para hacer unos dólares.
La experiencia fue dolorosa. Es la única forma que se me ocurre para describirla. El dinero fue ínfimo. Las condiciones de trabajo duras. La suerte, ese factor que me suele seguir a todos lados, se había desvanecido. Todo lo que nos podía salir mal, salió peor.
Y finalmente volví antes de los previsto porque seguir un mes más viviendo como lo estaba haciendo habría sido orgullo o estupidez. Y hasta yo tengo un límite para la estupidez.
Durante esos cuatro meses lo único que nos contenía de cortarnos las venas era viajar a otras ciudades y pasear como turistas. Descansar.
Pero viajar también costaba bastante dinero así que no podíamos hacerlo muy seguido. En ese tiempo pudimos visitar Los Ángeles y San Francisco y eso fue todo.
Esos momentos lejos del lugar de trabajo y la casa pavorosa en la que vivíamos nos recargaba el espíritu y podíamos aguantar unas semanas más de sufrimiento.
Unas semanas antes de que Lucía se volviera a la patria quisimos hacer un último paseo por el área por la que vivíamos. Nada de viajar lejos ni gastar mucha plata. La idea era ir a hacer compras a Reno durante la noche y pasear alrededor de Lake Tahoe a la mañana siguiente y volver a casa.
Para eso alquilamos un auto durante 24 hs. Nos fuimos a Reno, no compramos nada y estábamos listos para emprender la vuelta a casa.
Durante nuestras conversaciones, a modo de broma siempre surgía el tema de irnos a cualquier lado sin decirle a nadie y no volver al trabajo. Era la única forma de sublimar ese deseo que obviamente no íbamos a concretar.
Eran algo así de las nueve y media de la noche y en forma de broma le dije a mi chica: “¿Y si vamos a Las Vegas?”
Las Vegas era uno de los destinos al que habíamos querido ir pero no habíamos podido por falta de tiempo y dinero. Sabíamos que era relativamente lejos y que la ciudad merecía pasar una noche para ver algún show en algún casino, jugar un poco a la ruleta y nada más.
Siguiéndome la broma ella me contestó: “Y dale”. Y por un segundo nos miramos y la decisión ya estaba tomada. Fuimos a cargar combustible y estábamos listos para escaparnos aunque sea una noche a la ciudad del pecado.
Pero la travesía no pudo empezar inmediatamente porque sonó un teléfono. Ella contestó y era un amigo que también había querido ir a Las Vegas y no había podido, Julián.
Ya que estábamos, le propusimos ir. Pero para buscarlo a él había que conducir como 50 km. en sentido contrario porque él todavía estaba en el pueblo. Aun así lo hicimos y ahora era mucho más tarde y estábamos más lejos.
En conversaciones posteriores de pareja ambos confesamos que cuando llegamos al pueblo a recoger al muchacho este ya estábamos reconsiderando la idea del viaje express. Pero yo creo que la estupidez es contagiosa y le estoy haciendo mal a esta chica.
Obviamente partimos como a las once, creyendo muy ingenuamente que podíamos llegar a destino a eso de las seis de la mañana, como muy tarde. Por ahí la noche estaría perdida en su mayor parte pero algo esperábamos encontrar.
Teníamos un mapita recién comprado en una estación de servicio y el camino más atractivo marcado. El más atractivo, no el más práctico. Además de noche el camino puede ser muy lindo pero no se veía un carajo así que yo hubiera preferido una autopista a una rutita de cuatro metros de ancho con una curva cada diez metros y una loma cada quince.
Fue el viaje más largo de mi vida. Eran unas 500 millas, algo así como 800 kilómetros. Llegamos a Las Vegas a las nueve de la mañana. Lo único que quería hacer era dormir.
Durante la noche estuvimos cerca de quedarnos sin nafta en el medio del desierto. A las siete de la mañana cuando yo no podía más (el día anterior me había levantado a las seis) lo dejé manejar un rato a Julián y de los nervios por el miedo de que pasara algo no había podido descansar nada.
Encontramos un lugar para estacionar y fuimos a caminar por la ciudad. Es una linda ciudad. Nada de mucho glamour. No es Roma o Barcelona pero tenía algo pintoresco.
Pero ese no era el momento de pasear. Era el momento de dormir. Era difícil disfrutar de un lugar con la modorra que teníamos. Toda la idea de relajarnos y olvidarnos de las preocupaciones se había esfumado.
Dimos una vuelta durante dos o tres horas y ya teníamos que volver. Si el viaje nos había tomado diez horas para ir, podíamos esperar una odisea similar para la vuelta.
Así que arrancamos un poco pasado el mediodía. Salir a la ruta ya era frustrante, ahora sabiendo el camino interminable que había por delante. Lo único que me reconfortaba un poco era la idea de que ahora volvíamos por una ruta en serio y por ahí podíamos ahorrar un par de horas. Qué imaginación que tengo y qué iluso que fui.
Para asegurarnos que llegáramos despiertos cuando comíamos me bajaba una o dos latas de alguna bebida energizante, que en USA se venden como caramelos.
Tenía que aguantar porque esta vez estaba convencido de que no iba a dejar que nadie manejara el auto. Nunca voy a saber si fue lo mejor pero seguro que la decisión que tomé tampoco fue la más divertida.
La ruta que cruza el desierto de Nevada es una de esas carreteras de desierto que tienen rectas de cientos de kilómetros y que no las transita mucha gente. Se puede ir rápido y con tranquilidad porque el tráfico es muy liviano. Pero en realidad no se puede ir tan rápido.
El límite de velocidad es 70 millas por horas, unos 100 Km./h. Pero yo quería ahorrar un poco de tiempo, así que iba a 85 millas, lo cual yo creía bastante inofensivo.
Después de ver manejar gente en la Patagonia a 160 Km./h., esto no me parecía nada descabellado. Me pusieron una multa de 215 dólares por ir 15 millas por hora más rápido de lo que correspondía.
Por supuesto el resto del viaje no pasé de las 70. Y la ruta debe haber sido un poco más larga porque igual tardamos como diez horas. Pero ahora yo venía con dos días seguidos sin dormir. La noche estaba cerrada y ahora sí que no había absolutamente nadie en la ruta.
Empecé a sentir que el sueño me vencía como 100 Km. antes de llegar. Me trataba de acomodar y levantar la espalda para estar un poco más despierto. Lo único que me mantenía con los ojos medianamente abiertos era el miedo a quedarme dormido y tener un accidente realmente serio.
Había una tensión horrible en el aire porque yo sentía que Lucía se daba cuenta que me estaba quedando dormido y lo único que podía hacer era hablarme y yo tratar de seguirle la conversación.
Manejamos bastante así hasta que tomamos la decisión unánime de parar y dormir un poco porque ya era peligroso. Así que así lo hicimos pero no queríamos dormir mucho porque a la mañana siguiente yo tenía que estar arriba otra vez a las seis para volver a trabajar. Así que decidimos dormir una horita.
Sonó el teléfono avisando que había que salir otra vez. Automáticamente lo apagué, me senté al volante y arranqué… no tenía idea de donde estaba, para donde iba o qué estaba haciendo.
Tenía las manos en el volante y miraba para afuera y veía que la ruta se movía para los costados y no entendía muy bien qué pasaba. Todavía estaba dormido. Como cuando alguien despierta a otra persona y esa persona responde cosas completamente coherentes y después no tiene recolección de lo que pasó.
Yo estaba funcionando completamente en automático. Pero algo estaba despierto en mí, algo que me decía que tuviera miedo pero no sabía de qué. Estaba seguro que estaba relacionado con lo que estaba haciendo. Nunca tuve esa sensación en mi vida y espero no volver a tenerla.
Maneje diez minutos así cuando tomé la única decisión acertada. Frené en la banquina, me bajé del auto y me quedé parado en el frío hasta estar bien despierto.
Cuando volví al auto, me sentía mejor y por lo menos sabía en qué dirección tenía que ir.
Todos estábamos un poco más tranquilos después de haber descansado un poco pero a mí me hacían falta por lo menos seis horas de sueño para recuperar las energías. No pasó mucho tiempo hasta que empecé a sentir que me dormía otra vez. Pero ahora estábamos mucho más cerca y no quería parar. Quería llegar a casa y dormir en serio.
En un momento prendimos la radio que ahora captaba algo y pusimos un poco de música. Algo para hacer ruido, para mantenernos con la atención fija en algo. Pero surtió el efecto contrario.
El tema que pasaban en la radio era ese de Bryan Adams, el de la película de Robin Hood. En cuanto lo escuché me acordé del film y empecé a pensar en eso. Pero tan profundamente que me quedé dormido y empecé a soñar con eso.
Dos segundos después sentí un codazo fuerte en el brazo y cuando levanté la vista íbamos derecho a una columna en la banquina. Di un volantazo rápido y volvimos al camino.
Los nervios me comían el cerebro y ahora sí me sentía alerta. Por lo menos tenía la certeza de que no me iba a quedar dormido en el corto plazo.
Seguimos manejando y el camino no terminaba más. Los últimos 40 minutos de viaje fueron los peores. Después de todo lo que habíamos pasado y habiendo estado tan cerca de accidentarnos, lo único que queríamos era que terminara.
Finalmente llegamos y pudimos ir a dormir. Y otra vez tuve que agradecer a esa cuota de suerte que nos salvó las papas un par de veces.
Después de eso no vivimos mucho tiempo más allá como para necesitar otro viaje para descomprimir. Lo mejor que pudimos hacer fue volver a casa, a la Argentina, antes de que cometiéramos otra estupidez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario