Sucedió que el último año en el que fui al secundario la fortuna me sonrió y lo que todo adolescente quiere en algún punto de su vida me pasó: mis padres se fueron durante una semana entera dejándome a cargo de la casa.
En esa época ellos debían pensar que yo estaba lo suficientemente grande como para hacerme responsable del hogar. Nada más alejado de la realidad.
Reconozco que existen miles de personas que, llegados los 18 años, pueden ser tratados como perfectos adultos. Pero la realidad es que yo siempre me caractericé por ser bastante inmaduro. La verdad no sé si inmaduro es la palabra más adecuada pero lo que es seguro es que no tuviera los pies exactamente sobre la tierra.
Sebastián, mi mejor amigo, se mudó conmigo durante esos días. Nuestros planes para esa semana no incluían quemar la casa o destruir todos los objetos de valor o que mi perra bajara 5 kilos. De hecho nuestra meta era que nada de eso sucediera durante todas las fiesta que teníamos ganas de organizar.
No creo que sea una tarea fácil pero no puedo decir que haya tenido que pasar por la experiencia. Es decir, no llegamos a organizar ese tipo de eventos.
A decir verdad mi imaginación había visualizado imágenes como las de esas películas yankis de adolescentes con la casa llena de mujeres hermosas y alcoholizadas, y la música que se escucha desde la esquina.
Debo decir que después de reflexionar levemente sobre el tema llegué a la conclusión de que hacer una fiesta de esa magnitud, con tanto alcohol, tanto ruido y tanta gente debe ser carísimo y la logística debe ser complicadísima. Muy por encima del presupuesto que maneja un adolescente vago que nunca trabajó.
Además otro aspecto completamente irreal de esas películas es que en una secundaria nunca se va a encontrar mujeres tan lindas, tan fáciles y tan desenfrenadas, todo al mismo tiempo.
Pero a pesar de que mis sueños de organizar una mega fiesta de 200 personas no se concretaron, siempre había una pequeña reunión con amigos y amigas, y de vez en cuando podíamos presenciar algún exceso digno de contar a la mañana siguiente. Todo en su justa medida.
En esta época me empecé a dar cuenta de que soy un tipo bastante medido. Me gusta equilibrar las cosas. Así que durante la mañana dormía pacíficamente para no poner a nadie en riesgo y durante la noche manejaba en estado de ebriedad convirtiéndome en un peligro para todos los que me rodeaban.
Fue una semana completamente atípica. A la escuela fui el miércoles y ni siquiera entré. Todas las noches había algún tipo de reunión o de actividad que requería poner en funcionamiento mis talentos etílicos y los de mis compañeros de aventuras. No hicimos nada que realmente valiera la pena y estábamos completamente orgullosos de nuestra holgazanería.
Así que al cabo de los primeros seis días de esa semana que en esa época considerábamos gloriosa, la casa estaba en pie, mi perra viva y los autos de mis padres en una pieza. Lo habíamos logrado. Habíamos pasado una semana de vagancia y de fiestas y no habíamos roto nada ni requerido la presencia de la policía ni molestado a ningún vecino. Ese sábado era imperativo festejar nuestra hazaña.
Por supuesto durante ese período habíamos hecho una que otra cosa levemente riesgosa y no había pasado nada. Y lo sensato indicaba que esa noche teníamos que quedarnos en casa, tranquilos y dormir.
Es como cuando uno va al casino: apuesta y gana; entonces apuesta otra vez y vuelve a ganar; y apuesta otra vez y gana de nuevo. Este es el momento adecuado para retirarse con las ganancias. Porque la ley de las probabilidades decía que esta noche era la adecuada para que yo me mandara una soberana cagada. Y la verdad que yo ya no jodo más con la ley de probabilidades.
El caso es que en esa velada planeábamos hacer algo tranquilo: reunión con amigos, tomar unos tragos, jugar un truco. Sencillo.
La noche empezó tranquilamente con la compañía adecuada, que lamentablemente se fue antes de lo que mi colega y yo hubiéramos querido, pero no había problema porque más tarde llegaba el resto de la tropa y podíamos compensar la falta de compañía femenina con un buen juego de cartas y unos tragos.
La muchachada llegó. Daniel, Matías y Félix, también tres grandes compañeros de aventuras. La noche se devino como correspondía. Un trago por aquí, uno por allá y no mucho más que contar.
Pero el transcurrir de la soire fue más calmo de lo que esperábamos. O por ahí no pretendíamos que el consumo de alcohol nos pusiera tan eufóricos. En resumidas cuentas, una noche tranquila en casa ya no nos iba a satisfacer.
El plan se modificó para salir a buscar algo de diversión fuera de la casa, lo cual fue probablemente el primer error de la noche. Pero antes de salir había que aprovisionarse y lo único que había a la mano era un vino de cartón de marca algo así como Arizú. Uno de esos brebajes que pueden resultar peligrosamente tóxicos si se ingiere más de lo recomendado por el mecánico para aflojar un tornillo. Ese fue muy probablemente el segundo error de la noche.
Salir a pasear por Ushuaia un sábado a las tres de la mañana no es realmente divertido. Sobre todo si no hay plata para entrar a algún lugar. No hay gente en la calle. Es aburrido.
Pero a finales de la primavera el clima ya es propicio para ir al campo y hacer uno que otro camping. En realidad es una actividad que muchos jóvenes desarrollan por la sensación de libertad que proporciona. Es el lugar más apto y con menos control para consumir sustancias no permitidas.
Y como nosotros queríamos ver gente y teníamos la certeza de que íbamos a encontrar mucha gente en el campo, hacia allí nos dirigimos. Y esto constituyó el tercer error de la noche.
Para los que no conocen en detalle la geografía del sur argentino, el Parque Nacional La Pataia queda a unos 20 km. del centro de la ciudad. Es una ruta de tierra, algo angosta y bastante sinuosa pero con un paisaje precioso.
Cuando alcanzamos este camino nuestro estado ya no era el más apropiado para conducir. La música resonaba con mucho volumen en el compartimiento del vehículo y veníamos hablando a los gritos y sin fijarnos en la velocidad.
Hay un punto de la ruta donde hay una curva a noventa grados. Enseguida hay una contracurva también a noventa grados. A la derecha del camino se alza un monte bastante alto. A la izquierda hay un barranco bastante profundo.
Es un lugar por el que hay que circular con precaución. La zona de riesgo está perfectamente señalizada y existen advertencias. De hecho, yo conocía esa curva en particular por haber manejado por esa zona en el pasado. Pero con las facultades sensoriales notablemente disminuidas era una historia completamente diferente.
Para resumir, la primera curva, que era a noventa grados, la tomé como si hubiera sido una recta a 80 km/h. Yo doble, pero con los reflejos de un koala.
Lo siguiente no me había pasado nunca en la vida. La camioneta, que por supuesto no estaba virando en el ángulo que el camino lo exigía, se salió de la ruta y se subió con las cuatro ruedas sobre la ladera de la montaña.
Puedo decir, sin miedo a exagerar, que estábamos desplazándonos completamente de costado. La ventana del conductor estaba paralela al suelo de la ruta. Tuve una décima de segundo para mirar por la ventana y ver la tierra que pasaba a un metro de distancia.
Sentí cómo Sebastián, que iba de acompañante, caía sentado sobre mi pierna derecha (no estábamos usando cinturón de seguridad) y en la desesperación tomaba el volante. Además en esos dos segundos que habían pasado desde que nos habíamos despegado del suelo vimos como nos encaminábamos directamente a una roca del tamaño de un escritorio.
Pero la sensación más vívida, lo que me quedó más grabado y nunca me voy a olvidar, es la frescura de un fino hilo de vino de cartón que me corría por la espalda.
Uno de mis colegas del asiento trasero, Félix, en un intento por asirse de algo firme pero a la vez de conservar la integridad del brebaje maligno, apretaba todo el envase contra el asiento en el que yo estaba sentado y el líquido tinto me corría por la espalda.
Cinco segundos habían pasado desde la separación del suelo firme. Un instante de lucidez activó nuestros reflejos y las cuatro manos que se apoyaban en el volante dieron un giro brusco para que volvamos de un salto al camino. Otro giro igualmente brusco evitó que nos fuéramos barranca abajo. Todo quedó quieto unos segundos.
Lo primero que pregunté fue si todos estaban bien. La respuesta fue positiva. Lo segundo que quería confirmar era que la camioneta estaba en una pieza.
Ver los árboles y las ramas que se desprendían de la ladera del monte me dieron una idea de lo que iba a ver cuando me bajara. Abrimos las puertas, salimos y milagrosamente la chapa estaba en perfectas condiciones. No había ninguna avería que fuera a costar dinero. Lo que sí había ocurrido es que la cubierta que recibió todo el impacto del retorno a la carretera se había salido de la llanta pero ni siquiera estaba rota.
Estábamos vivos y la camioneta entera. Una cubierta desinflada era un problema menor. Una vez más no podía creer mi suerte.
Creo que en treinta segundos todos habíamos metabolizado el alcohol que nos quedaba para tirar un par de horas más. Así que despiertos como estábamos le dije a los muchachos que cambiáramos el neumático.
Fuimos a buscar la rueda de auxilio y estaba completamente desinflada. Ni siquiera podíamos cambiarla para volver despacio porque la camioneta había quedado sobre una canaleta y era imposible levantarla con el gato pedorro que tenía en el baúl. La camioneta no se iba a mover de ahí.
Lo único que podíamos hacer era esperar que pasara alguien que nos ofreciera ayuda… a las cinco de la mañana, en el medio del campo.
Empezamos a caminar en la dirección en la que íbamos. Y caminamos un rato hasta que finalmente pasó alguien. Obviamente frenó porque nuestro cuadro no era usual: cuatro tipos desabrigados caminando por una ruta a por lo menos cinco kilómetros de cualquier cosa que pareciera civilización.
El auto paró pero estaba lleno de gente y de cosas. Había lugar para uno nada más. Así que le dije a mi tropa que volviera a hacer guardia a la camioneta mientras yo buscaba una forma de resolverlo. Me subí al auto y enfilé de vuelta para la ciudad.
Fui hasta mi casa y busqué el auto de mi viejo. Ya sé lo que están pensando: “Casi destroza la camioneta y ahora quiere hacer pelota el auto”. Pero no. Ahora estaba muy en mis cabales y sabía lo que hacía… bah, ¿que se yo?
Mi papá, tipo previsor si los hay, me había dejado toda la documentación necesaria en caso de que tuviera un percance con algún automóvil. No creo que hubiera pensado particularmente en algo como esto pero funcionó.
Fui derecho al ACA. Hablé con la gente y les expliqué lo que había pasado. Un par de tipos se subieron en un camioncito y nos fuimos todos al lugar del incidente.
Cuando llegué, mis compañeros de aventuras, lejos de estar haciendo guardia, estaban completamente desmayados en los asientos.
Ya debían ser como las siete de la mañana y yo todavía estaba nervioso. Los muchachos hicieron lo suyo. Cargaron la camioneta y la descargaron frente a mi casa sin más complicaciones. Yo repartí a mis colegas en sus respectivos hogares y volví al mío donde todavía no podía dormir.
Cuando se abrían las puertas de la camioneta salía un vaho revulsivo que provenía del vino que se había caído en todos los asientos, y recuerdo unas pequeñas gotas violeta pegadas en la parte superior del parabrisas y en la luz de la cabina. Era obvio que algo había pasado ahí. Y más por una cuestión de respeto que otra cosa, tenía que tratar de limpiarlo.
Me tomó un rato. Ese día no me acosté hasta las ocho u ocho y media. La camioneta quedó limpia y oliendo bien. Había borrado las huellas de mi horrible crimen.
Cinco segundos de terror basados en la idiotez requieren por lo menos 12 horas de prudencia y sensatez. Así que por lo menos hasta que llegó mi papá decidí quedarme relativamente quieto y en alguna posición en la que no pudiera lastimarme a mí mismo ni a nadie, ni romper nada. Funcionó y cuando mi viejo llegó no había nada que estuviera fuera de lugar.
Nunca me sentí orgulloso de no confesar lo que había pasado pero en esa época era impensable por las consecuencias que habría tenido. Y hoy en día no creo que cause una muy buena impresión en mis viejos decir una cosa así. Pero bueno, papá, si estas leyendo, perdoná, a veces soy un estúpido.
En esa época ellos debían pensar que yo estaba lo suficientemente grande como para hacerme responsable del hogar. Nada más alejado de la realidad.
Reconozco que existen miles de personas que, llegados los 18 años, pueden ser tratados como perfectos adultos. Pero la realidad es que yo siempre me caractericé por ser bastante inmaduro. La verdad no sé si inmaduro es la palabra más adecuada pero lo que es seguro es que no tuviera los pies exactamente sobre la tierra.
Sebastián, mi mejor amigo, se mudó conmigo durante esos días. Nuestros planes para esa semana no incluían quemar la casa o destruir todos los objetos de valor o que mi perra bajara 5 kilos. De hecho nuestra meta era que nada de eso sucediera durante todas las fiesta que teníamos ganas de organizar.
No creo que sea una tarea fácil pero no puedo decir que haya tenido que pasar por la experiencia. Es decir, no llegamos a organizar ese tipo de eventos.
A decir verdad mi imaginación había visualizado imágenes como las de esas películas yankis de adolescentes con la casa llena de mujeres hermosas y alcoholizadas, y la música que se escucha desde la esquina.
Debo decir que después de reflexionar levemente sobre el tema llegué a la conclusión de que hacer una fiesta de esa magnitud, con tanto alcohol, tanto ruido y tanta gente debe ser carísimo y la logística debe ser complicadísima. Muy por encima del presupuesto que maneja un adolescente vago que nunca trabajó.
Además otro aspecto completamente irreal de esas películas es que en una secundaria nunca se va a encontrar mujeres tan lindas, tan fáciles y tan desenfrenadas, todo al mismo tiempo.
Pero a pesar de que mis sueños de organizar una mega fiesta de 200 personas no se concretaron, siempre había una pequeña reunión con amigos y amigas, y de vez en cuando podíamos presenciar algún exceso digno de contar a la mañana siguiente. Todo en su justa medida.
En esta época me empecé a dar cuenta de que soy un tipo bastante medido. Me gusta equilibrar las cosas. Así que durante la mañana dormía pacíficamente para no poner a nadie en riesgo y durante la noche manejaba en estado de ebriedad convirtiéndome en un peligro para todos los que me rodeaban.
Fue una semana completamente atípica. A la escuela fui el miércoles y ni siquiera entré. Todas las noches había algún tipo de reunión o de actividad que requería poner en funcionamiento mis talentos etílicos y los de mis compañeros de aventuras. No hicimos nada que realmente valiera la pena y estábamos completamente orgullosos de nuestra holgazanería.
Así que al cabo de los primeros seis días de esa semana que en esa época considerábamos gloriosa, la casa estaba en pie, mi perra viva y los autos de mis padres en una pieza. Lo habíamos logrado. Habíamos pasado una semana de vagancia y de fiestas y no habíamos roto nada ni requerido la presencia de la policía ni molestado a ningún vecino. Ese sábado era imperativo festejar nuestra hazaña.
Por supuesto durante ese período habíamos hecho una que otra cosa levemente riesgosa y no había pasado nada. Y lo sensato indicaba que esa noche teníamos que quedarnos en casa, tranquilos y dormir.
Es como cuando uno va al casino: apuesta y gana; entonces apuesta otra vez y vuelve a ganar; y apuesta otra vez y gana de nuevo. Este es el momento adecuado para retirarse con las ganancias. Porque la ley de las probabilidades decía que esta noche era la adecuada para que yo me mandara una soberana cagada. Y la verdad que yo ya no jodo más con la ley de probabilidades.
El caso es que en esa velada planeábamos hacer algo tranquilo: reunión con amigos, tomar unos tragos, jugar un truco. Sencillo.
La noche empezó tranquilamente con la compañía adecuada, que lamentablemente se fue antes de lo que mi colega y yo hubiéramos querido, pero no había problema porque más tarde llegaba el resto de la tropa y podíamos compensar la falta de compañía femenina con un buen juego de cartas y unos tragos.
La muchachada llegó. Daniel, Matías y Félix, también tres grandes compañeros de aventuras. La noche se devino como correspondía. Un trago por aquí, uno por allá y no mucho más que contar.
Pero el transcurrir de la soire fue más calmo de lo que esperábamos. O por ahí no pretendíamos que el consumo de alcohol nos pusiera tan eufóricos. En resumidas cuentas, una noche tranquila en casa ya no nos iba a satisfacer.
El plan se modificó para salir a buscar algo de diversión fuera de la casa, lo cual fue probablemente el primer error de la noche. Pero antes de salir había que aprovisionarse y lo único que había a la mano era un vino de cartón de marca algo así como Arizú. Uno de esos brebajes que pueden resultar peligrosamente tóxicos si se ingiere más de lo recomendado por el mecánico para aflojar un tornillo. Ese fue muy probablemente el segundo error de la noche.
Salir a pasear por Ushuaia un sábado a las tres de la mañana no es realmente divertido. Sobre todo si no hay plata para entrar a algún lugar. No hay gente en la calle. Es aburrido.
Pero a finales de la primavera el clima ya es propicio para ir al campo y hacer uno que otro camping. En realidad es una actividad que muchos jóvenes desarrollan por la sensación de libertad que proporciona. Es el lugar más apto y con menos control para consumir sustancias no permitidas.
Y como nosotros queríamos ver gente y teníamos la certeza de que íbamos a encontrar mucha gente en el campo, hacia allí nos dirigimos. Y esto constituyó el tercer error de la noche.
Para los que no conocen en detalle la geografía del sur argentino, el Parque Nacional La Pataia queda a unos 20 km. del centro de la ciudad. Es una ruta de tierra, algo angosta y bastante sinuosa pero con un paisaje precioso.
Cuando alcanzamos este camino nuestro estado ya no era el más apropiado para conducir. La música resonaba con mucho volumen en el compartimiento del vehículo y veníamos hablando a los gritos y sin fijarnos en la velocidad.
Hay un punto de la ruta donde hay una curva a noventa grados. Enseguida hay una contracurva también a noventa grados. A la derecha del camino se alza un monte bastante alto. A la izquierda hay un barranco bastante profundo.
Es un lugar por el que hay que circular con precaución. La zona de riesgo está perfectamente señalizada y existen advertencias. De hecho, yo conocía esa curva en particular por haber manejado por esa zona en el pasado. Pero con las facultades sensoriales notablemente disminuidas era una historia completamente diferente.
Para resumir, la primera curva, que era a noventa grados, la tomé como si hubiera sido una recta a 80 km/h. Yo doble, pero con los reflejos de un koala.
Lo siguiente no me había pasado nunca en la vida. La camioneta, que por supuesto no estaba virando en el ángulo que el camino lo exigía, se salió de la ruta y se subió con las cuatro ruedas sobre la ladera de la montaña.
Puedo decir, sin miedo a exagerar, que estábamos desplazándonos completamente de costado. La ventana del conductor estaba paralela al suelo de la ruta. Tuve una décima de segundo para mirar por la ventana y ver la tierra que pasaba a un metro de distancia.
Sentí cómo Sebastián, que iba de acompañante, caía sentado sobre mi pierna derecha (no estábamos usando cinturón de seguridad) y en la desesperación tomaba el volante. Además en esos dos segundos que habían pasado desde que nos habíamos despegado del suelo vimos como nos encaminábamos directamente a una roca del tamaño de un escritorio.
Pero la sensación más vívida, lo que me quedó más grabado y nunca me voy a olvidar, es la frescura de un fino hilo de vino de cartón que me corría por la espalda.
Uno de mis colegas del asiento trasero, Félix, en un intento por asirse de algo firme pero a la vez de conservar la integridad del brebaje maligno, apretaba todo el envase contra el asiento en el que yo estaba sentado y el líquido tinto me corría por la espalda.
Cinco segundos habían pasado desde la separación del suelo firme. Un instante de lucidez activó nuestros reflejos y las cuatro manos que se apoyaban en el volante dieron un giro brusco para que volvamos de un salto al camino. Otro giro igualmente brusco evitó que nos fuéramos barranca abajo. Todo quedó quieto unos segundos.
Lo primero que pregunté fue si todos estaban bien. La respuesta fue positiva. Lo segundo que quería confirmar era que la camioneta estaba en una pieza.
Ver los árboles y las ramas que se desprendían de la ladera del monte me dieron una idea de lo que iba a ver cuando me bajara. Abrimos las puertas, salimos y milagrosamente la chapa estaba en perfectas condiciones. No había ninguna avería que fuera a costar dinero. Lo que sí había ocurrido es que la cubierta que recibió todo el impacto del retorno a la carretera se había salido de la llanta pero ni siquiera estaba rota.
Estábamos vivos y la camioneta entera. Una cubierta desinflada era un problema menor. Una vez más no podía creer mi suerte.
Creo que en treinta segundos todos habíamos metabolizado el alcohol que nos quedaba para tirar un par de horas más. Así que despiertos como estábamos le dije a los muchachos que cambiáramos el neumático.
Fuimos a buscar la rueda de auxilio y estaba completamente desinflada. Ni siquiera podíamos cambiarla para volver despacio porque la camioneta había quedado sobre una canaleta y era imposible levantarla con el gato pedorro que tenía en el baúl. La camioneta no se iba a mover de ahí.
Lo único que podíamos hacer era esperar que pasara alguien que nos ofreciera ayuda… a las cinco de la mañana, en el medio del campo.
Empezamos a caminar en la dirección en la que íbamos. Y caminamos un rato hasta que finalmente pasó alguien. Obviamente frenó porque nuestro cuadro no era usual: cuatro tipos desabrigados caminando por una ruta a por lo menos cinco kilómetros de cualquier cosa que pareciera civilización.
El auto paró pero estaba lleno de gente y de cosas. Había lugar para uno nada más. Así que le dije a mi tropa que volviera a hacer guardia a la camioneta mientras yo buscaba una forma de resolverlo. Me subí al auto y enfilé de vuelta para la ciudad.
Fui hasta mi casa y busqué el auto de mi viejo. Ya sé lo que están pensando: “Casi destroza la camioneta y ahora quiere hacer pelota el auto”. Pero no. Ahora estaba muy en mis cabales y sabía lo que hacía… bah, ¿que se yo?
Mi papá, tipo previsor si los hay, me había dejado toda la documentación necesaria en caso de que tuviera un percance con algún automóvil. No creo que hubiera pensado particularmente en algo como esto pero funcionó.
Fui derecho al ACA. Hablé con la gente y les expliqué lo que había pasado. Un par de tipos se subieron en un camioncito y nos fuimos todos al lugar del incidente.
Cuando llegué, mis compañeros de aventuras, lejos de estar haciendo guardia, estaban completamente desmayados en los asientos.
Ya debían ser como las siete de la mañana y yo todavía estaba nervioso. Los muchachos hicieron lo suyo. Cargaron la camioneta y la descargaron frente a mi casa sin más complicaciones. Yo repartí a mis colegas en sus respectivos hogares y volví al mío donde todavía no podía dormir.
Cuando se abrían las puertas de la camioneta salía un vaho revulsivo que provenía del vino que se había caído en todos los asientos, y recuerdo unas pequeñas gotas violeta pegadas en la parte superior del parabrisas y en la luz de la cabina. Era obvio que algo había pasado ahí. Y más por una cuestión de respeto que otra cosa, tenía que tratar de limpiarlo.
Me tomó un rato. Ese día no me acosté hasta las ocho u ocho y media. La camioneta quedó limpia y oliendo bien. Había borrado las huellas de mi horrible crimen.
Cinco segundos de terror basados en la idiotez requieren por lo menos 12 horas de prudencia y sensatez. Así que por lo menos hasta que llegó mi papá decidí quedarme relativamente quieto y en alguna posición en la que no pudiera lastimarme a mí mismo ni a nadie, ni romper nada. Funcionó y cuando mi viejo llegó no había nada que estuviera fuera de lugar.
Nunca me sentí orgulloso de no confesar lo que había pasado pero en esa época era impensable por las consecuencias que habría tenido. Y hoy en día no creo que cause una muy buena impresión en mis viejos decir una cosa así. Pero bueno, papá, si estas leyendo, perdoná, a veces soy un estúpido.
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