Puesto número uno: Lo más estúpido que hice en mi vida

Después de leer esto se puede llegar a la conclusión de que no soy una persona que aprende de sus errores. Sin embargo esta historia no es exactamente como el puesto número cuatro, es mucho peor.

Los errores están elevados a la décima potencia y las decisiones que tomé son claramente más erradas que la última vez. En esta oportunidad hice uso excesivo de mis sobrenaturales facultades de estupidez y tenté a la suerte hasta un punto en el que creo que llegó a su límite. De hecho creo que agoté mi cuota de suerte por lo menos hasta 2019. Ahora tengo que andar con cuidado.

Todo empezó cuando dos de mis más grandes compañeras de aventuras, Belén y Jackie, me propusieron ir a una fiesta que se organizaba en un boliche de San Telmo. Estas son de esas personas que siempre tienen ganas de hacer algo para no quedarse encerradas y con las que es muy difícil aburrirse. Así que no dudé en aceptar la propuesta.

La noche empezó en la casa de Belén, donde íbamos a tomar algo antes de salir como para no gastar tanto. Además yo me había ido preparado con algo más por si el alcohol no era suficiente.

Llegué al departamento después de comprar una Seven Up y ellas ya estaban listas con una botella de vodka y varias latas de Speed.

Honestamente el vodka era horrible. No sé si se lo dije a ellas alguna vez pero realmente tenía feo sabor. Reconozco que a mí el vodka no me enloquece, de hecho no me gusta pero este era particularmente feo. Pero como el asunto no pasaba tanto por si era rico o de marca lo tomé sin quejarme. Y tomamos por lo menos dos tragos largos cada uno antes de salir.

Nos subimos al taxi con la cabeza despejada. En un estado óptimo. Yo estaba bien y no hacía falta más para pasarla bien esa noche. Pero como con el alcohol los límites se diluyen un poco yo seguí tomando el resto de la velada.

La fiesta estaba muy buena. Había bastante gente y la última vez que había estado ahí la había pasado muy bien. Los tragos no eran caros y como los tres estábamos con bastante plata la noche se prometía con excesos.

Después de un par de horas de bailar y tomar yo sentía que faltaba algo. Así que las busqué a mis amigas y les dije que fuéramos arriba a fumar. Este fue el primer error de la noche. No sé si el peor y la verdad que no estoy seguro de que uno sea peor que otro. Además, como dije, no aprendo de mis errores.

Ya había mezclado mucho en el pasado y los resultados habían sido bastante ilustrativos de por qué no hay que hacer eso.

Después de la pequeña sesión en el piso de arriba, a la que se sumó alguna gente que yo no conocía, volvimos a la pista y seguimos con lo mismo. Pero ahora cada uno estaba bastante aislado del resto y en un momento no las vi más a mis colegas.

Estaba un poco cansado así que me apoyé contra una pared a descansar y vi a una chica que me llamó la atención y empecé a hablarle. La mina no parecía muy interesada así que empecé a planear como irme a la mierda sin quedar como un tarado cuando de repente ella me dijo que tenía novio.

En esa época yo estaba solo y buscando a alguna chica que quisiera compartir algo más que una noche conmigo así que el comentario me produjo una sensación rara, que supongo habrá sido producto de mi estado ligeramente más sensible al usual.

Me pareció tan noble que la chica me dijera que estaba de novia y que no quería meterle los cuernos a la pareja (que creo que me dijo que se había quedado durmiendo) que tuve que decírselo.

Le dije que me parecía excelente que estando de novia no se fijara en otros hombres y que pudiera salir a bailar y que su novio le tuviera confianza y que yo quería una relación así y un montón de estupideces más que realmente no me acuerdo.

El asunto es que algo le pasó a esta piba porque se me empezó a acercar demasiado y a decirme cosas cerca de la boca y me ofreció el teléfono y por supuesto lo anoté. Pero la verdad que a esta altura ya estaba un poco confundido. Y realmente tenía ganas de enterarme que tenía esta enferma en la cabeza pero me dieron unas ganas terribles de mear.

Fui rápido al baño y cuando estaba pasando por la puerta me di cuenta de que no estaba muy bien porque me costaba un poco mantener el equilibrio.

Hice lo que tenía que hacer (con algo de dificultad) y me decidí a volver a hablar con la loca esa para ver que se proponía. Estaba saliendo del baño y a punto de subir unos cinco escaloncitos que hacen de entrada a la pista cuando me di cuenta que el entorno se estaba balanceando más de lo usual.

Convencido de que si hacía fuerza iba a poder vencer el mareo, subí los primeros dos escalones y ahí me di cuenta que no iba a poder avanzar más. Me caí de rodillas y después el resto del cuerpo sobre la escalerita. Me sentía como adentro de un auto que se paró y no quiere arrancar.

Veía todo como de dentro de una cajita. Un montón de pies que iban y venían y después empecé a escuchar mucha gente que decía “Uh…” y era lógico que me estaban mirando.

No estuve mucho tiempo tirado ahí porque dos tipos me levantaron de los brazos y me arrastraron hasta afuera y me sentaron en una puerta justo al lado del boliche. Uno de los hombres se quedó un rato conmigo para ver si reaccionaba. Yo a penas podía balbucear algunas cosas. Me proponían tomarme un taxi pero yo prefería quedarme sentado un rato para ver si se me pasaba.

No sé cuanto tiempo me esperó el tipo del boliche pero en un momento me preguntó si podía llamar a alguien. Me acordé de la remisería de mi barrio y como pude le alcancé mi teléfono al chico. Le dije el número que tenía que marcar y mi nombre. Todo esto significaba un esfuerzo monumental porque además estaba haciendo fuerza para no desmayarme ahí donde estaba.

Remises no había así que lo único que podía hacer era esperar, cosa que no me entusiasmaba hacer en el medio de San Telmo a las cuatro de la madrugada. Al rato me quedé solo. Había gente por ahí pero nadie prestándome particular atención.

En eso salió un tipo de la fiesta y se dio cuenta que había un borracho medio dormido en la vereda. Me preguntó si estaba bien y de donde era y me ofreció llevarme a mi casa en su auto. Le dije que era de Avellaneda y se arrepintió. Me ofreció subirme a un taxi pero a mi no me daba mucha confianza porque podía dormirme en el auto y terminar en cualquier lado así que le dije al pibe este que si me llevaba le pagaba, y es que me quedaban 20 pesos en la billetera (que en esa época cubrían el valor de un taxi hasta mi casa) y pretendía darles buen uso.

El tipo se negó rotundamente a llevarme hasta Avellaneda con lo cual me di cuenta de que no era taaaan noble como parecía al principio. De todos modos no se iba porque no quería dejarme tirado en la calle y a mí el tipo no me daba mala espina. Pero el insistía en subirme a un taxi y era obvio que yo no me quería mover de ahí.

Mirando el piso (que es lo que había estado haciendo durante las últimas dos horas) escuché que pasaba un grupo de por lo menos tres chicos a los que mi situación les pareció más bien cómica.

Empezaron a hacer una serie de chistes con respecto a mí y yo empecé a pensar que sería una muy buena idea irme al carajo. Sobre todo porque se habían parado ahí, en vez de seguir caminando. El tipo que se había ofrecido a llevarme también daba la sensación de estar un poco nervioso y resolvió que lo mejor sería subirme al auto sin importar mucho el destino.

Ahora ¿qué hace cualquier persona adulta, mentalmente sana y mínimamente inteligente? Agradece y se queda tranquilo en lugar de subirse al auto de un completo extraño. Y yo también pensé eso pero la verdad que la voz del pibe este me daba mucha confianza y las de los otros tres tipos no me daba la más mínima confianza. Así que me subí al auto.

Los tres individuos de los chistes lo encontraron incluso más gracioso y empezaron a hacer comentarios que me hacían dudar de mi decisión mientras se morían de la risa y las respuestas del chico este eran del tipo: “je… sí, sí”.

Me daba la impresión de que él estaba más asustado que yo. Saqué la cabeza por la ventana cual perrito que se marea en el auto y empecé a ver pasar un montón de lucecitas sin saber a donde mierda estaba yendo.

Lo primero que vi cuando me desperté fue la puerta del auto. Miré el reloj y eran las once de la mañana. Me incorporé y traté de pensar qué había pasado. Había muchísima luz y gente pasando por la calle.

Abrí la puerta y salí. Al principio pensé que estaba en la puerta del boliche así que estaba pensando orientarme para ir a buscar mi colectivo. En eso me di cuenta que me faltaba el celular. Volví al auto y busqué un rato y me acordé que se lo había dado a alguien para llamar y aparentemente no me lo había devuelto o por ahí me lo había dado pero yo no lo puse donde correspondía.

Salí otra vez y mire alrededor. Caminé hasta la esquina y percibí que no estaba en le cuadra del boliche. Ni siquiera estaba cerca. Estaba como al 3000 de la Avenida Independencia así que como a 20 cuadras de donde pasaba mi colectivo. Todavía tenía la plata así que paré el primer taxi que pasó y después el 100.

Llegué a mi casa entero (y sin lesiones por si todavía quedan dudas) pero incrédulo de que me hubiera pasado otra vez lo mismo.

El orgullo destruido por no haber sido capaz de medir las consecuencias otra vez. Enojado por haber desperdiciado otra noche tirado en la calle y convencido de que no me iba a pasar nunca más.

Hasta ahora no volvió a pasar y no tengo ganas de probar si mi suerte puede ir un poquito más lejos. Estoy bastante seguro que llegó a su límite. Pero ahora creo que más que suerte yo siempre tuve un ángel de la guarda y esa noche manejaba un auto gris.

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