Puesto número 5: Le pegué a un ex-comisario

De las cinco cosas más estúpidas que hice en mi vida esta sea probablemente la menos grave. Aún así, sigue siendo grandiosamente estúpida.
Aunque muchos que me conocen vayan a negar esta afirmación, yo creo positi-vamente que soy un pacifista. No me gusta la violencia y no creo que sea el recurso para solucionar las disputas.
Claro que tampoco soy un extremista; considero que cuando ya se habló mucho y ningún diálogo funcionó, una piña bien puesta en la nariz puede resultar muy práctica. Pero en términos generales las peleas son algo que me ponen muy nervioso y trato de evitarlas.
Soy de los que creen que si todos fuéramos levemente más amables con la gente que nos rodea el mundo sería un lugar mejor. Me parece que lo único que hace falta es ser un poquito más agradable y tal vez habría habido un par de guerras menos.
Pero supongo que cuando un tipo anda mal por vaya uno a saber qué razón y un muchacho se cruza inesperadamente por en frente de su auto, es más fácil echarle la culpa de todos los problemas a ese desconocido y pisar un poco el acelerador antes que mover el pie unos larguísimos diez centímetros para frenar y permitir el paso al desconsiderado que se le ocurrió caminar por la calle en vez de andar en auto como una perso-na decente.
Además parece haber una selecta casta de forros que se empeñan en ser cada día un poco más hijos de puta. Son una congregación que se junta por lo menos una vez por semana y planea como hacerle la vida más miserable a los pobres diablos que sufren la desgracia de cruzarse en su camino.
Esta historia cuenta como llegué a conocer a un notable miembro de este club, que se esforzaba por difundir su mensaje de odio y violencia a cuanto desdichado se le atravesaba.
Todo empezó un mediodía, entre las 11:30 y las 12:00. Volvía de la universidad y acababa de bajar del colectivo en el que había aprovechado para cerrar un rato los ojos.
Estaba entrando a mi barrio, en Avellaneda, medio soñoliento y caminaba por una vereda angosta que bordea una placita. Frente a mí, a unos diez o quince metros, caminaba en sentido contrario un hombre de edad algo avanzada, muy corpulento y por lo menos una cabeza más alto que yo (yo soy petiso).
La vereda era angosta pero lo suficientemente ancha como para que dos personas caminaran por ella. Cuando vi que este sujeto se me acercaba automáticamente tomé el lado de la vereda más cercano a la calle y seguí caminando sin siquiera fijarme si tenía suficiente espacio, asumiendo que el gorila este me había visto también.
Cuando nos cruzamos mi cara se encontró aplastada contra un hombro de grandes proporciones y todo mi cuerpo desplazado hacia la calle en lo que muchos llamarían un empujón. Yo creo que fue peor.
Cuando una persona empuja algo, lo hace deliberadamente. Acciona para correr algo del camino. A mí ni me notaron. Me trataron como una hormiga que ni se siente cuando se la pisa.
Para mí si hay algo desagradable es la indiferencia. Pero un poco peor es que una persona camine por la calle como si fuera la única. Eso pasa de ser indiferente a ser desconsiderado.
Al pisar la calle me di vuelta instantáneamente para por lo menos decir “disculpe”. Y es que por más que sentía que me habían empujado, me pareció que era lo más cortés. Pero me encontré con una espalda enorme que se alejaba como si no hubiera pasado nada.
Mi primer reflejo fue llamar la atención del viejo así que acudí al viejo y peludo “¡Hey!”. Como no tuvo efecto decidí no rendirme y tratar con la conocida y efectiva técnica de la repetición y tiré otro “¡Hey!” más sonoro.
Cualquiera se preguntaría qué estaba tratando de lograr con todo esto. Hoy en día yo me pregunto lo mismo. No sé qué quería, supongo que un poco de atención era suficiente, porque no podía pretender que un tipo así me pidiera disculpas. Como mucho, un insulto. Pero como no recibí ningún tipo de respuesta decidí contarle al buen señor lo que pensaba de él, en muy malos términos y en el tono y el volumen más claros posibles.
Resultó que el ladino este sí podía oírme y se estaba haciendo el sota nada más porque en cuanto escuchó lo que le dije se dio vuelta automáticamente y se empezó a dirigir hacia mí.
¡Ja! Lo que yo quería. Atención. A veces pienso que no me prestaban mucha cuando era chico. Hay mucha gente a la que le gusta llamar la atención pero yo lo llevo a niveles peligrosos. Sería igualmente astuto sentarme detrás de un león y tirarle de la cola para ver qué pasa.
El sujeto de proporciones amplias empezó a encaminarse en mi dirección muy raudamente mientras tomaba un paraguas que llevaba debajo del brazo y lo blandía cual contundente arma. En este punto tuve un ápice de lucidez y empecé a preguntarme si había tomado la decisión correcta.
Lo primero que me dijo fue: “¿Cómo me vas a decir eso a mí?”. No me dejó responder (igual no habría sabido qué decirle) y siguió: “Yo soy comisario, eso es desacato a la autoridad”. A eso sí sabía que responderle. Y mientras reculaba prudentemente le decía que no me parecía que su cargo lo habilitara para llevarse a cualquiera por delante.
Estoy seguro que la conversación continuó durante unos segundos más. El tiempo que le tomó al hombre llegar hasta donde yo estaba. No me acuerdo qué me decía él ni qué le respondía yo porque en ese momento mi mente estaba ocupada en el paraguas que no paraba de subir amenazadoramente.
En un momento dejé de caminar para atrás. Supongo que debería haber dado la vuelta y seguir mi camino original a mi casa. Estoy seguro que podría haber caminado o corrido más rápido que él.
Pero debe ser el principio. No el de rebelarme contra la autoridad sino el de no dejar que el abuso de la autoridad me pisotee. Así que me planté… asustadísimo pero me planté. Y estoy seguro que ese viejo no le tenía miedo a nada porque se me vino encima como una tromba.
Estaba muy cerca, con la cara muy constreñida y el paraguas ya empezaba a vencerse por la gravedad… eso o me estaba por fajar. Y este debe haber sido el momento de menos claridad de mi día. El momento en que mi cerebro se desconectó por el terror y empecé a funcionar en automático.
Le pegué. No me enorgullece pero fue así. El también me pegó. No se vaya a pensar que castigué a un hombrecito indefenso. Me pegó con su paraguas como tenía planeado, varias veces en la cabeza.
Fue una ardua lucha que duró unos tres segundos. Suficientes para que el me estrolara su sombrillita en la cecera al tiempo que yo le acomodaba tres sopapos.
De repente se detuvo. Me miró con el odio que lo movilizaba, se tambaleó y se empezó a caer de espaldas.
Como es de imaginarse, ahora es cuando realmente me asusté. Uno ve a un tipo grande recibir tres piñas y caerse al piso. No sé el resto de la gente, pero yo pensé que lo había matado.
Fue la caída más larga que vi en mi vida. No debe haber durado mucho pero en ese lapso empecé a imaginarme mi destino. Destino que probablemente tuvo lugar en un universo paralelo en el que el viejo sí se murió: Yo lo miraba morirse en la vereda. Llegaba una ambulancia y un patrullero. Me esposaban y me metían en el auto. Me llevaban a la comisaría donde me torturaban durante horas con picanas en los testículos. Me metían en una celda con el preso más grande, feo y con los peores antecedentes de violaciones. Me sacaban de la celda para torturarme unas horas más. Me llevaban a un campito, me tiraban en una zanja y me ponían dos balas en la cabeza. Ese era mi final con plena seguridad.
A esta altura estaba bastante nervioso. Pero me pareció que lo más decente sería ayudar al hombre a levantarse y asegurarme que estuviera bien.
El piso estaba repleto de cosas suyas y mías. Un diario mojado, su paraguas mortal, monedas que habían caído de su bolsillo, mi cuaderno y mi lapicera. Todo desparramado alrededor del cuerpo enorme del geronte.
Entre sus sonidos guturales de viejo y sus esfuerzos por sentarse lo ayude a incorporar su espalda. En eso lo vi. Un tajo muy chiquito encima del párpado izquierdo pero del que brotaba sangre profusamente. El chorrito de sangre que le corría por la cara y terminaba en su campera le daba un efecto muy dramático a toda la situación.
No lo quería parar para que no se maree y con el susto que tenía por lo menos quería cuatro ambulancias con paramédicos para asegurarme que no le había hecho nada grave al tipo este.
Mientras lo ayudaba a quedarse sentado subí la cabeza para ver si podía pedir asistencia a alguien. Me encontré con que no había mucha gente en la calle pero un hombre en particular, parado en la puerta de una remisería nos miraba con tranquilidad, como si viera un perro oliéndole el culo a otro.
Le grite si por favor podía llamar a una ambulancia y el tipo se me quedó mirando como si le hubiera ladrado. Es el día de hoy que pienso que ese hombre era un imbécil. Le volví a gritar y nada. Pasaron un par de minutos en los que nadie se acercó y yo no supe que hacer.
Al cabo de un rato un muchacho joven se aproximó y lo empezó a ayudar a levantarse. A mí no me pareció buena idea pero el muchacho insistió y el viejo pareció estar de acuerdo. Se tendría que haber quedado en el piso.
En cuanto puso los pies en el suelo se las arregló para levantar la lapicera que se me había caído a mí sin que yo lo viera. Me tomo del pelo con una fuerza que no esperaba y empezó a tratar de clavarme la lapicera en el cuello. Eso me dio la pauta de que el hombre estaba bastante enojado conmigo. Es decir, me quería lastimar en serio.
Como podía, trataba de sacármelo de encima al tiempo que evitaba que mi yugular se convirtiera en la Fuente de Las Nereidas.
Ahora sí más gente empezó a sumarse a la gresca. Uno trataba de tirar de la espalda del viejo pero el otro que estaba atrás de mí, no estoy seguro que quisiera ayudarme. Me daba más la impresión de que me estaba sosteniendo para que me moviera menos y fuera un blanco más fácil.
En un momento sentí que me empujaban la cabeza hacia abajo y vi como la rodilla del veterano subía con la obvia intención de chocarse contra mi nariz.
Después de unos minutos de forcejeo logré safarme de los dedos que sostenían mi mechón y me liberé del secuaz que tenía a mis espaldas.
Al jovato había que sostenerlo todavía porque persistía con las obvias intenciones de asesinarme. Lo único que podía hacer era describirme lo que me iba a pasar cuando su hijo, el cana de verdad, llegara a la escena del crimen. Incluso me dijo que si hubiera estado con su arma reglamentaria, la historia habría sido otra.
Ya debía haber cinco o seis personas alrededor nuestro. Hasta ese momento yo estaba convencido de que quería que la policía viniera. No tenía ningún problema en dar explicaciones y estaba seguro que cualquier persona más o menos sensata iba a saber entender y me iba a decir que me fuera a mi casa.
El hombre, cada vez más enojado, me seguía propinando amenazas de todo tipo. Yo venía con los nervios normales de una pequeña pelea pero no me molestaban particularmente las intimidaciones.
Me empezó a preocupar que la gente se acercara, lo llamara por el primer nombre a este señor y le preguntaran: “Julio ¿qué te paso?” como dando por sentado que algo le había pasado a él.
Claro que el señor le gritaba a todo el mundo que yo lo había atacado sin razón. Incluso un tipo de más o menos su edad y que daba mucho la impresión de ser su amigo me dijo que no me fuera a ningún lado hasta que quedara todo claro. Obviamente yo llevaba las de perder.
Un muchacho joven se me acercó y me preguntó a mí qué había pasado. Yo traté de explicar tanto como pude y el tipo terminó por decirme “Ah, yo ni me meto”. ¿¿¿Y para qué carajo me preguntás entonces???
Transcurrieron unos minutos más en los que la situación no hizo más que prolongarse. No hubo cambios, no llegó un patrullero ni nada raro. Seguían los comentarios entre las gentes y las amenazas y los improperios de mi más reciente amistad del barrio. Lo único que había cambiado era mi seguridad y mi confianza para hablar con alguien con real autoridad. La verdad es que no le tenía mucha fe a mi futuro próximo.
En eso el mismo tipo que se había acercado a preguntarme qué había pasado se volvió a arrimar y como al pasar y muy bajito me dijo “Tomatelas…”. Él también debe haber percibido que mis números no eran los ganadores.
Y eso fue más o menos lo que me llevó a tomar la decisión, probablemente la única buena desde que había empezado el día.
Miré en la dirección de la avenida, la que estaba a la salida del barrio. Volví a mirar al grupo de gente que se preparaba para lincharme y corrí. Cobardemente me alejé tan rápido como pude. Pude sentir la voz de un adorable niño que gritaba “¡Se escapa! ¡Se escapa!” y deseé que lo pisara un camión.
Mientras corría por una plaza que daba a un campito me fui sacando el pulóver que tenía puesto por si a alguien se le ocurría seguirme y lo tiré. Además mi paranoia iba a 3000 Km. por hora así que cualquier mínimo detalle que me hiciera sentir seguro era bienvenido.
Me había escondido y caminado por la zona durante unos quince o veinte minutos cuando tomé la decisión de llamar a mi viejo para explicarle lo que había pasado y ver qué me sugería él, que tiene tan buen criterio para las emergencias.
Su consejo fue que me fuera del barrio por unos días y me pareció lo más apropiado. Cuantas menos posibilidades tuviera de cruzarme con esa persona, mejor.
Hoy lo pienso y estoy seguro que después de verme correr el viejo se fue a su casa, se puso un algodón en la frente y se olvidó de mí. Pero en ese momento pensaba que toda la policía bonaerense me seguía.
Pasé dos semanas en la casa de mi abuelo en Quilmes, otra semana en Ushuaia, la ciudad donde crecí y dos meses en un departamento en Capital Federal. Hasta me corte el pelo por si tenía que volver a mi barrio a buscar algo.
Durante ese tiempo volví algunas veces pero siempre con un miedo desmesurado y completamente fuera de proporción.
Después volví definitivamente. A este hombre lo vi un par de veces más. Me lo crucé y nunca me reconoció. También me enteré de que no era comisario. Había sido pero estaba retirado desde hacía mucho.
Hoy no lo veo más porque me mudé pero hace poco escuche que tuvo un episodio similar con una persona que no tiene nada que ver conmigo. Algo con un auto y otro desacato a la autoridad.
Según parece un muchacho iba en auto y por lo que dice el querido ex comisario, este individuo casi lo atropella. Se armó una discusión, el viejo quería llamar a su hijo, el cana de verdad, pero no pasó nada… como la otra vez.
Yo estoy seguro que si se hubieran fijado bien y hubieran sacado el carné, se habrían dado cuenta que los dos eran del mismo club. Ese de selectas personalidades del que les contaba al principio. Es que son tantos que ni ellos se reconocen.

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