Le di un beso

Como he contado anteriormente, durante la época estival en Ushuaia es muy común que los jóvenes se retiren al campo durante dos o tres jornadas para distenderse y abstraerse de la estresante vida plagada de responsabilidades de índole académica y los innecesarios reproches diarios por parte de los progenitores porque no se cumplen las expectativas en ningún campo de acción.
Como nosotros también éramos unos vagos y nos encantaba estar lejos de casa donde nadie nos pudiera decir qué hacer, todos los veranos nos íbamos un fin de semana al campo a pasar un par de noches bajo las estrellas. A veces nos íbamos dos o tres fines de semana en un mismo verano.
Por obvias razones, muchos chicos de nuestra edad también iban y la cuestión era que un mismo fin de semana toda la ciudad fuera más o menos a la misma zona, armar pequeños campamentos separados por algunos metros y durante la noche transitar por el área como si fuera un pueblito donde casi todos se conocían.
Como estábamos solos y no había más de 0,5 adultos por Km. cuadrado, la mitad de los víveres que llevábamos eran comida y la otra mitad, bebidas alcohólicas. Y sí, íbamos a al campo a beber en vez de disfrutar de la naturaleza. Por ridículo que suene, en esa época parecía muy divertido. A veces eran campamentos de tres o cuatro carpas, a veces era una; pero a la noche terminaba siendo todo un gran campamento.
La verdad que en esa época hacíamos por lo menos una estupidez por fin de semana así que referirme a una sola sería una lástima. Pero sí considero a la estupidez del título la más desgraciada que cometí en un campamento.
Durante esas noches podía pasar cualquier cosa. Las dimensiones del espacio se modificaban cuando oscurecía, el lugar parecía diferente. Aparecían caminos debajo de los pies que antes no habíamos visto y por más que me lo nieguen mil veces yo estoy seguro que alguien movía los árboles cuando nadie miraba. De hecho, algunos árboles eran movidos justo en frente de mí mientras iba caminando.
Si se originaba una pequeña gresca junto al fogón, seguro que tenía menos sentido del que hubiera tenido en un boliche de la ciudad. Si lo pienso detenidamente, estando sobrio creo que nunca me habría peleado con Pablo, un tipo dos cabezas y una espalda más grande que yo, y que casi me parte la cecera.
Una vez incluso conseguimos que Sebastián, ese viejo colega de desventuras, tuviera un principio de hipotermia. Por más que sea la época calida del año, no significa que el lago este templado, sobre todo a la noche.
Nos tuvimos que ir en la mitad de la noche de vuelta a la ciudad. Dormimos en la casa de un amigo y volvimos al otro día temprano para ver qué otra estupidez podíamos hacer, como si no hubiera sido suficiente. Pero supongo que esa es una las 5 cosas más estúpidas que Sebastián hizo en su vida.
Yo me reservaba para los encantos de ella. Ni siquiera me acuerdo el nombre porque fue un encuentro fugaz y después no quise encontrarla nunca más.
Era una de esas noches en que los sentidos parecen estar más agudos que lo usual, pero en realidad uno tiene el tacto del caparazón de una tortuga, los reflejos de una toalla y la visión aguda de Mamá Cora.
Yo trotaba por el campo. Algunos dirán que estaba haciendo jogging nocturno. Pero no. Trotaba porque caminar resultaba lento.
No iba solo, o por ahí sí, no me acuerdo. Mi gran compañero de aventuras andaba por ahí. Yo franqueaba obstáculos, como arbustos o pequeños cercos con la agilidad de un mamut.
Entre saltos y trotes fui a parar a un fogón que no había visto en toda la noche. O por ahí sí lo había visto y ya me había olvidado.
Me acerqué con cautela porque no veía muy bien. Había gente parada alrededor del fuego y me miraban raro. Por ahí yo estaba un poco paranoico o tal vez aparecí de repente y llamé la atención. El punto es que no había hostilidad en el aire realmente. Escuché algunos saludos y creo que contesté. También puede que no.
Mientras me acercaba al fuego empecé a sentir que la energía que me había llevado trotando y dando saltitos empezaba a abandonarme. Empecé a sentir un leve mareo y la visión se me nubló más aún. Y ahí la vi. Se me hizo hermosa, recostada junto al fuego, con la cabeza apoyada en un tronco. Era la más serena del grupo y con buena razón.
Me acerqué un poco más. Me arrodillé, la miré y ella probablemente ni me vio. Me recliné y la besé. En seguida sentí un sabor ácido que no pude identificar porque ya se me estaba haciendo difícil llevar a cabo dos procesos mentales al mismo tiempo. Y en eso lo escuché. Justo detrás de mí, un grito de pavor: ¡¡¡AAAJJJJH!!! ¡¡¡SE TRANSO A LA VOMITADA!!!
Me llegó al cerebro como una bala. Pero no salté inmediatamente. También tenía que ser un poco respetuoso con mi dama. Me levanté como un caballero y me retiré como si ese hubiera sido mi plan original. Como si no hubiera escuchado nada. Pero lo había escuchado. Y ahora estaba sintiendo ese gusto ácido y sabía perfectamente lo que era, y ebrio o no, no podía dejar de pensar en eso.
Lo peor es que a la mañana siguiente, además de levantarme con resaca, no me podía olvidar de mi odisea nocturna.
Y peor iba a ser cuando volviera a casa y después de hablar con dos o tres perso-nas sobre el incidente, me enterara que mi gran conquista no era la Reina de la primavera… ni de ninguna otra estación. Así que ni siquiera podía poner en práctica mi innata superficialidad y alardear frente a mis camaradas de género.
En fin, el campo era un lugar al que, lejos de ir a disfrutar de la naturaleza, la paz y la tranquilidad, íbamos a hacer estupideces que no pudiéramos hacer en un ambiente más tradicional.

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