Agradecimientos

A Lucía.
A Sebastián.
A Belén.
A Jackie.
A todos mis otros compañeros de aventuras.
A todos los que quieran financiar la publicación del libro en papel.

ACLARACIÓN (ESTO NO ES UN BLOG)

Un día escribí un prólogo para un blog. Un tiempo después decidí juntar todo ese material con otras cosas y editar un libro, con lo cual tuve que modificar ligeramente ese prólogo para adaptarlo al nuevo formato.
Hoy ese libro vuelve al medio original pero no para ser leído como tal. La falta de recursos económicos no me permite editar este libro como corresponde pero como las ambiciones económicas no mueven esta publicación decidí hacerla pública a través de Internet.
Es necesario aclarar que esto no se puede leer como un blog tradicional. En general en los blogs las entradas más antiguas son las últimas que figuran en la página. Uno suele leer esas entradas viejas para encadenar antes de leer las más recientes. Sobre todo si existe algún tipo de continuidad.
En este caso no va a haber más entradas que las que ya hay. Y para hacerlo más cómodo para la lectura, se puede leer de arriba hacia abajo y dejando lo más antiguo en la parte superior. Como está en pantalla es como se lee.
Que lo disfruten.

Prólogo (Un montón de estupideces)

Creo que lo más apropiado para empezar es ser honesto. Esto no iba a ser un libro. Y si quiero evitar sentirme culpable, también tengo que confesar que no creo que vaya a ser un libro muy bueno.
La realidad es que la idea original era hacer un blog, o weblog, que es una de esas publicaciones personales que uno hace para Internet y que suelen ser muy poco interesantes.
Supongo que no espero mucho de esta publicación en particular porque tampoco esperaba mucho de su antecesora. La realidad es que detesto los blogs. No me disgustan los blogs en sí, sino el uso que la gente les da en general.
Estoy convencido que como herramienta de comunicación son muy prácticos pero la verdad es que es fatigante encontrarse con esa pila interminable de bitácoras personales que detallan el día aburrido y común de una persona aburrida y común.
O si no, están esos que se creen Neruda y publican sus propios versos porque, por supuesto, ninguna editorial seria quiso tocarlos.
Pero los que más me enervan son los escritos por los neofilósofos del siglo XXI que ni siquiera se molestaron en leer a uno del siglo IV a.c. y analizan la realidad con menos criterio que un cubito de hielo.
Dicho todo esto, yo escribí un blog. Y el mío no era mejor que ninguno de los otros. Si tengo que ponerme a pensar por qué lo hice se me pueden ocurrir un montón de explicaciones que no servirían como excusa. Creo que lo más honorable es reconocer que soy tan débil como todos y las modas (los blogs SON una moda de principios del siglo XXI), de tanto en tanto me seducen y no puedo evitar ser un cybertonto más o comprarme las Nike del mes.
Todo empezó en una conversación casual en la que tuve que admitir que a lo largo de mi vida había hecho más de una cosa de la que no me enorgullecía. En realidad más de dos… más de tres… muchas. Y como al pasar dije: “Voy a escribir un blog que se va a llamar ‘Las 5 cosas más estúpidas que hice en mi vida’”.
En cuanto terminé de decirlo me dio la impresión de que tenía algo de gracia y empecé a contemplar la idea de hacerlo en serio. Me resistía nada más por mi natural rechazo a formar parte de las filas de gomas que se dedican a escribir sandeces todos los días en su computadora.
Por otro lado me parecía que podía tener algún potencial humorístico el contar los episodios más estresantes, peligrosos y humillantes de mi vida. Así que decidí convencerme de que tenía algo interesante para decir a la cybercomunidad y me puse a escribir.
Después de meditar un poco, resolví que este blog iba a ser una reflexión de cómo me puse en peligro y me lastimé a lo largo de mi existencia sin que hubiera una necesidad o algo que me obligara a hacerlo. En una oportunidad alguien me pregunto por qué me lastimo tanto. Y lo único que se me ocurrió decir es que no soy cuidadoso.
Creo que la mayor parte de la gente se para frente a una situación y evalúa los posibles resultados e intenta tomar el curso de acción que sea menos doloroso o más práctico.
Bueno, yo no tengo esa capacidad. Yo hago estupideces que para muchos son evidentes y me doy cuenta inmediatamente después de haberlas hecho. No es algo de lo que esté muy orgulloso pero es una descripción grosera de mis procesos mentales a la hora de tomar decisiones rápidas.
Así que durante los siguientes meses fui publicando, con espacios temporales muy prolongados, estos episodios que por alguna razón necesitaba contarle al mundo, o por lo menos a 20 personas por día, que era el promedio de vistas que recibía en mi si-tio.
Lo que pasó es que a veces necesitaba recortar un poco los textos porque como eran para Internet no podía pretender que alguien se quedara veinte minutos leyendo estas estupideces frente a una pantalla.
Primero resolví hacer cada episodio en dos entregas para poder hacer textos más largos. Pero eso terminó por no funcionar tampoco.
Ahora, en un libro la gente lee cualquier cosa. Además una vez que pagaron están más o menos comprometidos. Así que puedo explayarme cuanto quiera.
Y así es como se me fue ocurriendo trasladar todos esos escritos a una publicación real y de la que después, además, pudiera alardear. Total, uno dice que escribió un libro y ya queda bien, no hace falta entrar en detalles.
“Las 5 cosas más estúpidas que hice en mi vida” era algo así como una licencia que me tomé para poner el título que me gustaba y que me había parecido gracioso en un principio. En realidad la idea era publicar más cuentos, tal vez un poco más cortos que los cinco originales, pero con esa misma temática.
Esa licencia se aplica a este libro también. Creo fervientemente que hice miles de cosas exageradamente estúpidas y dignas de relatar pero encuentro que entre todas ellas hay una especie de Top five. Hay cinco cosas que me avergüenzan más que nada pero aun así las cuento a todo el mundo. Son cinco cosas de las cuales creo que todos hacen una por lo menos en su vida pero no más de dos o tres.
Por lo tanto este libro va a ser un recorrido por esas cinco cosas sobresalientes en mi abanico de idioteces, salteadas de otras no tan sobresalientes pero con su cuota de franca estupidez. Episodios que probablemente sean sólo importantes para mí y tal vez un poco relevantes para aquellas personas que se reconocerán en los personajes de los cuentos.
Pero honestamente lo único que espero es que estos episodios no sean tomados como un intento infructuoso de alcanzar la gloria de los grandes de la pluma. Sinceramente espero que sean tomados como lo que son: un montón de estupideces.

Puesto número 5: Le pegué a un ex-comisario

De las cinco cosas más estúpidas que hice en mi vida esta sea probablemente la menos grave. Aún así, sigue siendo grandiosamente estúpida.
Aunque muchos que me conocen vayan a negar esta afirmación, yo creo positi-vamente que soy un pacifista. No me gusta la violencia y no creo que sea el recurso para solucionar las disputas.
Claro que tampoco soy un extremista; considero que cuando ya se habló mucho y ningún diálogo funcionó, una piña bien puesta en la nariz puede resultar muy práctica. Pero en términos generales las peleas son algo que me ponen muy nervioso y trato de evitarlas.
Soy de los que creen que si todos fuéramos levemente más amables con la gente que nos rodea el mundo sería un lugar mejor. Me parece que lo único que hace falta es ser un poquito más agradable y tal vez habría habido un par de guerras menos.
Pero supongo que cuando un tipo anda mal por vaya uno a saber qué razón y un muchacho se cruza inesperadamente por en frente de su auto, es más fácil echarle la culpa de todos los problemas a ese desconocido y pisar un poco el acelerador antes que mover el pie unos larguísimos diez centímetros para frenar y permitir el paso al desconsiderado que se le ocurrió caminar por la calle en vez de andar en auto como una perso-na decente.
Además parece haber una selecta casta de forros que se empeñan en ser cada día un poco más hijos de puta. Son una congregación que se junta por lo menos una vez por semana y planea como hacerle la vida más miserable a los pobres diablos que sufren la desgracia de cruzarse en su camino.
Esta historia cuenta como llegué a conocer a un notable miembro de este club, que se esforzaba por difundir su mensaje de odio y violencia a cuanto desdichado se le atravesaba.
Todo empezó un mediodía, entre las 11:30 y las 12:00. Volvía de la universidad y acababa de bajar del colectivo en el que había aprovechado para cerrar un rato los ojos.
Estaba entrando a mi barrio, en Avellaneda, medio soñoliento y caminaba por una vereda angosta que bordea una placita. Frente a mí, a unos diez o quince metros, caminaba en sentido contrario un hombre de edad algo avanzada, muy corpulento y por lo menos una cabeza más alto que yo (yo soy petiso).
La vereda era angosta pero lo suficientemente ancha como para que dos personas caminaran por ella. Cuando vi que este sujeto se me acercaba automáticamente tomé el lado de la vereda más cercano a la calle y seguí caminando sin siquiera fijarme si tenía suficiente espacio, asumiendo que el gorila este me había visto también.
Cuando nos cruzamos mi cara se encontró aplastada contra un hombro de grandes proporciones y todo mi cuerpo desplazado hacia la calle en lo que muchos llamarían un empujón. Yo creo que fue peor.
Cuando una persona empuja algo, lo hace deliberadamente. Acciona para correr algo del camino. A mí ni me notaron. Me trataron como una hormiga que ni se siente cuando se la pisa.
Para mí si hay algo desagradable es la indiferencia. Pero un poco peor es que una persona camine por la calle como si fuera la única. Eso pasa de ser indiferente a ser desconsiderado.
Al pisar la calle me di vuelta instantáneamente para por lo menos decir “disculpe”. Y es que por más que sentía que me habían empujado, me pareció que era lo más cortés. Pero me encontré con una espalda enorme que se alejaba como si no hubiera pasado nada.
Mi primer reflejo fue llamar la atención del viejo así que acudí al viejo y peludo “¡Hey!”. Como no tuvo efecto decidí no rendirme y tratar con la conocida y efectiva técnica de la repetición y tiré otro “¡Hey!” más sonoro.
Cualquiera se preguntaría qué estaba tratando de lograr con todo esto. Hoy en día yo me pregunto lo mismo. No sé qué quería, supongo que un poco de atención era suficiente, porque no podía pretender que un tipo así me pidiera disculpas. Como mucho, un insulto. Pero como no recibí ningún tipo de respuesta decidí contarle al buen señor lo que pensaba de él, en muy malos términos y en el tono y el volumen más claros posibles.
Resultó que el ladino este sí podía oírme y se estaba haciendo el sota nada más porque en cuanto escuchó lo que le dije se dio vuelta automáticamente y se empezó a dirigir hacia mí.
¡Ja! Lo que yo quería. Atención. A veces pienso que no me prestaban mucha cuando era chico. Hay mucha gente a la que le gusta llamar la atención pero yo lo llevo a niveles peligrosos. Sería igualmente astuto sentarme detrás de un león y tirarle de la cola para ver qué pasa.
El sujeto de proporciones amplias empezó a encaminarse en mi dirección muy raudamente mientras tomaba un paraguas que llevaba debajo del brazo y lo blandía cual contundente arma. En este punto tuve un ápice de lucidez y empecé a preguntarme si había tomado la decisión correcta.
Lo primero que me dijo fue: “¿Cómo me vas a decir eso a mí?”. No me dejó responder (igual no habría sabido qué decirle) y siguió: “Yo soy comisario, eso es desacato a la autoridad”. A eso sí sabía que responderle. Y mientras reculaba prudentemente le decía que no me parecía que su cargo lo habilitara para llevarse a cualquiera por delante.
Estoy seguro que la conversación continuó durante unos segundos más. El tiempo que le tomó al hombre llegar hasta donde yo estaba. No me acuerdo qué me decía él ni qué le respondía yo porque en ese momento mi mente estaba ocupada en el paraguas que no paraba de subir amenazadoramente.
En un momento dejé de caminar para atrás. Supongo que debería haber dado la vuelta y seguir mi camino original a mi casa. Estoy seguro que podría haber caminado o corrido más rápido que él.
Pero debe ser el principio. No el de rebelarme contra la autoridad sino el de no dejar que el abuso de la autoridad me pisotee. Así que me planté… asustadísimo pero me planté. Y estoy seguro que ese viejo no le tenía miedo a nada porque se me vino encima como una tromba.
Estaba muy cerca, con la cara muy constreñida y el paraguas ya empezaba a vencerse por la gravedad… eso o me estaba por fajar. Y este debe haber sido el momento de menos claridad de mi día. El momento en que mi cerebro se desconectó por el terror y empecé a funcionar en automático.
Le pegué. No me enorgullece pero fue así. El también me pegó. No se vaya a pensar que castigué a un hombrecito indefenso. Me pegó con su paraguas como tenía planeado, varias veces en la cabeza.
Fue una ardua lucha que duró unos tres segundos. Suficientes para que el me estrolara su sombrillita en la cecera al tiempo que yo le acomodaba tres sopapos.
De repente se detuvo. Me miró con el odio que lo movilizaba, se tambaleó y se empezó a caer de espaldas.
Como es de imaginarse, ahora es cuando realmente me asusté. Uno ve a un tipo grande recibir tres piñas y caerse al piso. No sé el resto de la gente, pero yo pensé que lo había matado.
Fue la caída más larga que vi en mi vida. No debe haber durado mucho pero en ese lapso empecé a imaginarme mi destino. Destino que probablemente tuvo lugar en un universo paralelo en el que el viejo sí se murió: Yo lo miraba morirse en la vereda. Llegaba una ambulancia y un patrullero. Me esposaban y me metían en el auto. Me llevaban a la comisaría donde me torturaban durante horas con picanas en los testículos. Me metían en una celda con el preso más grande, feo y con los peores antecedentes de violaciones. Me sacaban de la celda para torturarme unas horas más. Me llevaban a un campito, me tiraban en una zanja y me ponían dos balas en la cabeza. Ese era mi final con plena seguridad.
A esta altura estaba bastante nervioso. Pero me pareció que lo más decente sería ayudar al hombre a levantarse y asegurarme que estuviera bien.
El piso estaba repleto de cosas suyas y mías. Un diario mojado, su paraguas mortal, monedas que habían caído de su bolsillo, mi cuaderno y mi lapicera. Todo desparramado alrededor del cuerpo enorme del geronte.
Entre sus sonidos guturales de viejo y sus esfuerzos por sentarse lo ayude a incorporar su espalda. En eso lo vi. Un tajo muy chiquito encima del párpado izquierdo pero del que brotaba sangre profusamente. El chorrito de sangre que le corría por la cara y terminaba en su campera le daba un efecto muy dramático a toda la situación.
No lo quería parar para que no se maree y con el susto que tenía por lo menos quería cuatro ambulancias con paramédicos para asegurarme que no le había hecho nada grave al tipo este.
Mientras lo ayudaba a quedarse sentado subí la cabeza para ver si podía pedir asistencia a alguien. Me encontré con que no había mucha gente en la calle pero un hombre en particular, parado en la puerta de una remisería nos miraba con tranquilidad, como si viera un perro oliéndole el culo a otro.
Le grite si por favor podía llamar a una ambulancia y el tipo se me quedó mirando como si le hubiera ladrado. Es el día de hoy que pienso que ese hombre era un imbécil. Le volví a gritar y nada. Pasaron un par de minutos en los que nadie se acercó y yo no supe que hacer.
Al cabo de un rato un muchacho joven se aproximó y lo empezó a ayudar a levantarse. A mí no me pareció buena idea pero el muchacho insistió y el viejo pareció estar de acuerdo. Se tendría que haber quedado en el piso.
En cuanto puso los pies en el suelo se las arregló para levantar la lapicera que se me había caído a mí sin que yo lo viera. Me tomo del pelo con una fuerza que no esperaba y empezó a tratar de clavarme la lapicera en el cuello. Eso me dio la pauta de que el hombre estaba bastante enojado conmigo. Es decir, me quería lastimar en serio.
Como podía, trataba de sacármelo de encima al tiempo que evitaba que mi yugular se convirtiera en la Fuente de Las Nereidas.
Ahora sí más gente empezó a sumarse a la gresca. Uno trataba de tirar de la espalda del viejo pero el otro que estaba atrás de mí, no estoy seguro que quisiera ayudarme. Me daba más la impresión de que me estaba sosteniendo para que me moviera menos y fuera un blanco más fácil.
En un momento sentí que me empujaban la cabeza hacia abajo y vi como la rodilla del veterano subía con la obvia intención de chocarse contra mi nariz.
Después de unos minutos de forcejeo logré safarme de los dedos que sostenían mi mechón y me liberé del secuaz que tenía a mis espaldas.
Al jovato había que sostenerlo todavía porque persistía con las obvias intenciones de asesinarme. Lo único que podía hacer era describirme lo que me iba a pasar cuando su hijo, el cana de verdad, llegara a la escena del crimen. Incluso me dijo que si hubiera estado con su arma reglamentaria, la historia habría sido otra.
Ya debía haber cinco o seis personas alrededor nuestro. Hasta ese momento yo estaba convencido de que quería que la policía viniera. No tenía ningún problema en dar explicaciones y estaba seguro que cualquier persona más o menos sensata iba a saber entender y me iba a decir que me fuera a mi casa.
El hombre, cada vez más enojado, me seguía propinando amenazas de todo tipo. Yo venía con los nervios normales de una pequeña pelea pero no me molestaban particularmente las intimidaciones.
Me empezó a preocupar que la gente se acercara, lo llamara por el primer nombre a este señor y le preguntaran: “Julio ¿qué te paso?” como dando por sentado que algo le había pasado a él.
Claro que el señor le gritaba a todo el mundo que yo lo había atacado sin razón. Incluso un tipo de más o menos su edad y que daba mucho la impresión de ser su amigo me dijo que no me fuera a ningún lado hasta que quedara todo claro. Obviamente yo llevaba las de perder.
Un muchacho joven se me acercó y me preguntó a mí qué había pasado. Yo traté de explicar tanto como pude y el tipo terminó por decirme “Ah, yo ni me meto”. ¿¿¿Y para qué carajo me preguntás entonces???
Transcurrieron unos minutos más en los que la situación no hizo más que prolongarse. No hubo cambios, no llegó un patrullero ni nada raro. Seguían los comentarios entre las gentes y las amenazas y los improperios de mi más reciente amistad del barrio. Lo único que había cambiado era mi seguridad y mi confianza para hablar con alguien con real autoridad. La verdad es que no le tenía mucha fe a mi futuro próximo.
En eso el mismo tipo que se había acercado a preguntarme qué había pasado se volvió a arrimar y como al pasar y muy bajito me dijo “Tomatelas…”. Él también debe haber percibido que mis números no eran los ganadores.
Y eso fue más o menos lo que me llevó a tomar la decisión, probablemente la única buena desde que había empezado el día.
Miré en la dirección de la avenida, la que estaba a la salida del barrio. Volví a mirar al grupo de gente que se preparaba para lincharme y corrí. Cobardemente me alejé tan rápido como pude. Pude sentir la voz de un adorable niño que gritaba “¡Se escapa! ¡Se escapa!” y deseé que lo pisara un camión.
Mientras corría por una plaza que daba a un campito me fui sacando el pulóver que tenía puesto por si a alguien se le ocurría seguirme y lo tiré. Además mi paranoia iba a 3000 Km. por hora así que cualquier mínimo detalle que me hiciera sentir seguro era bienvenido.
Me había escondido y caminado por la zona durante unos quince o veinte minutos cuando tomé la decisión de llamar a mi viejo para explicarle lo que había pasado y ver qué me sugería él, que tiene tan buen criterio para las emergencias.
Su consejo fue que me fuera del barrio por unos días y me pareció lo más apropiado. Cuantas menos posibilidades tuviera de cruzarme con esa persona, mejor.
Hoy lo pienso y estoy seguro que después de verme correr el viejo se fue a su casa, se puso un algodón en la frente y se olvidó de mí. Pero en ese momento pensaba que toda la policía bonaerense me seguía.
Pasé dos semanas en la casa de mi abuelo en Quilmes, otra semana en Ushuaia, la ciudad donde crecí y dos meses en un departamento en Capital Federal. Hasta me corte el pelo por si tenía que volver a mi barrio a buscar algo.
Durante ese tiempo volví algunas veces pero siempre con un miedo desmesurado y completamente fuera de proporción.
Después volví definitivamente. A este hombre lo vi un par de veces más. Me lo crucé y nunca me reconoció. También me enteré de que no era comisario. Había sido pero estaba retirado desde hacía mucho.
Hoy no lo veo más porque me mudé pero hace poco escuche que tuvo un episodio similar con una persona que no tiene nada que ver conmigo. Algo con un auto y otro desacato a la autoridad.
Según parece un muchacho iba en auto y por lo que dice el querido ex comisario, este individuo casi lo atropella. Se armó una discusión, el viejo quería llamar a su hijo, el cana de verdad, pero no pasó nada… como la otra vez.
Yo estoy seguro que si se hubieran fijado bien y hubieran sacado el carné, se habrían dado cuenta que los dos eran del mismo club. Ese de selectas personalidades del que les contaba al principio. Es que son tantos que ni ellos se reconocen.

Me dejé atropellar por un auto

Sabiamente o tal vez sólo previendo de manera inconciente que todo esto algún día serviría para algo, empecé a recolectar episodios estúpidos desde una edad muy tem-prana. En esta ocasión tenía nada más que ocho años y un enorme potencial para llevar a cabo estupideces inimaginables. El hecho de que tuviera tan corta edad iba a empeorar las cosas, como se verá al final.
Cuado yo era chico y vivía en Ushuaia en invierno tenía una amplia variedad de actividades y juegos para pasar el tiempo libre en el barrio: correr carreras de trineos, hacer guerras de nieve, armar muñecos, etc.
Una de las más populares entre mis amigos era tirar bolas de nieve a los autos que pasaban por la calle. Ahora que lo digo suena un poco vandálico pero en esa época era bastante común y nos divertía mucho probar puntería con un blanco móvil, sobre todo si de adentro podía llegar a salir un conductor muy ofuscado.
Pero al fin y al cabo la nieve es inofensiva así que sabíamos que aunque a los automovilistas no les gustara tampoco les estábamos haciendo un daño real.
Ahora, tengo que reconocer que esto de tirar nieve a los autos empezó a desarrollar algunos patrones típicos de una adicción.
En verano, cuando no había nieve, les empezamos a tirar globitos de agua. Y cuando no había ni globitos de agua, cual drogadicto que se mete cualquier cosa cuando se le acaba la sustancia usual, empezábamos a buscar alternativas para tirar que no incurrieran en daños mayores.
Un día se nos ocurrió tirar arena a un auto, después de llegar a la conclusión de que una piedra haría daño pero muchas diminutas no.
Lógicamente la primera víctima fue la última porque nos asustamos mucho cuando el conductor se bajó del auto y nos persiguió hasta el patio trasero de un amigo para explicarnos lo que pensaba sobre tirar cosas a los autos.
En fin, por alguna extrañísima razón que no lograba dilucidar, a los dueños de los autos les molestaba mucho que les tiremos cosas así que de vez en cuando nos comíamos un reto o un castigo.
El día que me atropellaron fue en invierno, en 1989. En esa época nevaba mucho en la ciudad y a mí ya me habían reprimido varias veces por molestar a los intrépidos conductores que se aventuraran a pasar por el frente de mi casa.
Pero se me había ocurrido una variante para mi juego preferido que me podía exonerar de todo crimen del que se me inculpara: le tiraba nieve a los autos pero a las ruedas. Por supuesto que suena estúpido pero al fin y al cabo ¿de qué se trata este libro?
Claro, no les hacía nada, pero tampoco era muy emocionante. Me imagino que los que iban en los autos me debían ver, debían esperar el ruido de la bola contra la chapa pero cuando no lo escuchaban se debían reír de mí. ¿Qué iba a hacer? Tenía ocho años.
Ese día estaba solo. Paradito en la vereda justo frente a mi casa. La calle, ligeramente empinada, solía ser doble mano y bastante transitada así que pasaban autos hacia arriba y hacia abajo.
Hoy en día es de única dirección, hacia abajo. Me gustaría pensar que yo tuve alguna influencia en esa modificación pero la verdad es que tal reestructuración no tiene absolutamente nada que ver conmigo.
Como yo puedo tirar cosas con una sola mano porque con la izquierda no podía usar ni el control remoto (aprendí a usarlo con las dos muchos años después; véase “Rompí una ventana con la mano”) cada vez que venía un auto de abajo tenía que cruzar la calle para poder tirar con más comodidad.
Así que yo iba de un lado al otro de la calle, juntaba un poquito de nieve, hacía un bollito y ¡paf! Esperaba y hacía lo mismo. Me parece que ya está claro en qué dirección que va este relato.
Tengo que recalcar que estaba solo y aburrido. Supongo que de haber habido por lo menos un amigo se nos habría ocurrido algo mínimamente más divertido y mucho más seguro.
Pero por otro lado la libertad de la soledad me daba espacio para experimentar aventuras tal vez demasiado arriesgadas para compartir.
Me acuerdo que estaba oscuro, lo que no quiere decir que fuera tarde. Podían ser las seis como las once. A esa altura del invierno es casi lo mismo. También nevaba bastante fuerte.
Como dije, estaba del lado de la calle de mi casa y mi hermana salió por la puerta del frente, toda abrigada y preparada para jugar, supongo. Nunca supe la razón exacta por la que salió porque tuvo que volver a entrar en menos de diez minutos.
Yo había estado afuera un rato practicando mi nuevo deporte extremo y aparentemente lo encontraba altamente entretenido. Tenía esa sensación de estar perfeccionando una técnica que lo obliga a uno a seguir haciendo algo para ver si puede salir mejor.
Usualmente son actividades que implican un riesgo y el pensamiento recurrente es: “Tengo que dejar de hacer esto. No, una vez más y listo”. Es imposible dejar de hacerlo. Es un axioma del universo.
Estaba parado en el frío, jugando uno de los juegos más estúpidos jamás inventados por el hombre. Nevaba bastante y mi hermana recién salía para unirse a la diversión que no se acababa. Es que nunca había empezado.
Me preguntó que estaba haciendo así que yo procedí a explicarle la mecánica del juego. Me debe haber mirado de alguna manera extraña o yo debo haber supuesto que mi explicación no fue suficiente porque me sentí obligado a hacer una demostración práctica para una mejor ilustración.
Me concentré bastante en la parte de la necesidad de cruzar la calle cada vez que venía un auto por la mano contraria porque evidentemente esa era la parte que yo sentía que no explicaba con precisión.
Primero pasó un auto del lado que estábamos nosotros. Hice la demostración y expliqué: “si pasa uno para el otro lado, tengo que cruzar la calle para tirarle”.
Sucedió que un auto apareció por la esquina de abajo y empezó a subir por la calle. Entonces le señalé a mi hermana que a ese auto le tenía que tirar desde la vereda del frente. Y me explayé en la explicación. En realidad no me explayé, repetí varias veces las mismas cosas de distinta forma por esa maldita sensación de que lo que digo no se entiende.
El punto es que cuando me decidí a cruzar la calle para efectivamente tirar la bola de nieve, el auto ya había subido hasta la altura de mi casa así que yo no iba a tener mucho tiempo para cruzar ni el vehículo para frenar.
Troté tranquilo de una vereda a la otra pensando que me sobraba el tiempo. Cuando iba por la mitad de la calle miré para el costado que venía el auto y vi todo negro y en el medio un cuadrado de luz muy fuerte y nada más.
De acá hasta dentro de un par de horas está todo bloqueado en mi memoria. No me acuerdo casi nada. Lo único que retuve es levantar la cabeza, sentirme un poco desorientado y ver a mi hermana que corría desesperada hacia adentro gritando que me habían atropellado.
Lo primero que me vuelve a la cabeza es estar sentado en un almohadón, al lado de un calefactor, dentro de mi casa. Mi mamá, mi papá y mi pediatra me miraban con una sonrisa como si yo me hubiera mandado una macanita de esas sin importancia.
Todavía me acuerdo que quería arrancarles la cabeza. ¿De qué se reían si me acababa de atropellar un auto?
Milagrosamente no me había pasado nada. Es decir, nada serio. Tenía todos los huesos en el lugar y en una pieza. Pero parece que cuando me caí, decidí utilizar mi cara como colchón porque tenía un raspón que iba desde la frente hasta el cuello, pasando por mi mejilla derecha.
Parecía que me hubieran tirado diarrea a la cara y lo único que tenía para atajarla era un colador. Además el auto me había pegado a la altura del estómago sobre la derecha también. Así que tenía otro igual que me tapaba la mitad del tórax. Freddy Krueger, un poroto.
Este fue uno de los primeros momentos de mi vida en lo que empecé a notar que una inusual suerte me rodeaba en acontecimientos como este.
Por supuesto cuando me vi al espejo me di cuenta que no podía aparecer en público así por lo cual me hice la víctima para ver cuanto tiempo podía faltar a la escuela.
Dos días. Para todos esos lectores de alrededor de ocho años que están pensado una buena excusa para faltar al colegio: no intenten hacerse atropellar por un auto porque dos días no valen la pena.
El último pedazo de cáscara se me cayó a los dos meses. Una de las peores cosas que me pudo pasar en tercer grado fue que Paola (mi amor imposible de la primaria) me dijera que parecía que tenía caca en la cara, en la clase de educación física, frente a todos los demás.
Para todos esos que leyeron otras estupideces en Internet y piensan que sólo las cometo cuando estoy bajo la influencia de alguna sustancia extraña, hoy les traigo la prueba de que no sólo hago estupideces en estado completamente sobrio, sino también de que he sido un estúpido desde muy temprano… me arriesgo a decir que desde que nací.

Puesto número 4: Casi vuelco la camioneta

Sucedió que el último año en el que fui al secundario la fortuna me sonrió y lo que todo adolescente quiere en algún punto de su vida me pasó: mis padres se fueron durante una semana entera dejándome a cargo de la casa.
En esa época ellos debían pensar que yo estaba lo suficientemente grande como para hacerme responsable del hogar. Nada más alejado de la realidad.
Reconozco que existen miles de personas que, llegados los 18 años, pueden ser tratados como perfectos adultos. Pero la realidad es que yo siempre me caractericé por ser bastante inmaduro. La verdad no sé si inmaduro es la palabra más adecuada pero lo que es seguro es que no tuviera los pies exactamente sobre la tierra.
Sebastián, mi mejor amigo, se mudó conmigo durante esos días. Nuestros planes para esa semana no incluían quemar la casa o destruir todos los objetos de valor o que mi perra bajara 5 kilos. De hecho nuestra meta era que nada de eso sucediera durante todas las fiesta que teníamos ganas de organizar.
No creo que sea una tarea fácil pero no puedo decir que haya tenido que pasar por la experiencia. Es decir, no llegamos a organizar ese tipo de eventos.
A decir verdad mi imaginación había visualizado imágenes como las de esas películas yankis de adolescentes con la casa llena de mujeres hermosas y alcoholizadas, y la música que se escucha desde la esquina.
Debo decir que después de reflexionar levemente sobre el tema llegué a la conclusión de que hacer una fiesta de esa magnitud, con tanto alcohol, tanto ruido y tanta gente debe ser carísimo y la logística debe ser complicadísima. Muy por encima del presupuesto que maneja un adolescente vago que nunca trabajó.
Además otro aspecto completamente irreal de esas películas es que en una secundaria nunca se va a encontrar mujeres tan lindas, tan fáciles y tan desenfrenadas, todo al mismo tiempo.
Pero a pesar de que mis sueños de organizar una mega fiesta de 200 personas no se concretaron, siempre había una pequeña reunión con amigos y amigas, y de vez en cuando podíamos presenciar algún exceso digno de contar a la mañana siguiente. Todo en su justa medida.
En esta época me empecé a dar cuenta de que soy un tipo bastante medido. Me gusta equilibrar las cosas. Así que durante la mañana dormía pacíficamente para no poner a nadie en riesgo y durante la noche manejaba en estado de ebriedad convirtiéndome en un peligro para todos los que me rodeaban.
Fue una semana completamente atípica. A la escuela fui el miércoles y ni siquiera entré. Todas las noches había algún tipo de reunión o de actividad que requería poner en funcionamiento mis talentos etílicos y los de mis compañeros de aventuras. No hicimos nada que realmente valiera la pena y estábamos completamente orgullosos de nuestra holgazanería.
Así que al cabo de los primeros seis días de esa semana que en esa época considerábamos gloriosa, la casa estaba en pie, mi perra viva y los autos de mis padres en una pieza. Lo habíamos logrado. Habíamos pasado una semana de vagancia y de fiestas y no habíamos roto nada ni requerido la presencia de la policía ni molestado a ningún vecino. Ese sábado era imperativo festejar nuestra hazaña.
Por supuesto durante ese período habíamos hecho una que otra cosa levemente riesgosa y no había pasado nada. Y lo sensato indicaba que esa noche teníamos que quedarnos en casa, tranquilos y dormir.
Es como cuando uno va al casino: apuesta y gana; entonces apuesta otra vez y vuelve a ganar; y apuesta otra vez y gana de nuevo. Este es el momento adecuado para retirarse con las ganancias. Porque la ley de las probabilidades decía que esta noche era la adecuada para que yo me mandara una soberana cagada. Y la verdad que yo ya no jodo más con la ley de probabilidades.
El caso es que en esa velada planeábamos hacer algo tranquilo: reunión con amigos, tomar unos tragos, jugar un truco. Sencillo.
La noche empezó tranquilamente con la compañía adecuada, que lamentablemente se fue antes de lo que mi colega y yo hubiéramos querido, pero no había problema porque más tarde llegaba el resto de la tropa y podíamos compensar la falta de compañía femenina con un buen juego de cartas y unos tragos.
La muchachada llegó. Daniel, Matías y Félix, también tres grandes compañeros de aventuras. La noche se devino como correspondía. Un trago por aquí, uno por allá y no mucho más que contar.
Pero el transcurrir de la soire fue más calmo de lo que esperábamos. O por ahí no pretendíamos que el consumo de alcohol nos pusiera tan eufóricos. En resumidas cuentas, una noche tranquila en casa ya no nos iba a satisfacer.
El plan se modificó para salir a buscar algo de diversión fuera de la casa, lo cual fue probablemente el primer error de la noche. Pero antes de salir había que aprovisionarse y lo único que había a la mano era un vino de cartón de marca algo así como Arizú. Uno de esos brebajes que pueden resultar peligrosamente tóxicos si se ingiere más de lo recomendado por el mecánico para aflojar un tornillo. Ese fue muy probablemente el segundo error de la noche.
Salir a pasear por Ushuaia un sábado a las tres de la mañana no es realmente divertido. Sobre todo si no hay plata para entrar a algún lugar. No hay gente en la calle. Es aburrido.
Pero a finales de la primavera el clima ya es propicio para ir al campo y hacer uno que otro camping. En realidad es una actividad que muchos jóvenes desarrollan por la sensación de libertad que proporciona. Es el lugar más apto y con menos control para consumir sustancias no permitidas.
Y como nosotros queríamos ver gente y teníamos la certeza de que íbamos a encontrar mucha gente en el campo, hacia allí nos dirigimos. Y esto constituyó el tercer error de la noche.
Para los que no conocen en detalle la geografía del sur argentino, el Parque Nacional La Pataia queda a unos 20 km. del centro de la ciudad. Es una ruta de tierra, algo angosta y bastante sinuosa pero con un paisaje precioso.
Cuando alcanzamos este camino nuestro estado ya no era el más apropiado para conducir. La música resonaba con mucho volumen en el compartimiento del vehículo y veníamos hablando a los gritos y sin fijarnos en la velocidad.
Hay un punto de la ruta donde hay una curva a noventa grados. Enseguida hay una contracurva también a noventa grados. A la derecha del camino se alza un monte bastante alto. A la izquierda hay un barranco bastante profundo.
Es un lugar por el que hay que circular con precaución. La zona de riesgo está perfectamente señalizada y existen advertencias. De hecho, yo conocía esa curva en particular por haber manejado por esa zona en el pasado. Pero con las facultades sensoriales notablemente disminuidas era una historia completamente diferente.
Para resumir, la primera curva, que era a noventa grados, la tomé como si hubiera sido una recta a 80 km/h. Yo doble, pero con los reflejos de un koala.
Lo siguiente no me había pasado nunca en la vida. La camioneta, que por supuesto no estaba virando en el ángulo que el camino lo exigía, se salió de la ruta y se subió con las cuatro ruedas sobre la ladera de la montaña.
Puedo decir, sin miedo a exagerar, que estábamos desplazándonos completamente de costado. La ventana del conductor estaba paralela al suelo de la ruta. Tuve una décima de segundo para mirar por la ventana y ver la tierra que pasaba a un metro de distancia.
Sentí cómo Sebastián, que iba de acompañante, caía sentado sobre mi pierna derecha (no estábamos usando cinturón de seguridad) y en la desesperación tomaba el volante. Además en esos dos segundos que habían pasado desde que nos habíamos despegado del suelo vimos como nos encaminábamos directamente a una roca del tamaño de un escritorio.
Pero la sensación más vívida, lo que me quedó más grabado y nunca me voy a olvidar, es la frescura de un fino hilo de vino de cartón que me corría por la espalda.
Uno de mis colegas del asiento trasero, Félix, en un intento por asirse de algo firme pero a la vez de conservar la integridad del brebaje maligno, apretaba todo el envase contra el asiento en el que yo estaba sentado y el líquido tinto me corría por la espalda.
Cinco segundos habían pasado desde la separación del suelo firme. Un instante de lucidez activó nuestros reflejos y las cuatro manos que se apoyaban en el volante dieron un giro brusco para que volvamos de un salto al camino. Otro giro igualmente brusco evitó que nos fuéramos barranca abajo. Todo quedó quieto unos segundos.
Lo primero que pregunté fue si todos estaban bien. La respuesta fue positiva. Lo segundo que quería confirmar era que la camioneta estaba en una pieza.
Ver los árboles y las ramas que se desprendían de la ladera del monte me dieron una idea de lo que iba a ver cuando me bajara. Abrimos las puertas, salimos y milagrosamente la chapa estaba en perfectas condiciones. No había ninguna avería que fuera a costar dinero. Lo que sí había ocurrido es que la cubierta que recibió todo el impacto del retorno a la carretera se había salido de la llanta pero ni siquiera estaba rota.
Estábamos vivos y la camioneta entera. Una cubierta desinflada era un problema menor. Una vez más no podía creer mi suerte.
Creo que en treinta segundos todos habíamos metabolizado el alcohol que nos quedaba para tirar un par de horas más. Así que despiertos como estábamos le dije a los muchachos que cambiáramos el neumático.
Fuimos a buscar la rueda de auxilio y estaba completamente desinflada. Ni siquiera podíamos cambiarla para volver despacio porque la camioneta había quedado sobre una canaleta y era imposible levantarla con el gato pedorro que tenía en el baúl. La camioneta no se iba a mover de ahí.
Lo único que podíamos hacer era esperar que pasara alguien que nos ofreciera ayuda… a las cinco de la mañana, en el medio del campo.
Empezamos a caminar en la dirección en la que íbamos. Y caminamos un rato hasta que finalmente pasó alguien. Obviamente frenó porque nuestro cuadro no era usual: cuatro tipos desabrigados caminando por una ruta a por lo menos cinco kilómetros de cualquier cosa que pareciera civilización.
El auto paró pero estaba lleno de gente y de cosas. Había lugar para uno nada más. Así que le dije a mi tropa que volviera a hacer guardia a la camioneta mientras yo buscaba una forma de resolverlo. Me subí al auto y enfilé de vuelta para la ciudad.
Fui hasta mi casa y busqué el auto de mi viejo. Ya sé lo que están pensando: “Casi destroza la camioneta y ahora quiere hacer pelota el auto”. Pero no. Ahora estaba muy en mis cabales y sabía lo que hacía… bah, ¿que se yo?
Mi papá, tipo previsor si los hay, me había dejado toda la documentación necesaria en caso de que tuviera un percance con algún automóvil. No creo que hubiera pensado particularmente en algo como esto pero funcionó.
Fui derecho al ACA. Hablé con la gente y les expliqué lo que había pasado. Un par de tipos se subieron en un camioncito y nos fuimos todos al lugar del incidente.
Cuando llegué, mis compañeros de aventuras, lejos de estar haciendo guardia, estaban completamente desmayados en los asientos.
Ya debían ser como las siete de la mañana y yo todavía estaba nervioso. Los muchachos hicieron lo suyo. Cargaron la camioneta y la descargaron frente a mi casa sin más complicaciones. Yo repartí a mis colegas en sus respectivos hogares y volví al mío donde todavía no podía dormir.
Cuando se abrían las puertas de la camioneta salía un vaho revulsivo que provenía del vino que se había caído en todos los asientos, y recuerdo unas pequeñas gotas violeta pegadas en la parte superior del parabrisas y en la luz de la cabina. Era obvio que algo había pasado ahí. Y más por una cuestión de respeto que otra cosa, tenía que tratar de limpiarlo.
Me tomó un rato. Ese día no me acosté hasta las ocho u ocho y media. La camioneta quedó limpia y oliendo bien. Había borrado las huellas de mi horrible crimen.
Cinco segundos de terror basados en la idiotez requieren por lo menos 12 horas de prudencia y sensatez. Así que por lo menos hasta que llegó mi papá decidí quedarme relativamente quieto y en alguna posición en la que no pudiera lastimarme a mí mismo ni a nadie, ni romper nada. Funcionó y cuando mi viejo llegó no había nada que estuviera fuera de lugar.
Nunca me sentí orgulloso de no confesar lo que había pasado pero en esa época era impensable por las consecuencias que habría tenido. Y hoy en día no creo que cause una muy buena impresión en mis viejos decir una cosa así. Pero bueno, papá, si estas leyendo, perdoná, a veces soy un estúpido.

Choqué contra un auto en bicicleta

Con cada estupidez que hago termino aprendiendo algo. Después vuelvo a cometer los mismos errores pero me acuerdo que ya me había pasado antes. Es como estudiar para un examen y después contestar cualquier cosa. Que lo aprenda no quiere decir que lo tenga que poner en práctica. Bueno, esta experiencia me enseñó una lección.De chico yo solía andar en bicicleta como cualquier pibe. A veces en grupo, a veces solo. Más que nada por mi barrio.
A los doce años todavía no había explorado mucho el mundo fuera de esas tres manzanas yo solo. Así que si andaba en solitario seguro me dedicaba a dar vueltas por ahí cerca de casa.
Mi barrio solía estar habitado por muchos chicos que rondaban mi edad y en general todos teníamos una mascotita. Habitualmente perros.
Un vecino en particular, uno que yo no soportaba mucho, tenía un perro muy nervioso y poco agradable. Un perrito de esos chiquitos que parece que todas las mañanas los alimentaran con café y azúcar. Esos que ladran incesantemente y corren de un lado para el otro. O sea, una espina en el culo si se quiere.
Ese perro era molesto. Cuando el dueño estaba cerca el can andaba dando vueltas por ahí rompiendo las pelotas. Y en general era muy buen guardián y se ponía agresivo cuando estaba cerca de su contraparte humana (ya expliqué que el chico también era un pelmazo).
Recuerdo un día en particular en el que varios chicos del barrio estábamos andando en bicicleta en el predio de una iglesia a una cuadra de casa. También estaba por ese lugar el susodicho goma y su perro intolerable.
Mientras que nosotros hacíamos los nuestro, lo cual era dar vueltas en círculo y charlar pavadas, esta criaturita de Dios se dedicaba a ladrarnos y tirarnos un tarascón cada vez que tenía la oportunidad.
Como nosotros éramos chicos la respuesta natural era molestar al perro para enervarlo más. Esto por supuesto ponía de mal humor a su dueño, lo que nos hacía más felices a nosotros. Esa tarde no fue muy significativa excepto porque me inspiraría para cometer una gran estupidez.
Pocos días después yo estaba en una de mis excursiones en solitario dando vueltas por el barrio. Lo que pasó fue que al pedalear por el frente de la casa de mi vecino su perrito guardián salió disparado hacia mí para ladrarme y supongo que para ver si podía arrancarme un dedo del pie o algo así.
Yo venía un poco embalado pero el picho era rápido y podía mantenerse al la par, ladrando al mismo tiempo. El perro estaba en buen estado.
Recordando los eventos de días pasados, decidí hacerme el pistola y tirarle un par de patadas al perro para molestarlo más. No le quería pegar. Quería molestarlo nada más. Tener la satisfacción de ponerlo nervioso y dejarlo atrás con todas sus ganas de morderme.
Estaba ensimismadísimo con el perro. El animal era mi foco de atención. Y era así literalmente porque yo venía mirando hacia la izquierda, ligeramente hacia atrás (el perro venía un poquito rezagado) y hacia abajo (lógico si el perro era diminuto).
Estaba empezando a ganar más velocidad y el perro se estaba empezando a quedar atrás y llegó un punto en el que ya no hacía gracia molestarlo. Habían sido por lo menos seis o siete segundos de satisfacción. Cortos pero refrescantes.
En cuanto miré hacia delante vi que a menos de dos metros estaba la camioneta de mi viejo (la misma que casi destrozaría seis años después), que él solía dejar estacionada en la vereda.
Mi cerebro no reaccionó ni siquiera para decirle a mi dedo índice que intente apretar el freno. Lo único que pude pensar fue: “pero la p…”.
Cuando impacté, a 20 o 25 km/h, literalmente salí despedido de la bicicleta y caí como un trapo viejo sobre el capot de la camioneta. Todo mi cuerpo completamente desparramado en la extensión de la chapa. Debo haber estado treinta segundos tirado ahí lamentándome de mi propia idiotez.
El perro había quedado atrás y ya no tenía interés en seguirme porque yo ya no me movía. Estoy seguro que en algún nivel sintió algún tipo de satisfacción al verme estrolado contra algo muy duro.
¿Qué aprendí ese día? Que molestar a un perro, por muy detestable que sea, es mal karma. Si el perro es un desgraciado, no lo puede evitar. Si yo me porto como un desgraciado, es porque soy un estúpido.

Puesto número 3: Rompí una ventana con la mano

Este episodio es particularmente significativo. En primer lugar porque ocupa el tercer puesto en las cinco cosas más estúpidas de mi vida, que no es poca cosa. Pero además esta anécdota en particular es la que dio origen a ese blog que después iba a convertirse en este libro.
Hacer ese blog para mí también era una estupidez así que me daba esa sensación de ciclo, de algo que se cerraba. Esta es LA anécdota estúpida por antonomasia.
Esto empieza en marzo de 2007. Yo me tomaba unas merecidas vacaciones de mi trabajo horrible en un call center. Había decidido irme a Ushuaia, donde nací, porque hacía unos dos años que no volvía a mi casa y que no veía algunas caras en particular.
Además Sebastián, mi gran compañero gran de aventuras, estaba pasando la temporada allá trabajando. Era perfecto para ir a despejar la mente, ver amigos y tomar el jugo de naranja de mamá todas las mañanas.
Me fui unos diez días y debo decir que la pasé bárbaro, por lo menos durante los primeros cinco. Había disfrutado de la familia, había paseado por lugares hermosos que hacía tiempo no veía y había comido delicias típicas de la zona. Además a la noche me dedicaba a salir con buenas compañías y a disfrutar en serio.
Una de esas noches de jolgorio éramos cuatro: Sebastián, Gastón, Hernán y yo, y la idea que tuvo más quórum fue ir a un cantobar. Y acá tengo que hacer una digresión.
El cantobar es probablemente una de las paradojas sociales más intrigantes. La idea ulterior de ir a este lugar es cantar. Hay un público que no fue exactamente a verlo a uno pero está ahí para hacerlo. En el cantobar uno ve gente cantando que pueden hacerlo muy mal, con lo cual uno se ríe cruelmente; o pueden hacerlo bien (pero nunca lo suficientemente bien) y uno igual se ríe pero más por envidia que por otra cosa.
Pero en algún punto de la noche quien fue público va a pasar a cantar, igual que la mayoría, y se va a convertir en el objeto de la burla. Esto es perfectamente conciente y aun así uno se baja del escenario, se sienta y se sigue riendo de la persona que ahora canta. Es un fenómeno sociológico digno de análisis, pero desafortunadamente no es lo que nos ocupa aquí.
Esta noche había transcurrido sin problemas. Con un par de vinos, buena conversación y también habíamos subido al escenario a pasar un poco de vergüenza y reírnos un poco de nosotros mismo. Tengo que reconocer que uno de nosotros, Hernán, sí canta bien. No es justo meterlo en la misma bolsa con los otros tres que fuimos un asco.
Eran algo así de las cinco de la mañana y Gastón estaba un poco pasado de la hora de volver, como dos o tres horas. La habíamos pasado muy bien y parecía un buen momento para emprender la retirada. No sin antes hacer una última pasada por el baño para disfrutar de un retorno más cómodo.
Así que ahí estaba yo, en un bañito de dos por dos, haciendo lo que me competía cuando percibí que delante de mí había una pequeña ventanita cuadrada de 15 cm. de lado ligeramente por encima de mi línea de visión.
En seguida de haberla visto una sensación rara me recorrió la espalda. Ese pedazo de vidrio tuvo un efecto en mí y es el día de hoy que no sé qué me pasó. Pero quiero hacer uno de esos flashbacks como en las películas que va a ayudar a entender de donde surge esta relación mía con el frágil vidrio.
Vamos a 1986, cuando yo tenía cinco años. Esto es algo que me quedó grabado a fuego en la mente.
En esa época la ciudad era muy diferente de lo que es ahora. El límite oeste estaba prácticamente detrás de mi casa. Y ahí teníamos un patio cubierto de césped vallado por un cerco en muy malas condiciones. Prácticamente la mitad del cerco no estaba. Por esa razón a veces entraba algún caballo y se ponía a pastar en el jardín trasero. No era todos los días pero cada tanto pasaba.
A mí me encantan esos animales pero siempre les tuve un sumo respeto, supongo que por el tamaño.
Una tarde me acerqué a la ventana y vi este caballo marrón enorme parado en el patio, tranquilo como en su casa. Yo estaba adentro así que no tenía nada que temer y me entusiasmó mucho ver al animal. Tanto que le quise llamar la atención.
Ahora, hay que reconocer algo. Los caballos serán inteligentes pero no hay como un perro. Ahí estaba yo paradito, admirando la majestuosidad de la bestia y como no sabía como decirle, le dije lo más lógico: caballo. Para que el bicho me oyera acompañé el llamado con una leve alarma sonora, repiqueteando suavemente sobre la ventana. Como el caballo no escuchó o se hizo el boludo, subí un poco el volumen de mi llamado y golpee ligeramente más fuerte sobre el vidrio.
Mi conducta estaba empezando a hacerse notar así que mi hermana y la señora que nos cuidaba se acercaron para ver qué me había agarrado ahora y supongo para cuidar que no me mandara ningún exabrupto.
Como el caballo seguía sin darme pelota, yo grité un poco más fuerte y golpeé la ventana un poco más fuerte. Ahí me dijeron que tenga cuidado con la ventana y que el caballo no me iba a prestar atención.
Pero yo siempre fui un ferviente creyente de que la perseverancia conduce al triunfo. Así que le pegué un buen grito al pingo ese y le estrellé un buen sopapo a la ventana. El vidrio se quebró en tres partes. El caballo siguió pastando.
Viajamos diez años en el futuro. Tengo unos 15 y estoy jugando a la pelota con mi mejor amigo (Sebastián, claro) en el patio de mi casa. Un jardín que no es realmente grande.
Estamos pasando la pelota como dos troncos y haciéndonos las estrellas. En la excitación del juego, me entusiasmo un poco más de los que debería, cazo una pelota sin pararla, le doy de puntín sin apuntar y vuela en una línea recta perfecta. Parece que va derecho a mi amigo pero le pega de lleno a uno de los paneles de la ventana del frente de mi casa. El vidrio se hizo pedazos.
Pasan dos o tres años y estoy caminando por la ciudad a eso de las cinco o seis de la mañana. Estoy volviendo de un boliche a mi casa y voy solo.
Para cortar camino, cruzo por una plaza en la que jugaba cuando era chico. En el medio de la plaza hay una edificación de madera. Parece un galpón pero está un poco adornado. En realidad es una calesita. Una de esas grandes con caballitos y autitos y todos los chiches.
Pero como en Ushuaia puede llover a cada rato y suele hacer frío esta calesita es cubierta. Alrededor del edificio hay una reja no muy segura, supongo que para evitar a los poco probables vándalos.
Yo vengo con tal rosca encima que irme a mi casa me parecía poco y me daba la impresión de que estaba tirando toda la plata que había gastado en tragos.
Cuando paso frente a la calesita veo las puertas de ingreso detrás de la reja. Doble hoja y dos vidrios enormes completamente indefensos. Fue un poco reflejo. Corrí hacia la calesita, trepé la reja y salté del otro lado. Me quedé mirando a mi víctima unos segundos. Era la primera vez que sentía la urgencia de hacer algo malo, inducido por el alcohol.
Perfectamente conciente de lo que hacía pero influido por la sangre alcoholizada que irrigaba mi cerebro asesté un puñetazo a una de las ventanas que se deshizo y cayó en mil pedazos. Yo huí vilmente.
Nuevamente estamos en 2007, en un baño pequeño de un cantobar del fin del mundo. Algo me esta recorriendo la columna y no puedo identificar qué es. Creo que alguna glándula estaba segregando estupidez en la médula de mi espina.
Termino el asunto que me había llevado a las instalaciones, subo la cremallera y me detengo a pensar un segundo. Miré fijamente la ventana y le pegué.
No sé por qué. No me pregunten. No había una razón para hacerlo. No estaba enojado con nadie. De hecho había tenido una noche muy placentera. Tampoco estaba haciendo una experiencia de laboratorio porque ya había comprobado hacía mucho qué pasa cuando se le pega a un vidrio.
Y tampoco era que quisiera sacar la cabeza por el agujero para mirar para afuera, porque era obvio que mi cabeza, que es bastante grande, no iba a caber.
Enseguida de cometer mi crimen empecé a sentirme culpable y empecé a buscar una explicación para lo que acababa de hacer. Pero mis preocupaciones se vieron opacadas por asuntos de mayor importancia cuando miré hacia abajo y vi que por mi mano corría un hilo espeso de sangre oscura que nacía en el nudillo de mi índice, goteaba en mi pantalón y terminaba en el inodoro.
Lo único que pude pensar fue: “Qué boludo”. Tenía un tajo enorme en la mano. No tanto por la longitud sino por la profundidad. Se veía la piel levantada a los costados y la mano empezaba a doler por la toma de conciencia.
Por alguna razón, limpié el inodoro antes de hacer nada. Después me acerqué al lavatorio y puse la mano debajo de un chorro de agua fría para tratar de para la hemorragia.
Cuando el agua lavó la herida pude ver un poco adentro. Debía tener como dos milímetros de profundidad, que para una mano es bastante, considerando que mide un centímetro y medio de ancho. Se veía algo blanco al fondo, que no sé si era cartílago o hueso pero me daba impresión.
Al cabo de pocos minutos un empleado del bar entró al baño porque lógicamente había escuchado el ruido del vidrio cuando se rompió, otra variable que yo no había considerado cuando decidí volverme vándalo por un segundo.
El tipo me preguntó si estaba bien y yo le respondí en seguida que sí pero no se me ocurría nada para decirle. No tenía una explicación para darle de lo que había pasado. Ni siquiera puedo imaginarme qué pensó que había pasado porque tampoco me preguntó.
Por ahí pensó que si me preguntaba me iba a poner violento pero lo más absurdo es que la violencia no había sido el motor. Así que yo seguí mojándome la mano con mi vergüenza a cuestas.
El tipo se fue y al rato entró una amiga que trabajaba ahí de moza y me empezó a hacer un parche improvisado con algunas gasas y tela adhesiva. A decir verdad, había quedado perfecto, lo cual me dio la pauta de que esta chica debía tener práctica haciendo vendajes.
Eso sumado a la actitud tan pasiva del muchacho que había entrado antes me hizo pensar que tal vez yo no era el primer idiota al que se le ocurría romper esa ventana.
Más o menos parchado como estaba salí del baño para encontrarme con las sonrisas socarronas de mis tres amigos que seguro pensaban lo mismo que yo había pensado cuando vi mi mano rota.
Salimos del bar y era obvio que yo no podía manejar así que mis compinches se fueron turnando, cosa absolutamente innecesaria pero supongo que todos querían conducir, y se fueron quedando en sus casas hasta que el último me acompañó al hospital.
En cuanto entré al hospital, todavía feliz del vino, me acerqué a una ventanilla y le hice pasar vergüenza a mis padres, dos médicos con una carrera de más de 25 años en ese mismo hospital y por ende dos personas conocidas en el nosocomio.
Me hicieron entrar en una sala donde tenía que esperar a un enfermero que me iba a coser la mano. Mientras lo hacía encontré un chirimbolo colgando que parecía un gancho.
Como yo sangraba y es bueno mantener algo que sangra en alto para bajar la irrigación, yo colgué mi mano del ganchito. En cuanto el tipo entró me gritó que soltara el gancho del suero antes de que lo rompiera.
Me miró un poco la mano y me dijo que me iba a hacer un par de puntos a lo que yo no contesté nada porque me parecía bien y no tenía nada para decirle.
El amigo que me había llevado seguía esperando afuera y como se aburrió empezó a escribirme mensajes de texto al celular. Los mensajes eran completamente absurdos y hacían alusión a la hermana del enfermero que mi amigo ni siquiera había conocido.
Y como yo seguía borracho y no tenía filtro le leía los mensajes al enfermero que me miraba como si me fuera a coser los párpados. Además no creo que estuviera muy entusiasmado de coserle la mano a un pánfilo que se las arregla para lastimarse solo.
Me fui con otra venda más grande que la anterior. Mi amigo quedó en su casa y yo manejé las últimas cuadras solo pero muy despacio.
A la mañana siguiente me levante levemente deprimido por la sensación postalcohol, con una contractura por tener el brazo fuera de la cama toda la noche y con una mano cuatro veces más grande que la original. Además sentía un dolor como si alguien se hubiera parado sobre mis dedos durante diez horas.
De más está decir que los últimos días de mis vacaciones fueron un embole. No podía hacer nada como un humano normal. Cuando comía parecía que tuviera limitaciones mentales más que físicas. Manejar era impensado así que tenía que pedir que me llevaran a todos lados y que me fueran a buscar o quedarme en casa. Incluso usar un teclado por más de diez minutos se tornaba demasiado doloroso.
Lo único que podía hacer era alquilar películas, ya que hacía unos años me había fracturado la misma mano y había logrado perfeccionar la técnica de usar el control remoto con la mano izquierda.
Antes de irme volví al cantobar. Traté de hablar con los dueños para explicar lo que había pasado y hacerme responsable de los gastos. Me dijeron que no era importante pero como todavía me sentía culpable e insistía me dijeron que si dejaba una buena propina, alcanzaba. Y así lo hice.
A veces hago cosas sin medir las consecuencias, como con el ex comisario. Y a veces realmente no tengo la capacidad para determinar si estoy haciendo algo mal, como con la camioneta. Pero lo que hice esa noche no tiene ningún tipo de justificación.
Me arruiné la mitad de las vacaciones y todavía hoy me pregunto cual fue la razón para hacer tamaña idiotez. Pero supongo que algunas cosas efectivamente no tienen explicación. Soy un estúpido y no hay vuelta que darle.

Le di un beso

Como he contado anteriormente, durante la época estival en Ushuaia es muy común que los jóvenes se retiren al campo durante dos o tres jornadas para distenderse y abstraerse de la estresante vida plagada de responsabilidades de índole académica y los innecesarios reproches diarios por parte de los progenitores porque no se cumplen las expectativas en ningún campo de acción.
Como nosotros también éramos unos vagos y nos encantaba estar lejos de casa donde nadie nos pudiera decir qué hacer, todos los veranos nos íbamos un fin de semana al campo a pasar un par de noches bajo las estrellas. A veces nos íbamos dos o tres fines de semana en un mismo verano.
Por obvias razones, muchos chicos de nuestra edad también iban y la cuestión era que un mismo fin de semana toda la ciudad fuera más o menos a la misma zona, armar pequeños campamentos separados por algunos metros y durante la noche transitar por el área como si fuera un pueblito donde casi todos se conocían.
Como estábamos solos y no había más de 0,5 adultos por Km. cuadrado, la mitad de los víveres que llevábamos eran comida y la otra mitad, bebidas alcohólicas. Y sí, íbamos a al campo a beber en vez de disfrutar de la naturaleza. Por ridículo que suene, en esa época parecía muy divertido. A veces eran campamentos de tres o cuatro carpas, a veces era una; pero a la noche terminaba siendo todo un gran campamento.
La verdad que en esa época hacíamos por lo menos una estupidez por fin de semana así que referirme a una sola sería una lástima. Pero sí considero a la estupidez del título la más desgraciada que cometí en un campamento.
Durante esas noches podía pasar cualquier cosa. Las dimensiones del espacio se modificaban cuando oscurecía, el lugar parecía diferente. Aparecían caminos debajo de los pies que antes no habíamos visto y por más que me lo nieguen mil veces yo estoy seguro que alguien movía los árboles cuando nadie miraba. De hecho, algunos árboles eran movidos justo en frente de mí mientras iba caminando.
Si se originaba una pequeña gresca junto al fogón, seguro que tenía menos sentido del que hubiera tenido en un boliche de la ciudad. Si lo pienso detenidamente, estando sobrio creo que nunca me habría peleado con Pablo, un tipo dos cabezas y una espalda más grande que yo, y que casi me parte la cecera.
Una vez incluso conseguimos que Sebastián, ese viejo colega de desventuras, tuviera un principio de hipotermia. Por más que sea la época calida del año, no significa que el lago este templado, sobre todo a la noche.
Nos tuvimos que ir en la mitad de la noche de vuelta a la ciudad. Dormimos en la casa de un amigo y volvimos al otro día temprano para ver qué otra estupidez podíamos hacer, como si no hubiera sido suficiente. Pero supongo que esa es una las 5 cosas más estúpidas que Sebastián hizo en su vida.
Yo me reservaba para los encantos de ella. Ni siquiera me acuerdo el nombre porque fue un encuentro fugaz y después no quise encontrarla nunca más.
Era una de esas noches en que los sentidos parecen estar más agudos que lo usual, pero en realidad uno tiene el tacto del caparazón de una tortuga, los reflejos de una toalla y la visión aguda de Mamá Cora.
Yo trotaba por el campo. Algunos dirán que estaba haciendo jogging nocturno. Pero no. Trotaba porque caminar resultaba lento.
No iba solo, o por ahí sí, no me acuerdo. Mi gran compañero de aventuras andaba por ahí. Yo franqueaba obstáculos, como arbustos o pequeños cercos con la agilidad de un mamut.
Entre saltos y trotes fui a parar a un fogón que no había visto en toda la noche. O por ahí sí lo había visto y ya me había olvidado.
Me acerqué con cautela porque no veía muy bien. Había gente parada alrededor del fuego y me miraban raro. Por ahí yo estaba un poco paranoico o tal vez aparecí de repente y llamé la atención. El punto es que no había hostilidad en el aire realmente. Escuché algunos saludos y creo que contesté. También puede que no.
Mientras me acercaba al fuego empecé a sentir que la energía que me había llevado trotando y dando saltitos empezaba a abandonarme. Empecé a sentir un leve mareo y la visión se me nubló más aún. Y ahí la vi. Se me hizo hermosa, recostada junto al fuego, con la cabeza apoyada en un tronco. Era la más serena del grupo y con buena razón.
Me acerqué un poco más. Me arrodillé, la miré y ella probablemente ni me vio. Me recliné y la besé. En seguida sentí un sabor ácido que no pude identificar porque ya se me estaba haciendo difícil llevar a cabo dos procesos mentales al mismo tiempo. Y en eso lo escuché. Justo detrás de mí, un grito de pavor: ¡¡¡AAAJJJJH!!! ¡¡¡SE TRANSO A LA VOMITADA!!!
Me llegó al cerebro como una bala. Pero no salté inmediatamente. También tenía que ser un poco respetuoso con mi dama. Me levanté como un caballero y me retiré como si ese hubiera sido mi plan original. Como si no hubiera escuchado nada. Pero lo había escuchado. Y ahora estaba sintiendo ese gusto ácido y sabía perfectamente lo que era, y ebrio o no, no podía dejar de pensar en eso.
Lo peor es que a la mañana siguiente, además de levantarme con resaca, no me podía olvidar de mi odisea nocturna.
Y peor iba a ser cuando volviera a casa y después de hablar con dos o tres perso-nas sobre el incidente, me enterara que mi gran conquista no era la Reina de la primavera… ni de ninguna otra estación. Así que ni siquiera podía poner en práctica mi innata superficialidad y alardear frente a mis camaradas de género.
En fin, el campo era un lugar al que, lejos de ir a disfrutar de la naturaleza, la paz y la tranquilidad, íbamos a hacer estupideces que no pudiéramos hacer en un ambiente más tradicional.

Recorrí 1600 Km. en un día

Soy un tipo al que le gusta viajar. Me encanta. Recorrería el mundo si tuviera mucho tiempo y mucha plata. Me encantaría trabajar en algo que me obligara a viajar de tanto en tanto.
Y la verdad es que viajé bastante. Tuve la suerte de tener padres que me llevaron a recorrer una cuarta parte del mundo y me ayudaron a realizar algunas travesías por mí mismo.
Pero un viaje en familia es muy diferente de uno organizado por propia cuenta. El viaje solitario o en compañía de un amigo o una pareja es mucho más excitante, mucho más desafiante. Cada situación de conflicto es un reto al temple personal. Cada toma de decisión puede ser crucial. En fin, hacer los primeros viajes solo es una aventura.
Y como es imaginable, habiendo estado en el exterior más de una vez, es lógico que llevara a un plano internacional mi excelente habilidad para hacer estupideces.
Oxford, en Inglaterra, fue testigo de la “meada de los 100 metros”. Deporte nocturno que me fue enseñado por Esteban, un antiguo compañero de aventuras, que consiste en orinar caminando, intentando cubrir la distancia de una cuadra. Para lograr eso es imperativo beber grandes cantidades de cerveza para provocar un efecto diurético y para esta ebrio, por supuesto.
Ámsterdam, Holanda se convirtió en Barcelona cuando se nos ocurrió, a otro compañero de viajes y a mí, salir a caminar después de probar por primera vez y en una cantidad poco recomendable, hongos alucinógenos. El pavor de esta experiencia es sólo comparable a ser perseguido por bestias feroces y hambrientas en una jungla después de que el guía murió de una manera violenta y desagradable.
Pero esta aventura de 1600 Km. no fue inducida por ninguna sustancia extraña. Tampoco fue el producto de la experimentación. Fue simplemente la urgencia de huir.
Poco antes de empezar a escribir estas crónicas hice un viaje a los Estados Unidos junto a Lucía, mi novia y mi más grande compañera de aventuras, con la intención de vivir allí unos cinco meses y trabajar para hacer unos dólares.
La experiencia fue dolorosa. Es la única forma que se me ocurre para describirla. El dinero fue ínfimo. Las condiciones de trabajo duras. La suerte, ese factor que me suele seguir a todos lados, se había desvanecido. Todo lo que nos podía salir mal, salió peor.
Y finalmente volví antes de los previsto porque seguir un mes más viviendo como lo estaba haciendo habría sido orgullo o estupidez. Y hasta yo tengo un límite para la estupidez.
Durante esos cuatro meses lo único que nos contenía de cortarnos las venas era viajar a otras ciudades y pasear como turistas. Descansar.
Pero viajar también costaba bastante dinero así que no podíamos hacerlo muy seguido. En ese tiempo pudimos visitar Los Ángeles y San Francisco y eso fue todo.
Esos momentos lejos del lugar de trabajo y la casa pavorosa en la que vivíamos nos recargaba el espíritu y podíamos aguantar unas semanas más de sufrimiento.
Unas semanas antes de que Lucía se volviera a la patria quisimos hacer un último paseo por el área por la que vivíamos. Nada de viajar lejos ni gastar mucha plata. La idea era ir a hacer compras a Reno durante la noche y pasear alrededor de Lake Tahoe a la mañana siguiente y volver a casa.
Para eso alquilamos un auto durante 24 hs. Nos fuimos a Reno, no compramos nada y estábamos listos para emprender la vuelta a casa.
Durante nuestras conversaciones, a modo de broma siempre surgía el tema de irnos a cualquier lado sin decirle a nadie y no volver al trabajo. Era la única forma de sublimar ese deseo que obviamente no íbamos a concretar.
Eran algo así de las nueve y media de la noche y en forma de broma le dije a mi chica: “¿Y si vamos a Las Vegas?”
Las Vegas era uno de los destinos al que habíamos querido ir pero no habíamos podido por falta de tiempo y dinero. Sabíamos que era relativamente lejos y que la ciudad merecía pasar una noche para ver algún show en algún casino, jugar un poco a la ruleta y nada más.
Siguiéndome la broma ella me contestó: “Y dale”. Y por un segundo nos miramos y la decisión ya estaba tomada. Fuimos a cargar combustible y estábamos listos para escaparnos aunque sea una noche a la ciudad del pecado.
Pero la travesía no pudo empezar inmediatamente porque sonó un teléfono. Ella contestó y era un amigo que también había querido ir a Las Vegas y no había podido, Julián.
Ya que estábamos, le propusimos ir. Pero para buscarlo a él había que conducir como 50 km. en sentido contrario porque él todavía estaba en el pueblo. Aun así lo hicimos y ahora era mucho más tarde y estábamos más lejos.
En conversaciones posteriores de pareja ambos confesamos que cuando llegamos al pueblo a recoger al muchacho este ya estábamos reconsiderando la idea del viaje express. Pero yo creo que la estupidez es contagiosa y le estoy haciendo mal a esta chica.
Obviamente partimos como a las once, creyendo muy ingenuamente que podíamos llegar a destino a eso de las seis de la mañana, como muy tarde. Por ahí la noche estaría perdida en su mayor parte pero algo esperábamos encontrar.
Teníamos un mapita recién comprado en una estación de servicio y el camino más atractivo marcado. El más atractivo, no el más práctico. Además de noche el camino puede ser muy lindo pero no se veía un carajo así que yo hubiera preferido una autopista a una rutita de cuatro metros de ancho con una curva cada diez metros y una loma cada quince.
Fue el viaje más largo de mi vida. Eran unas 500 millas, algo así como 800 kilómetros. Llegamos a Las Vegas a las nueve de la mañana. Lo único que quería hacer era dormir.
Durante la noche estuvimos cerca de quedarnos sin nafta en el medio del desierto. A las siete de la mañana cuando yo no podía más (el día anterior me había levantado a las seis) lo dejé manejar un rato a Julián y de los nervios por el miedo de que pasara algo no había podido descansar nada.
Encontramos un lugar para estacionar y fuimos a caminar por la ciudad. Es una linda ciudad. Nada de mucho glamour. No es Roma o Barcelona pero tenía algo pintoresco.
Pero ese no era el momento de pasear. Era el momento de dormir. Era difícil disfrutar de un lugar con la modorra que teníamos. Toda la idea de relajarnos y olvidarnos de las preocupaciones se había esfumado.
Dimos una vuelta durante dos o tres horas y ya teníamos que volver. Si el viaje nos había tomado diez horas para ir, podíamos esperar una odisea similar para la vuelta.
Así que arrancamos un poco pasado el mediodía. Salir a la ruta ya era frustrante, ahora sabiendo el camino interminable que había por delante. Lo único que me reconfortaba un poco era la idea de que ahora volvíamos por una ruta en serio y por ahí podíamos ahorrar un par de horas. Qué imaginación que tengo y qué iluso que fui.
Para asegurarnos que llegáramos despiertos cuando comíamos me bajaba una o dos latas de alguna bebida energizante, que en USA se venden como caramelos.
Tenía que aguantar porque esta vez estaba convencido de que no iba a dejar que nadie manejara el auto. Nunca voy a saber si fue lo mejor pero seguro que la decisión que tomé tampoco fue la más divertida.
La ruta que cruza el desierto de Nevada es una de esas carreteras de desierto que tienen rectas de cientos de kilómetros y que no las transita mucha gente. Se puede ir rápido y con tranquilidad porque el tráfico es muy liviano. Pero en realidad no se puede ir tan rápido.
El límite de velocidad es 70 millas por horas, unos 100 Km./h. Pero yo quería ahorrar un poco de tiempo, así que iba a 85 millas, lo cual yo creía bastante inofensivo.
Después de ver manejar gente en la Patagonia a 160 Km./h., esto no me parecía nada descabellado. Me pusieron una multa de 215 dólares por ir 15 millas por hora más rápido de lo que correspondía.
Por supuesto el resto del viaje no pasé de las 70. Y la ruta debe haber sido un poco más larga porque igual tardamos como diez horas. Pero ahora yo venía con dos días seguidos sin dormir. La noche estaba cerrada y ahora sí que no había absolutamente nadie en la ruta.
Empecé a sentir que el sueño me vencía como 100 Km. antes de llegar. Me trataba de acomodar y levantar la espalda para estar un poco más despierto. Lo único que me mantenía con los ojos medianamente abiertos era el miedo a quedarme dormido y tener un accidente realmente serio.
Había una tensión horrible en el aire porque yo sentía que Lucía se daba cuenta que me estaba quedando dormido y lo único que podía hacer era hablarme y yo tratar de seguirle la conversación.
Manejamos bastante así hasta que tomamos la decisión unánime de parar y dormir un poco porque ya era peligroso. Así que así lo hicimos pero no queríamos dormir mucho porque a la mañana siguiente yo tenía que estar arriba otra vez a las seis para volver a trabajar. Así que decidimos dormir una horita.
Sonó el teléfono avisando que había que salir otra vez. Automáticamente lo apagué, me senté al volante y arranqué… no tenía idea de donde estaba, para donde iba o qué estaba haciendo.
Tenía las manos en el volante y miraba para afuera y veía que la ruta se movía para los costados y no entendía muy bien qué pasaba. Todavía estaba dormido. Como cuando alguien despierta a otra persona y esa persona responde cosas completamente coherentes y después no tiene recolección de lo que pasó.
Yo estaba funcionando completamente en automático. Pero algo estaba despierto en mí, algo que me decía que tuviera miedo pero no sabía de qué. Estaba seguro que estaba relacionado con lo que estaba haciendo. Nunca tuve esa sensación en mi vida y espero no volver a tenerla.
Maneje diez minutos así cuando tomé la única decisión acertada. Frené en la banquina, me bajé del auto y me quedé parado en el frío hasta estar bien despierto.
Cuando volví al auto, me sentía mejor y por lo menos sabía en qué dirección tenía que ir.
Todos estábamos un poco más tranquilos después de haber descansado un poco pero a mí me hacían falta por lo menos seis horas de sueño para recuperar las energías. No pasó mucho tiempo hasta que empecé a sentir que me dormía otra vez. Pero ahora estábamos mucho más cerca y no quería parar. Quería llegar a casa y dormir en serio.
En un momento prendimos la radio que ahora captaba algo y pusimos un poco de música. Algo para hacer ruido, para mantenernos con la atención fija en algo. Pero surtió el efecto contrario.
El tema que pasaban en la radio era ese de Bryan Adams, el de la película de Robin Hood. En cuanto lo escuché me acordé del film y empecé a pensar en eso. Pero tan profundamente que me quedé dormido y empecé a soñar con eso.
Dos segundos después sentí un codazo fuerte en el brazo y cuando levanté la vista íbamos derecho a una columna en la banquina. Di un volantazo rápido y volvimos al camino.
Los nervios me comían el cerebro y ahora sí me sentía alerta. Por lo menos tenía la certeza de que no me iba a quedar dormido en el corto plazo.
Seguimos manejando y el camino no terminaba más. Los últimos 40 minutos de viaje fueron los peores. Después de todo lo que habíamos pasado y habiendo estado tan cerca de accidentarnos, lo único que queríamos era que terminara.
Finalmente llegamos y pudimos ir a dormir. Y otra vez tuve que agradecer a esa cuota de suerte que nos salvó las papas un par de veces.
Después de eso no vivimos mucho tiempo más allá como para necesitar otro viaje para descomprimir. Lo mejor que pudimos hacer fue volver a casa, a la Argentina, antes de que cometiéramos otra estupidez.

Puesto número 2: Me dormí borracho en la calle

Escribir el título de este relato es algo que me da vergüenza de por sí. Sin embargo esta es una de las anécdotas que más cuento a la gente y debo hacerlo seguido porque mucha de esa gente la encuentra graciosa.
Irónicamente esta fue una de las experiencias más aterradoras que viví. Luego, debe haber una relación directamente proporcional entre el terror y el humor.
Después de un silogismo tan falaz como el de arriba, me gustaría detallar en qué circunstancias pasé una noche pernoctando en una vereda de Buenos Aires. Para eso necesito ir unos meses más atrás del episodio para explicar por qué terminé en tan lamentable situación.
El asunto es que un año, en Semana Santa, me tomé unas vacaciones de 4 días en San Rafael, Mendoza. Fue uno de los peores viajes de mi vida. Vi lugares muy lindos, seguro; e hice un par de cosas divertidas pero en general me aburrí muchísimo. Estaba rodeado de gente 3 o 4 años más grande que yo y que habían ido en grupos. Yo estaba solo y con los engranajes sociales un poco oxidados.
En este viaje conocí a un actual amigo que venía de Alemania a trabajar pero más que nada a pasear. Como hablaba en alemán (lógico) y un poco de inglés, él tampoco se daba mucho con la gente así que estábamos medio aislados los dos y nos hicimos amigos.
Alguno dirá: “bueno, te hiciste un amigo, la podrías haber pasado bien”. Sí, pero hablaba en alemán y en un inglés medio cavernícola. En algún momento me cansaba de que la comunicación tuviera tantos peajes. Así que en el viaje me pegué un embole padre.
Después del viaje no nos veíamos muy seguido pero de vez en cuando salíamos a hacer algo. Bah, ese “de vez en cuando” en realidad se traduce en que una vez fuimos a la cancha y nada más.
Obviamente en algún momento se tenía que volver a Alemania así que cuando la fecha se acercó me llamó para avisarme que iba a salir con mucha gente que había conocido en el país para festejar una última vez antes de partir. Por supuesto que yo me anoté en seguida.
Así fue que fui al departamento de mi amigo germano donde ya había algunas personas haciendo la previa. Habremos estado un par de horas en las que llegaban más y más personas y en las que yo tomaba más y más cerveza… y más y más vino.
Cuando ya todos habíamos alcanzado el nivel etílico adecuado para salir nos fuimos a un boliche de Palermo que no sé si sigue abierto pero que era para esa alta sociedad medio pelo. Un barsucho que pasaba mucha música electrónica y cobraba una entrada cara porque quedaba a cinco cuadras de Plaza Serrano.
Honestamente no me acuerdo mucho lo que hice en el boliche ni con quien hablé ni si pasó algo digno de contar. Lo que sí me acuerdo es que en un momento lo busqué a mi amigo y lo invité a tomar un shot de tequila a modo de brindis entre amigos, como una despedida. Con la misión cumplida volví a hacer cosas de las que no tengo recolec-ción alguna.
A la media hora él me buscó a mí para invitarme con otro shot de tequila. Acá tengo que hacer una reflexión. Cuando uno le regala algo a alguien y ese alguien contesta con el mismo regalo esos regalos se anulan. Es estúpido regalarle a alguien algo que esa persona te regaló. Para eso me compro dos shots de tequila y él se compra dos y punto. Pero supongo que lo importante es el ritual.
Como además del tequila yo había seguido tomando tragos varios dentro del boliche a esta altura ya estaba altamente alcoholizado y la verdad que no veía nada.
Recuerdo (no sé a qué hora) estar caminando por la pista, chocándome con todo lo que se me ponía en frente cuando una idea me golpeó la cabeza: “estoy aburrido, me voy”.
Y así fue. Efectivamente salí por la puerta delantera del boliche sin decirle absolutamente a nadie que me iba. Me cagué en la despedida de mi amigo a quien no volví a contactar hasta unos días después por vía electrónica y me las tomé.
Estaba parado en la vereda y no tenía ni una moneda para tomar un colectivo y la verdad que tampoco tenía ganas de buscar una parada y encima esperar. Tenía un billete de cinco pesos pero nada más. Y la que en esa época era mi reciente ex novia vivía en el centro, por Corrientes y Rodríguez Peña.
Por supuesto que desde donde estaba no llegaba con cinco pesos en un taxi pero en ese momento las cuentas me cerraron perfectamente.
Así que levanté la mano y me subí en el primer taxi que paró y estoy convencido que el taxista se dio cuenta en seguida de mi estado porque más tarde me iba a dar cuenta que me había paseado un rato por las cuatro cuadras que circundaban el boliche.
Le dije la dirección de mi ex y tiré la cabeza para atrás y creo que me quedé dormido.
Cuando levanté la cabeza el taxi era una calesita… o un zamba. Mi estómago me estaba mandando mensajes de alarma a lo loco. Lo único que podía ver era el taxímetro que marcaba cuatro pesos con algo.
Rápidamente le dije al taxista que parara, le tiré el billete de cinco en el asiento del acompañante y me baje corriendo. Me apoyé contra una pared y no creo que haga falta describir lo que pasó ahí. De más está decir que el taxista se fue sin preguntarme si estaba seguro de quedarme ahí.
En general después de vomitar uno se siente ligeramente mejor. Pero yo todavía tenía mucho para decirle a esa pared. Fue como el equivalente de un coloquio para final. Saqué bolilla y empecé a contarle.
Mareado como estaba no podía dar dos pasos seguidos así que me senté un rato a esperar a ver si me sentía mejor. Esperé y no me sentí mejor, de hecho seguí vomitando un rato más. Ahí me di cuenta que era necesario levantarme y llegar a mi casa, pero ahora no tenía plata en serio.
Junté valor y me levanté. Estoy convencido de que el piso estaba a 45 grados, porque yo no podía estar tan borracho. Sentía un peso descomunal sobre mi hombro que me empujaba contra la pared.
Además estaba completamente desorientado porque no tenía idea de donde estaba. Me había bajado del taxi antes de fijarme por donde iba. Intenté dar unos pasos y realmente sentía algo que me pegaba al muro como si estuviera imantado. Me agarré de una reja para colgarme y mantenerme parado pero me caía igual así que tuve que rendirme y volver al lugar original.
A todo esto yo estaba tirado, dando lástima en una puerta. Así que existía la posibilidad de que alguien saliera y me pateara para moverme. Esa era una de las cosas que me pasaba por la cabeza en ese momento. Aunque pensándolo detenidamente, si alguien hubiera llamado a la policía podría haber pasado la noche bajo techo.
El asunto es que en ese momento, tirado en el piso, recobré la lucidez y empecé a pensar todas las cosas malas que me podían pasar y las razones porque las que tenía que irme inmediatamente de ahí.
Por supuesto todas mis cavilaciones se interrumpían cada tanto por las convulsiones de mi estómago que insistía en deshacerse de todo el alcohol que pudiera y algunas otras sustancias imposibles de reconocer.
Cuando el cansancio me ganó me dormí. Y sí, me dormí sobre lo que había salido de adentro de mí. Es asqueroso pero en ese momento la pulcritud no era una de mis prioridades. Me dormí con todas las ganas, con la cabeza pegada a una puerta y el cuerpo cruzado en toda la vereda.
Cada vez que pienso en eso me da pena pensar que yo di un espectáculo tan lamentable. A veces caminando por la calle uno ve gente así y piensa que está ahí porque le pasaron cosas que la llevó hasta ese lugar.
¿Qué me pasó a mí? Nada. Nunca me faltó nada, a veces me sobraron cosas. Siempre me quisieron y me cuidaron, a veces demasiado. Estaba ahí de puro estúpido. Por no mirar lo que estaba haciendo y no prever la más mínima contingencia.
Lo primero que me despertó fue una voz. No era de mujer pero tampoco era exactamente la voz de un hombre, por lo menos no de un hombre que se jacta de serlo. Era una voz característica, como aguda pero forzada, con algo áspero por detrás.
Sentí que esta persona me levantaba la mano y me tironeaba mientras me decía que no me quedara en la calle y que me quería ayudar. Yo estaba convencido de poder arreglármelas solo así que le dije amablemente que no, gracias.
Por supuesto que no podía ni atarme los cordones, menos cuidar de mí mismo, pero prefería estar solo que mal acompañado.
Cuando levanté la cabeza vi una pollera corta y una cabellera bastante larga y ahí le vi la cara y me di cuenta por qué la voz era tan peculiar.
El muchacho insistió en ayudarme y yo le dije que no otra vez. Entonces sentí que la maya del reloj se me desabrochaba y reaccioné levantando el torso del piso y gritándole al “trava” que me dejara tranquilo.
Cuando se dio cuenta que todavía tenía capacidad de reacción se fue. Pero con el sobresalto yo había gastado la poca energía que había recuperado y no pude hacer otra cosa que seguir durmiendo.
Empecé a sentir un dolor en la cabeza y es que estaba usando un mármol de almohada. Abrí los ojos y había muchísima luz. Todavía estaba mareado pero me pude parar.
Miré para todos lados, me restregué los ojos y me toque la cabeza y tenía un mechón de pelo completamente duro y apuntando hacia arriba. La verdad que por cómo me sentía no me importó.
Siempre me pregunté cuanta gente habrá pasado por ese lugar, me habrá visto y seguido de largo.
Caminé unos metros y salí a una conocida calle de la capital donde los chicos que se visten al revés solían ofrecer sus servicios a los hombres solitarios; hombres solitarios que prefieren pagarle a un hombre vestido de mujer que a una mujer en serio. Gustos son gustos dijo un tipo, se puso una pollera y se metió un pene en el culo… o era una vieja y un palo… no sé.
Empecé a caminar por Godoy Cruz y a cruzarme con estos pintorescos individuos que, a pesar de la hora (eran como las 7 u 8), todavía seguían brindando asistencia al necesitado.
Incluso con el aspecto desagradable que tenía algunos me guiñaban el ojo y me ofrecían ir a algún lado pero yo me negaba amablemente y pensaba que debían necesitar mucho la plata para ofrecerse a un estropajo como yo.
Llegué a Santa Fe y encontré una estación de servicio y un teléfono público en la esquina. Afortunadamente en esa época yo tenía una manera de llamar por teléfono sin usar monedas. Lo que me preocupaba en realidad era acordarme toda la serie de números interminable que tenía que marcar antes de llamar a la remisería. Básicamente, era un 0800, un número entero de tarjeta de crédito y después el de la remiseria. 35 dígitos.
Marqué todo sin pifiarle ni una vez. Creo que estuve más de una hora sentado en esa esquina esperando el auto. Todavía me sentía bastante mal pero no me podía tirar a dormir otra vez por lo cual tuve que hacer un esfuerzo muy doloroso para mantenerme despierto.
Dormí todo el viaje de vuelta. Llegué a mi casa y seguí durmiendo. Y a la tarde dormí un poco más. Y por supuesto viví un domingo con una de las peores resacas de mi vida. Ese día volví a sentirme uno de los tipos con más suerte en el mundo.
Cuando estaba tirado en la calle, asustado por no poder controlar el cuerpo y expuesto a que me pasara cualquier cosa, algo me pasó por la mente: “si no me pasa nada, me prometo a mí mismo que nunca más voy a hacer algo como esto”. Y realmente me creí a mí mismo.
Estaba convencido de eso. Aún hoy estoy convencido que fue algo que le pasa a alguien muy estúpido nada más. Y pensar que la pasé tan mal me hizo creer que nunca más me iba a pasar una cosa así. Pero un día hice lo más estúpido en toda mi vida y me di cuenta que no puedo confiar ni en mí mismo.

Choqué el auto estacionándolo

Como a todo hombre que se jacta de serlo a mí también me encanta asegurar que soy el mejor al volante, o por lo menos uno de los mejores. Es un defecto genético. Todos los hombres por terribles que seamos, tenemos que decirle al resto que manejamos como si hubiéramos salido del útero en un karting.
Hay dos aspectos en los que los hombres se pueden considerar buenos conductores. El aspecto técnico del dominio del vehículo, la relación de afinidad con el auto y la capacidad de hacer piruetas más o menos impresionantes con la máquina; y el aspecto que se refiere a la conducta vial.
Yo creo fervientemente que el buen conductor no es aquel que puede saltar un puente a 240 Km./h haciendo tres trompos en el aire y estacionando en el aterrizaje. Seguro que ese tipo maneja muy bien. Pero el buen conductor, el que se destaca entre sus pares, es aquel que sigue las normas de tránsito, es respetuoso con los otros conductores y se desenvuelve con serenidad en la calle. Ese es el tipo que conduce bien.
Ergo yo no conduzco bien. Lo tengo que reconocer. Me pasé años mintiéndome a mí mismo y, cuando puedo, al resto. Digo “cuando puedo” porque en seguida que alguien es testigo de mis habilidades al volante mis fallas se hacen evidentes.
Que no se malentienda. Yo creo que manejo bien. Siempre me sentí cómodo en el asiento del piloto y entiendo el funcionamiento del auto más allá de los pedales y el volante. Pero soy un pésimo conductor. Soy imprudente, distraído y muchas veces tengo muy mal criterio para tomar decisiones.
En mi favor tengo que decir que aprendí a serenarme. En mis primeros años de manejo era notable que con mi poca experiencia todos los conductores alrededor mío fueran unos inútiles y todos fueran merecedores de los más efusivos improperios.
Esta anécdota fue producto de la conjugación de dos de mis falencias: mi imprudencia y mi muy dudoso criterio.
Era invierno en Ushuaia con lo cual las calles estaban cubiertas con una fina capa de hielo que suele aumentar la tasa de accidentes de tránsito considerablemente durante los meses de junio, julio y agosto.
Recientemente un amigo había sufrido un accidente de ski y estaba con un yeso que le cubría toda la pierna y tres clavos de 30 centímetros que le mantenían los huesos unidos.
Como es de imaginarse, su movilidad estaba considerablemente reducida y para levantarle al ánimo Sebastián y yo lo íbamos a buscar y los sacábamos a pasear en el auto.
Esta noche en particular nevaba un poco y las calles estaban especialmente resbalosas. Lo fuimos a buscar y salimos a darle la vuelta al perro.
Durante todo el paseo yo había sido muy cuidadoso porque la realidad es que siempre le tuve respeto a la nieve. Pero era evidente para todos que no era una noche para dar vueltas innecesarias en auto. A lo largo de la velada estuvimos cerca de chocar con otros autos unas cuatro o cinco veces. Siempre zafando por esa suerte que me acompaña inmerecidamente.
Después de un par de horas de pasear y arriesgar la integridad del auto de mi viejo, que había pasado por el chapista hacía muy poco, decidimos que era buena idea suspender y volver a la seguridad del hogar.
El camino de regreso fue, de hecho, bastante seguro y parecía que íbamos a terminar la noche sin inconvenientes. Dejamos a nuestro amigo enyesado en su casa y volvimos a la mía para dejar el auto y llamar un remís para seguir haciendo algo esa noche.
Llegamos en perfectas condiciones hasta la calle de mi casa y faltaban metros nada más para dejar el auto en un lugar donde no pudiera pasarle nada. Por supuesto mi suerte tiene un límite y si yo la fuerzo más allá de ese límite se piensa que la estoy tomando por boluda.
A 20 metros de mi casa Sebastián, en forma de chiste, dice: “a que no te animas a entrarlo tirando el freno de mano” a lo que los dos nos reímos porque era lógico que nadie intentaría una idiotez así.
Pero hace falta una aclaración. Hacía poco mis padres habían hecho una ligera remodelación en la casa y habían cerrado el patio del frente con una, a falta de una palabra mejor, muralla de 50 centímetros de grosor con unas columnas de dos metros de alto. Más bien feo digamos.
Por eso la idea era una idiotez. Si hubiera habido un cerquito de madera o nada un error en la maniobra habría significado un accidente menor. Pero chocar contra esa pared no podía significar nada menor.
Terminaron las risas que precedieron al chiste de mi compañero de aventuras y yo le contesté, también en chiste: “a que sí puedo” lo cual fue precedido por más risas.
Pero llegando a la entrada pensé: “vengo muy despacio ¿qué puede pasar?”. Y tiré del freno de mano.
Fue ligero, un tironcito y soltar. El auto empezó a girar como si estuviera fijo en un eje. Íbamos muy despacio pero el hielo en la calle hacía todo el trabajo. La maniobra fue casi perfecta. El auto se alineó con la entrada y empezó a entrar como si lo hubiera hecho siempre así.
Pero yo me asusté un poco por la velocidad y decidí tocar el freno ligeramente para aminorar un poco. Las ruedas de adelante se bloquearon y el auto dejó de avanzar y empezó a moverse de costado.
Mi maniobra perfecta se había arruinado y ahora estábamos yendo derecho a una de las columnas.
Fue un golpe seco. El ruido fue horrible. No tanto por el volumen. Me parece que se acentuó por la humillación. No podía sentirme más estúpido en ese momento.
Rogué porque el golpe hubiera sido ligero y no hubiera pasado nada. Me bajé corriendo del auto para mirarlo. El paragolpes estaba torcido. Parecía que estuviera haciendo una mueca. Además tenía una marca trasversal de arriba abajo que le había hecho el borde la columna. Era obvio que lo había chocado. Había salido del chapista hacía menos de una semana.
Terminé de meter el auto y entré en mi casa para decirle a mi papá lo que había pasado. No pude decirle toda la verdad. Otra vez. Me daba mucha vergüenza y mucho miedo admitir una cosa así. Y tuve que ocultarlo para no desilusionarlo, aunque estoy seguro que él siempre se imaginó lo que pasó. No es ningún tonto.
De más está decir que nunca más en la vida intenté una acrobacia como esa. Intenté muchas otras. Estúpidas a más no poder. Pero nunca la misma. En realidad, si yo aprendo de mis estupideces o no, está por verse.